Sobre los cerebros que interpretan

Se oye en la cultura popular aquello de que a una explicación sobre algo que ha dicho o hecho alguien, se diga «tu/mi cerebro ha interpretado…». La ideología positivista-reduccionista ha llegado muy hondo a lo que considero una labor necesaria pensar en el absurdo completo de esta metafísica. Por añadidura, la teoría de la información que, de nuevo, se presenta como metáfora para elaborar modelos, se ha naturalizado hasta alcanzar el estatuto de “realidad”, paradójicamente, olvidándose de todo substrato material. Veamos a continuación los problemas de estas propuestas.

Si decimos que nosotros no decidimos, si no decide nuestro cerebro, ¿Qué, en este caso que se alude, somos nosotros? Se ha disociado el ‘yo’ de nuestro cerebro, es más, implícito queda subrayado que el «‘yo’ posee la propiedad de su cerebro». Es un sinsentido metafísico que diría Carnap. Sin embargo, se habla de esta forma para parecer más científico, y más bien se parece más religioso que otra cosa. Por otro lado, el funcionamiento del cerebro, como el de cualquier órgano, es mecánico, y, por tanto, no se puede decir en rigor salvo como metáfora, que interpreta, percibe, elabora, crea, etc. Básicamente, recibe estímulos con propiedad físicas que desencadenan una cadena de procesos como, por ejemplo, dentro de una célula se producen cuando alguna hormona es recibida y causa una cascada de reacciones modulando la producción de proteínas. Nadie dice en ese caso «la célula interpreta el mensaje hormonal», ni se habla de la «creatividad de la célula alterando la transcripción genómica».

Por otro lado, extraer el cerebro como única causa, y no tomar, en cambio, al todo del organismo, supone decir que un cerebro aislado (incluso asistido con alguna tecnología que le permita a las células sobrevivir) piensa, interpreta, crea, etc. Nada de eso, y llego más lejos, hoy sabemos por los estudios empíricos, que el ‘pensar’, el ‘yo’ ni mucho menos son creaciones ex-nihilo del cerebro sino que parten de interiorizar pautas y conductas del medio social cuyo reflejo mental llamamos de tales maneras. Evidentemente, la plasticidad enorme que tenemos biológicamente determinada, se suma a los grandes retos de explicación científica coherente con la ontogenia, no considerándola un accidente molesto en las teorías del gen egoísta, sino como algo de máxima relevancia. Como resultados el concepto de ‘alma’ que debería estar soterrado en la noche de los tiempos sigue vigente debido a que ese alma sería lo que, por alguna divinidad, el cerebro no es mecánico sino actúa y, además, está separado del ‘yo’ como se ha visto anteriormente. Mal que les pese a muchos caen en las propias trampas de los obstáculos que anhelan superar. La mente, pues, es una construcción social.

Por último, señalar el aspecto no menos destacado de la información como metáfora que, cuando es en las células (v.g., mensajeros químicos) nadie atribuye cualidades humanas a la célula, pero si es el cerebro o los genes, parecen que ellos sí deciden cosas. Y no, su funcionamiento es mecánico, insisto. De alguna manera una de las religiones de nuestro tiempo nos quiere convertir en algo fruto de la creación humana, un ordenador, como si, acaso, nuestra memoria (olvido, inexactitud, sesgos, aprendizaje mediado por motivación y emociones) en algo se pareciera a la de un ordenador, como si acaso nuestro razonamiento (heurísticos, racionalidad restringida, conducta operante, condicionamiento clásico, etc.) se pareciera al de una máquina o, como si acaso, las máquinas que se construyen para emular la mente humana funcionaran como un ser humano (crea un programa que, aunque pueda obtener respuestas a un cálculo inmediatas, las retrase; esto emula al ser humano visto exteriormente, pero equivocadamente es prueba de la emulación del funcionamiento humano). Por suerte, muchos especialistas en cognición actuales reconocen que han llevado muy lejos la metáfora informática y en muchos textos académicos se le empieza a hacer mención más como problema que como solución o, como mínimo, en calidad de advertencia por no creérsela demasiado habida cuenta de sus consecuencias.

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Ignorancia ilustrada y consciente

¿Puede en algún punto una sociedad ser más civilizada a través de la renuncia a conocer “algo”, es decir, por deseo de permanecer en la ignorancia en algo cognoscible e, incluso, accesible? Curiosa pregunta, ¿no? Creo que se puede tomar en serio y que su formulación es adecuada. Los ejemplos ilustran más fácilmente que los tochos teóricos: dar libertad a alguien implica no controlar las causas de sus decisiones o conductas. Esto es, la sociedad que plantea individuos libres, plantea abstenerse en conocer los determinantes de las acciones de los individuos «libres». Si creemos que no es ético buscar información de una persona a través de internet o de cualquier medio, con tal de conducirla a nuestro campo, o atreverse a practicar trucos psicológicos para persuadir a un amigo para obrar en tu propio interés, estamos en la misma tesitura, reconocemos que el respeto a la libertad ajena se practica con la ignorancia consciente. Ser «buena persona» se asimila a ser un ignorante consciente e ilustrado. No desea saber más allá de lo que, por norma, le corresponde, y se atreve a preferir la incertidumbre en relación a los demás antes que satisfacer los instintos humanos de control y seguridad sobre el entorno.

La decisión se complica cuando los instrumentos y tecnologías de control alcanzan cotas de fiabilidad relevantes y se hallan en manos de cualquiera, o casi. Los publicistas hacen lo suyo, los políticos otro tanto, los vendedores, los defensores de no sé qué asociación o causa, y así. La manipulación se transforma en un medio útil y se usa ampliamente con sanción moral positiva. Parece lo normal. En un escenario así, la libertad, como es obvio, se resiente hasta peligrar sus bases que arden en la indiferencia. La saturación de información se columpia a balancearse entre conceder máxima accesibilidad pero mínimo tiempo para absorberla. La necesidad de discriminar entre toneladas de paja se rinde al impacto de lo sensacional y vistoso aun en detrimento de la riqueza de los contenidos. Lo corto, ameno aunque impreciso con frecuencia, gana el favor en ausencia de motivaciones especiales. Este ambiente es de todo menos amable con la libertad, con la ignorancia ilustrada y consciente. La hostilidad proviene de muchos frentes. Primero, se difunden miles de técnicas de control y hasta se democratizan; segundo, se satura con información que al lector medio sólo le puede quedar un poso superficial. Como resultado, mucha gente tiene por trabajo alguna actividad que se compone principalmente de eliminar toda privacidad o animar a exponer públicamente todo; de manera que los demás aprovechan, seducidos, y actúan imitando este modo de proceder: controlemos a los demás, sepamos de ellos más que ellos mismos. Busquemos sus puntos débiles o fuertes, a conveniencia. Tengamos hasta información psicológica sobre su personalidad, inteligencia, destrezas o habilidades sociales. Relacionemos todo ello con variables como la salud, la clase, origen o sexo y, para terminar, fabricamos estilos de vida, formas de hablar guays, estéticas y frases bonitas para cada uno de ellos, adaptada, personalizada e individualizada al extremo en el culto de lo único e irrepetible. Agrandemos un ego que no depende de las acciones individuales sino del control ajeno e invisible, usado para halagar.

Somos más iguales pero nos creemos más diferentes. Paradójico. Al margen de esto, somos realmente sabios, sabemos mucho, demasiado… Pero todo lo que no nos incumbe. El afán de control sobre los demás de los científicos sociales, de los curiosos y de los Caballeros de la Orden de San Progreso Universal, permea en gente de a pie que se divierte con macabras obras como Gran Hermano, de hermosa, por cierto, inspiración, nada menos que el culmen de las distopías totalitarias. Controlar a los demás no permite elegir ni actuar con libertad, lo que demuestra más bien, es el poder sobre los demás, de aquellos duchos en el arte de la información y de la manipulación. Las personas con principios han muerto porque son aquellos que públicamente actúan con discreción, desarrollan la humildad, y huyen de exhibir neones y espectáculos para darse a conocer. La libertad… Bueno, la libertad es el elemento nuclear.

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Sobre talentosos y egocentrismo

Como sabéis la envidia es uno de los pecados capitales, y no por religioso — que no lo soy en absoluto — pero no voy a caer en ella, ni por asomo, ni animar a ella. El caso va sobre la gente con talentos que les convierten en estrellas en sus campos de interés, como puede ser la música, la informática o alguna ciencia, dando en el clavo en alguna cuestión por tiempo enquistada, o dando solución a alguno de los más farragosos y trascendentes de los problemas. Sobre ellos se vierten dos reacciones con cierta asiduidad. La una enfatiza los componentes ambientales de su éxito o los genéticos, depende del caso, para, por medio de asumir algún determinismo, restarle importancia al caso. Una simple racionalización. La otra, alabar como ejemplo a seguir, ejemplo para la sociedad en donde vivimos. Empero, el mensaje también frecuente por aquella gente es que tenemos todos una suerte de vocación especial, una potencialidad oculta y que, de desarrollarla, podríamos llegar lejos, bastante lejos. Casi paralelo a esto, se convence del mal endémico de la educación en proporcionar conocimientos poco útiles, y el sistema basado en la memoria y en la autoridad, por más que ésta última haya degenerado en los últimos tiempos. Solo podemos decir que esto es muy interesante, por ahora…

Si nos fijamos en los niños prodigio que hoy en día destacan, no son Edisons desde luego, sino informáticos. Está claro que es un sector en desarrollo aún y relativamente fácil de acceder, máxime cuando está generalizado el uso y posesión de ordenadores. De no ser así, poco se podría hacer. En otras palabras, los posibles nichos donde se pueden desarrollar tempranamente habilidades extraordinarias son limitados, muy limitados. Puede nacer un adolescente genio de la literatura porque todo el mundo puede escribir en su casa, y tirarse el tiempo que desee con ello. No es tan sencillo, sin embargo, hacer actualmente un experimento casero de Física y que permita obtener resultados útiles al desarrollo actual de esta ciencia. Por las mismas un descubrimiento casero en Fisiología no es exactamente lo que se espera. Hay más aún. Las habilidades de mucha gente se dirigen en adquirir precisión y eficacia en destrezas manuales, las cuales, por la robotización de los procesos de producción y la devaluación de la artesanía quedan fuera del grupo de esos “talentos” apreciables en la sociedad. Incluso alguien con especial talento en aprender idiomas difícilmente ya lo tiene en tanto que se generaliza su aprendizaje y su exigencia, como algo accesorio o necesario, pero no como único reclamo en el currículo. Por último, aquellos cuya afición y habilidad se muestre en campos como la Historia o la Filosofía, hallarán la marginación intelectual en una época donde lo no comerciable o las cosas, en general, humanísticas y no sensacionalistas, son apartadas a un saber erudito cuyo peso no sobrepasa al amor propio de la persona.

En resumidas cuentas, la sociedad es la que “ve” o “detecta” los talentos pero también la que los valora como tal. Es darwinista al apreciar algunas cosas, subjetivamente, por encima de otras, por más que las habilidades de alguien, por ejemplo, se centren en algo que la sociedad no aprecia en estos momentos. Además, la falta de conocimiento muchas veces en las cosas que existen, proporciona el caldo de cultivo adecuado para que la norma sea no encontrar la afición o vocación de la persona. A fin de cuentas: la excepción no es la norma, por definición. Y, que quede claro, que quien logre realizarse y el éxito, perfecto; pero no moralice a los demás que han considerado otros fines como más óptimos o no encontraron en sí, o por el medio, desarrollar adecuadamente una habilidad de tal calibre. No todo el mundo se encuentra buscando como un poseso la forma de obtener el éxito en cualquier chorrada. De paso, el menospreciar las ambiciones de dar amplios conocimientos en las escuelas, de forma reglada, por esta serie de hechos, me parece absurdo y contraproducente. Nadie puede saber qué le gusta sino no lo ve antes. Esta es la razón por la cual no había gente frustrada en el 500 a.C. por la inexistencia de ordenadores cuando su vocación era ser desarrollador de software. Básicamente, la vocación no es enteramente individual e intrínseca, sino es la adaptación compleja de las preferencias y el desarrollo propio del individuo en la sociedad que da a hacer, y valora, algunas cosas, y que, con suerte, encaja como anillo al dedo en el individuo. La moraleja es que estar en el momento adecuado, haber tenido una vocación que coincida con algo en ese momento apreciado por la sociedad y la habilidad necesaria, produce discursos sobre el egocentrismo, del que quiere puede, o revive de la tumba a los sueños que se hacen realidad, algo típico de Coelho. Un Universo que conspira a tu favor para que logres lo que propones, y otras cursiladas del estilo.

Como veis, no es envidia, es cordura. El estilo Happy Meal de las habilidades y talentos es cuento de niños. La educación necesita reformas profundas en todo occidente, no seré yo el que defienda los modelos tradicionales ante la avalancha de evidencias pero tampoco, por rebeldía, me enconaré en su contra como si ya fuéramos “el hombre nuevo” que no necesita de los anclajes del pasado. Por otro lado, las teorías de las diferencias como dones de Dios deben tratarse con cuidado. Habilidades y destrezas reales o en potencia tenemos todos, otra cosa es que, bien tengamos los medios para realizarlas, bien queramos tirarnos toda la vida sin salir de casa para cultivarlas en su extremo o bien no estemos en la época adecuada para que haya demanda de X habilidad. Todas estas circunstancias animan a valorar a quién lo hace y es afortunado, pero, sobre todo, no hacer sentir inferior al resto como personas. Alguien puede ser superior en conocer los secretos de la Botánica, pero como persona es como otro, algo que debe valorarse más en términos morales que en acumular resultados concretos o dinero.

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La dictadura del “criterio”

La economía política se mueve indicando el camino de la prosperidad a la luz de las teorías que surgen, y de la evidencia empírica, interpretada a conveniencia de aquéllas. El Producto Interior Bruto (PIB) es el marcador crítico que evalúa la prosperidad económica de los países basándose, en especial, en el valor de los bienes finales, los de consumo. Por esta razón, se cumple la máxima “vemos lo que queremos de la realidad”. En efecto, el consumismo anima a incrementar el PIB. Como ejemplo de interés para reflexionar, si en vez de cocinar nuestra comida o limpiar nuestra casa, contratáramos a otras personas legalmente, el PIB sube, pero el trabajo, o el servicio, es el mismo. Es una de las razones por las cuales se puede afirmar y confirmar que la eficiencia económica en base al PIB se beneficia de la insolidaridad. Cuántos menos trabajos solidarios, sin dinero por medio, se realicen, y, por tanto, más con cargo, el PIB aumenta pese a que en ambos casos, el número de bienes y servicios es el mismo. Otras razones para el dispendio es lo de abrir calles y cerrarlas por motivos electorales usualmente, pero que, como gasto, computa en el PIB no ofreciendo, en verdad, nada a los ciudadanos. Quizás molestias por las obras.

Esta claro que si el objetivo de los economistas es incrementar el PIB la sociedad que les sufra tenderá a estar constituida por individuos egoístas y se llenará de absurdos de obra pública y consumo banal por administraciones y privados. No está muy lejos de lo que actualmente tenemos y esta es razón por la cual sostengo que no hay Economía descriptiva, sino normativa. Esto es, la Economía no describe la “realidad económica” sino que interpreta unas relaciones de carácter económico, en referencia a los bienes y servicios, su administración y producción; y, simultáneamente, prescribe o aplica criterios para modificar y controlar esa “realidad económica”. En resumen, ellos crean la realidad que supuestamente desean predecir. Por supuesto, los criterios obedecen a valoraciones y su discusión, en sí, excede los objetivos de la ciencia. No sorprende, pues, como antaño la Economía se llamaba Economía Política y no se concebía como disciplina autónoma, ya que, sus discusiones y aplicaciones, siempre tocan desde a elementos políticos como jurídicos, e incluso culturales en general.

Hoy he visto un nuevo criterio de medida de la riqueza de las naciones, el Producto Total, que hace hincapié menos en el consumo, y sí más en las etapas intermedias de producción, es decir, contabiliza mejor el valor del capital, de las cosas que no son de consumo inmediato. Viene a considerar que es la oferta, y no la demanda, la que genera la riqueza fundamentalmente, ya que es la tecnología, la empresarialidad o la innovación, la que genera y aumenta la productividad y, como efecto, permite apreciar un mayor consumo. Esto tiene más sentido. Por ejemplo: si en vez de gastar dinero en abrir calles y después cerrarlas igual, se invierte semejante montante en la producción de motores eléctricos, es obvio que éstos no se consumen de inmediato, pero agregan algo de utilidad en el futuro a las personas. Quizás el mejor ejemplo sea la investigación en nuevas tecnologías, pobremente contemplada en el PIB, porque sólo refleja el consumo en ellas, no el capital en su posesión.

A modo de conclusión, la peor dictadura es el “criterio” porque, pensarlo como si fuera una categoría natural, algo ajeno a nuestra voluntad o valores, e inmodificable, castiga a todo el que propone de otras cosas y no encuentra criterio para avalarle. Lo cierto es que los criterios están producidos para satisfacer unas determinadas visiones de la vida y una forma de estudiarla, con sus teorías e hipótesis. En este caso, vivimos atrapados en el PIB como marcador último de la salud de los países, y sobre el que se planifican las políticas públicas. Haciendo un símil con las personas, es como si redujéramos la salud de las personas a un indicador, v.g., el colesterol, y olvidáramos todos los demás. Llegaremos a tener el colesterol perfecto y padecer de diabetes, cáncer o demencia, pero, eso sí, arterias limpias.

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La manzana abre la caja de Pandora

Se cuenta que una manzana impactó sobre la cabeza de Newton al caer de un árbol, y ésta le dio la idea para enunciar la existencia de la fuerza de la gravedad. Poco importa lo cierto de esta historia, y también, incluso su teoría de la gravedad. No me voy a centrar en nada que corresponda rumiar a los físicos, sin embargo, algo mucho más prosaico, y del día a día, se puede ilustrar fácilmente si cogemos la teoría de la gravedad sin tener que ver con ella. Anticipo, además, que se trata de un problema usualmente desconocido porque, como sabéis, las cosas tan evidentes son las que más habitualmente pasan desapercibidas y suelen ser responsables de las menos discutidas creencias. Sin darle más vueltas: los hechos, lo que llamamos “hechos” no son independientes de la teoría o de nuestras interpretaciones como generalmente se piensa. Una de las consecuencias de esta creencia (la de los hechos independientes de la teoría y, por tanto, neutrales y objetivos) es la separación clásica entre la teoría y la práctica. Algo, en mi opinión, a superar y que a continuación demostraré. Por otro lado, no afecta sólo a cosas elevadas, es más, dije en el día a día, y es verdad…

Vemos la manzana caer. Todo el mundo puede imaginarse eso, o ha visto una hacer lo propio. Es más, mejor visualicémoslo. Una vez que tenemos esto intentemos describírselo a alguien. No causa ninguna estridencia decir «vi una manzana caer al suelo». Bien, es correcto, sin embargo, si fuéramos científicos, o si queremos más precisión, el mismo ‘hecho’ podría narrarse así «la manzana cayó por obra de la fuerza de gravedad ». Nadie podría decir que es otro ‘hecho’, y parece que vamos a volver a estar de acuerdo en esto o… ¿Qué fuerza de gravedad? ¿La podemos ‘ver’? No, no es perceptible. Sólo accedemos por los sentidos a ver el objeto manzana caer, “moverse”, hacia el suelo en vertical, de estar arriba, hacia abajo. Entonces, ¿la gravedad está dentro de lo que llamamos “hecho”, o es una interpretación del “hecho”? Diría que es el “hecho”, solo que explicado con más detalle. Al fin y al cabo el verbo “caer” no es un cuerpo sino una ocurrencia en relación entre los cuerpos. Visto así, también es algo oscuro. De esta manera aceptamos que la gravedad integra el “hecho” y su descripción dista de la simple «vi una manzana caer al suelo» en cuanto a precisión. Aún así, y aquí es donde está lo pantanoso, ¿qué tipo de fuerza de gravedad? En esa frase podríamos habernos referido a la gravedad de Newton pero también a la gravedad de Einstein. Sí, ambas son teorías que tratan de explicar por qué los cuerpos grandes atraen a los chicos, dicho así coloquialmente, pero mantienen serias diferencias. Mientras la teoría de Newton señala que la causa de esa “fuerza” es la diferencia de masa y la distancia entre los cuerpos situados en un espacio infinito en tres dimensiones, Einstein diría que cada cuerpo distorsiona, abomba, el espacio-tiempo, y que, por esto, se produce la “atracción” entre los cuerpos. Claramente, según lo describamos en virtud de una u otra teoría, siendo el “hecho” el mismo, nuestro entendimiento de él varía bastante. Por tanto, si optamos al principio por afirmar que introducir la gravedad en la descripción no alteraba el “hecho”, y que no era una interpretación, ahora se nos viene abajo esta creencia: hemos de admitir que según el nivel de precisión requerido del “hecho” aumenta, cada vez observamos que depende más de nuestras interpretaciones teóricas y que el “hecho”, así por sí solo, es más una entelequia que una “realidad”.

En mi posición habríamos de reconocer que “hablar de hechos” es hablar de “hechos interpretados bajo ciertas condiciones y exigencias”. Ciertamente, las cosas “están ahí”, pero no las podemos describir con neutralidad absoluta, sino que depende de qué, para qué, la queramos describir, y qué bagaje y conocimiento, tenemos para poder describirla. Más allá de eso, solo la imaginación puede hablar. Si alguien dice ser neutral: desconfía. Creo que es la moraleja.

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Por qué (a veces) nos debe importar un pepino la opinión ajena

Se opina en todos lados, se expresan las preocupaciones, desde las más profundas a las más triviales que conmueven la existencia individual, aparte, se expresan las posiciones sobre las cosas, los acuerdos y desavenencias. Aquí, sin embargo, tendré por objetivo reflexionar sobre por qué a veces no nos debe importar lo más mínimo. Siendo más concisos: por qué a veces debemos rehusar de tener en cuenta las opiniones para formarnos una idea del pensamiento de un individuo o colectivo en cuestión. Unas de las razones más poderosas que se me ha ocurrido a tener en cuenta es la diferencia entre acciones y justificaciones sobre cosas externas y entre las justificaciones internas. Las he llamado así algo arbitrariamente pero me sirven para denominar lo que quiero como a continuación expongo.

Hablemos de preferencias. Si te dan un cuestionario y una de las preguntas es si prefieres que haya hambre en el mundo o que no haya, creo que todo el mundo salvo algún salvaje sádico o alguien ebrio de humor negro escogería la primera de las opciones. Nada que objetar. Antes bien, si entre tus acciones se encuentra votar a partidos políticos que no han hecho nada razonable (hasta siendo benévolo con eso del posibilismo) para paliar el problema del hambre, ya que estamos hablando de éste (y hablo en general), o en tu estilo de vida, teniendo posibilidad, hay completa ausencia de acciones en un sentido solidario para con la causa o similares, nos debe importar un pepino que prefieras que no haya hambre porque tú eres directa, indirecta o potencialmente causa del hambre. Aquí vale mi clasificación anterior. Para el caso el sujeto que haya seguido lo escrito, se vale de una justificación interna (llámese subjetiva y sin efectos sobre la realidad fuera de su ego) para armarse de dignidad y esquivar la cuestión, incluso con pleno convencimiento de ello y con total serenidad en su conciencia. Claro, todo esto también se atiene a consideraciones mudables sobre cuáles son las cosas razonables y cuándo es que tengas posibilidades de hacer algo, etc. Pero dicho así, me parece correcto. Cada sociedad tendrá sus propios parámetros para juzgar pero lo que sí es universal es la doble moral de preferir de boquilla algo y hacer todo lo contrario.

Recuerdo que una profesora liberal, no diré nombres, a la pregunta si el liberalismo era de derechas entiendo por esto a quién tiene el sesgo “si no haces algo es porque no quieres, no porque no puedes”, dijo que con la libertad (de los liberales) “lo puedes hacer por otras vías” y que ella quería que hubiera más posibilidades. Esto confunde porque al parecer indicaba que con las acciones para conseguir una sociedad más liberal (algo con efectos en el mundo externo), no tenía sentido el plantear que alguien no pueda conseguir algo, o, equivalente, que todo el mundo tiene su hueco sin las restricciones del estado en el mercado. Sin embargo, yendo al meollo de la pregunta, ella sin querer (por lo que aprecié) eludió la pregunta y confirmó que era de derechas en tanto a poseer ese sesgo. Ya que estaba diciendo eso: si no puedes es que no quieres, no por problemas externos a ti. Otra cosa es que ella tuviera expectativas en que hubiera más posibilidades, pero en nada desdice aquello. De nuevo, una justificación interna salta el problema de enfrentarse al mundo externo donde actuamos. Dejo por nota aquí que ni ser liberal o de derechas tiene que ver con las definiciones aquí dichas que fueron cuestión de dos individuos solamente.

Sabemos de historias y justificaciones mucho más cruentamente evidentes en este sentido. Había argumentos que por misericordia instaban a exterminar a ciertos colectivos ya que eran inferiores, tenían defectos, o solo así podrían salvarse. Válgame Dios. No trato de señalar a nadie, son hechos históricos particulares que muestran hasta qué punto las justificaciones en base a cambios internos en nuestra subjetividad, en nuestro modo de entender las cosas, etc., puede llevar a creernos que hacemos “bien” hasta asesinando masivamente personas. Lo que he aprendido de este análisis es que cuando alguien refugia sus opiniones y pareceres detrás del telón de su subjetividad, como meras preferencias sobre las cosas, y nunca como acciones en el mundo que comprometen con los valores propios, la opinión debe importar un pepino. Es más, sería preferible entender mejor a esa persona por los valores que muestra realmente en sus acciones que por sus preferencias subjetivas engendradas en su imaginación. Como final dejo una “cláusula”. Creo que no hay justificación para todo, pero sí para casi todo. Hay veces que un prejuicio sobre alguien por doble moral resulta no ser tal y, de hecho, tener razones convincentes que incluso puedes no compartir pero que inspiran o ameritan respeto. Hay miles de variables en todo esto. No se debe olvidar porque el juicio rápido no es una virtud, me temo. Aún así, la inversa, mostrar el mundo de yupi de nuestra burbuja mental y creernos que nuestros pies caminan en la dirección de grandes valores humanos es más que ingenuo, peligroso.

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El salvajismo de la neutralidad

Con esto tan de moda y, en principio, con apariencias de razonable de la tercera cultura, o lo que es lo mismo, dar un paso en la fusión de las ciencias naturales con las humanidades, hablar de las evidencias de que las preferencias políticas están en los genes se hace curioso y contiene un componente cuasi-liberador. Sin embargo, esta apuesta de futuro y de progreso en el conocimiento humano tiene por presupuestos cosas bastante poco justificables y que desde luego pasan desapercibidas por lo general. Reclaman la audiencia un ¡ya era hora! y, en mi opinión, nos encontramos con un problema de grandes dimensiones y peligroso sobre todo. Mi temor no es la desaparición de las tradicionales humanidades ni nada parecido, es, más bien, su completa marcha hacia un camino irreflexivo y nada meditado en dirección a colmar sin oposición al pensamiento único. Me explico: los científicos creen que su método, normalmente, el hipotético-deductivo, es neutral, avalorativo y, por ende, a-ideológico. Debemos plantearnos que esto es mucho creer. En primer lugar porque las categorías que se emplean en el estudio que relacionan la personalidad, las actitudes o cualquier otro constructo hipotético con las opciones políticas son confeccionadas por las valoraciones personales y, en rigor, por conocimientos políticos en el haber de los científicos de estos estudios. En otras palabras, la manera en que definen izquierda o derecha es según, simple y llanamente, su parecer subjetivo. ¿Seguro que es a-ideológico? ¿Se puede sostener una posición con definiciones neutrales sobre algo totalmente cambiante en la historia y entre las sociedades existentes? Por otro lado, si tan universales son, actualmente, se debe a la extensión del sistema de Estados en el mundo pero antes del nacimiento de los Estados-nación, ¿seguro que había ideologías en el mismo sentido?

Voy a ir más allá todavía. El propio procedimiento de estudiar con el método de las ciencias naturales y bajo los paradigmas de la psicología evolutiva y cognitiva las ideologías y el pensar político e, incluso, como se atisba en el estudio, las intuiciones filosóficas -que más adelante le dedico otro punto- es, en sí mismo, una ideología. Una ideología que promueve una autoridad científica que se empodera y gana influencia en las políticas públicas y hasta en los puestos de gobiernos de gente afín a ella. Yo no estoy inventando ninguna conspiración, estas son consideraciones con tiznes sociológicos. Convienen en que consciente o inconsciente, presentar unas ideas y actuar conforme a ellas y extendiéndolas, cuando tienen que ver sobre todo con la política, genera un grupo de presión y asume un papel de lobby para influir en las políticas públicas. Empodera al grupo. Muchos de ellos, además, se decantan por promover tecnocracias o democracias tecnocráticas que más o menos es lo que tenemos pero en un grado más profundo. Un sistema donde todas las decisiones valorativas sobre los fines de la sociedad política las tomen científicos porque, según ellos, pueden neutralizar sus sesgos y, repito, cuando su propia pretensión de hacerlo ya evoca valoraciones.

Tan grave como lo anterior, que las intuiciones filosóficas provengan en algún grado de la genética significa que los mismos científicos están sesgados por sus genes a la hora de colegir el método y enfoque de sus estudios de las ideologías, ¿o acaso ellos no tienen genes humanos? Todas estas afirmaciones gratuitas que hacen las hacen en la ceguera que sus formas son incuestionables, no son discutibles, no contienen filosofías ni juicios de valor. Tanta asepsia científica es sospechosa. Por último, para rematar la jugada, decir que el método científico –que dicen usar y que muchos científicos y divulgadores reputados no están de acuerdo– es neutral y avalorativo ha sido fruto de un debate filosófico, abierto como todos en el pensamiento humano, pero que ellos prematuramente cerraron y al parecer se emanciparon de tomar partido más en discusiones de tal cariz.

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