La dualidad, de la persona que actúa

Y puede que ni aun así: en plena polémica por los suicidios de Foxconn, uno de sus principales clientes anunciaba ingresos récord: un 80% más que en el mismo trimestre que el año anterior. No parece que a los consumidores les importe en exceso dónde se fabrican su ropa o sus cacharros. Como indicaban en el Huffington Post (al recordar que a Camboya se le impusieron ciertos mínimos laborales si querían exportar su ropa a Estados Unidos), es la política internacional la que marca la diferencia, no las decisiones de los consumidores; la cultura de la fast-fashion es bastante secundaria frente a este hecho.

Me van a permitir dejar al final de dónde saco esto y con qué tiene este fragmento de artículo que ver. Hay razones para ello como verán en adelante. Lo que voy a tratar es el tema del comportamiento del consumidor, de cualquiera (por favor, dese por aludido). Cuando se habla de la explotación laboral en los países del tercer mundo y en vías de desarrollo, siempre hay un “listo” que señala que eres libre de no comprar aquellos productos que contienen una carga inmoral por el trato a las personas en el proceso de fabricación, al medio ambiente u otros asuntos del estilo. En coherencia, si los compras también adquieres el papel de cómplice del explotador, maltratador, contaminador, o lo que sea. Mi pregunta es: ¿Tiene esto sentido, es sólo una excusa para obviar el tema de la explotación atacando al otro o presentando el escenario donde realmente la gente de verdad quiere a esas personas explotadas…?

Adelanto, mi conclusión no sale del todo de la ambigüedad, no va a conceder una regla mágica que separe con permanente la frontera del bien y del mal; pero aspiro a aclarar estas cosas o al menos a introducir en las discusiones argumentos distintos para no aburrir. Vamos allá.

Los primeros problemas son epistemológicos (sobre el saber), tal como “¿cómo podemos saber que realmente en la fábrica concreta los trabajadores estaban en una situación denigrante?”. Por más que se diga que proviene el producto de China, de Camboya o de Filipinas, no todos los sitios son iguales. Si buscan verán que hay hasta documentales exponiendo las oportunidades que las grandes empresas están abriendo en la población local, liberando del trabajo del campo, o cómo los salarios han ido subiendo con el tiempo, como se puede consultar en los organismos internacionales. Una pregunta cuya respuesta es más complicada aún de conocer es “¿qué pasaría si nadie comprara esos productos?”. Algunas derivadas: “¿En qué estarían empleados?”, “¿habría gente en nuestro país que por producir esos bienes ya no podrían emplearse en otros bienes más desarrollados, avanzados, tecnológicos o incluso dedicados al ocio?”.

Establecidas nuestras limitaciones, cabe entrar en el terreno de la ética, es decir, hablar sobre lo que debemos de hacer. Si no tenemos una certeza sobre la pregunta antes formulada “¿qué pasaría si nadie comprara esos productos?”, difícilmente podremos determinar qué hacer con juicio. Ya no se trata si sacrificar el bienestar de nuestro bolsillo por productos más caros pero no fabricados son sangre, sino que, directamente, carecemos de la información necesaria para poder afirmar ninguna consecuencia de la acción. Salvo una, que probablemente nos compliquemos la vida más si decidimos mirar todas las etiquetas, comprobar todos los países y encima gastar más tiempo y dinero para adquirir unos productos de uso cotidiano.

Las últimas consideraciones… La naturaleza del problema es colectiva, no individual. A título personal uno puede comprar en su ignorancia (y por más que se informe sigue siendo difícil conocer certezas sobre lo concreto: me compro esta camisa o no), y al mismo tiempo, se puede ser activamente un opositor a las prácticas abusivas de empresas y gobiernos. El rótulo del artículo incluye la palabra “dualidad”: a esta me refiero. Actuamos a dos bandas, por un lado, somos “uno”, buscamos hacer nuestra vida más fácil y enriquecedora, y tenemos limitaciones. Por otro, tenemos un vínculo con la sociedad tras el título de “ciudadano”, que confiere la dimensión social y política al individuo. Aquí es donde podemos participar en el debate sobre qué hacer, votar o participar activamente en organizaciones.

En el párrafo que he sacado del artículo original (ahora sí dejo la fuente) se habla de la despreocupación del consumidor por estas cuestiones y, como consumidor, en general (siempre podemos hablar de casos), hace bien. Sin embargo, no se debe extender al ciudadano, que también en general es sensible a estos sucesos. Es la política la que puede cambiar las cosas porque la política usa la coacción, obliga, presiona colectivamente, y no actúa en conciencia de cada cual y al aire de sus apetencias. Por tanto, la acción es más fácil tomarla en la política internacional, con el uso de la diplomacia, y con la legislación en el interior de cada país.

Epílogo: the dark side

¿Qué pasa con el tipo que argumenta que eres libre de comprar o no, que es cosa de cada cual, que es responsabilidad tuya como consumidor, etc.? Muy sencillo, usted no es cómplice si compra de la explotación (en principio) aunque efectivamente es libre de comprar lo que plazca; pero estas personas si son cómplices de la indiferencia ante los límites morales y jurídicos ante los demás. Si hablamos que…

  1. En un país hay explotación laboral, contaminación a espuertas, cero regulaciones en X cuestión.
  2. Estas personas argumentan que apoyarles o no es cuestión individual, de actos individuales voluntarios, tal como comprar o no comprar algo a juicio de cada cual.
  3. Estas personas, si son coherentes, deberán reconocer que sus propios derechos como los de sus conciudadanos también deben depender de la opinión sobre qué comprar de los demás.

Resumen: normalmente sin ser consciente, estas personas defienden el mercadeo de los derechos y la moralidad, por tanto… Deduzca usted mismo.

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