Eres el ser humano de la edad media

A veces me asombra la prepotencia moderna usual basada en una intuición torpe, a saber, que nuestro progreso, dicho por la «gente de bien» actual, es debido a nuestra racionalidad; y que, por otra parte, todo lo demás fue fruto de la ignorancia, de la brutalidad, de poco más que seres inferiores o desgraciados sencillamente por no se sabe muy bien qué cosas, igual por la opresión, así, sin más, o posiblemente por el estrés de la necesidad. Lo cierto es que la falta de lecturas de muchos campos de ciencias sociales y de la historia anula la posibilidad de contemplar otra visión bastante distinta de esto mismo: que eres el hombre o mujer de la edad media, que genéticamente nada cambia, tu cerebro es igual, de semejante tamaño y complejidad. Si el ser humano ha sido capaz de adherirse a fanatismos religiosos, recluirse en monasterios, aceptar y aplicar torturas, lanzarse en guerras como noble de ganarse la vida en vez de con el trabajo, la familia estable y la vida tranquila, es porque, probablemente, tú, en otras circunstancias, pudieras hacer lo mismo por más extraño que parezca. El cerebro es muy plástico y está básicamente diseñado para la adaptación social —como los que dicen que el medio ambiente del ser humano es la cultura—, tanto que en experimentos de neurociencia se ha comprobado como el funcionamiento del cerebro normal cuando se está en soledad asemeja más al funcionamiento cuando se está en una actividad social que cuando, por ejemplo, se realizan ejercicios de lógica y matemáticas.

A mediados de siglo XX se lanzaron dos bombas nucleares y posteriormente se siguió en una guerra fría y una carrera armamentística. Desde luego, ya ese ejemplo de hombres y mujeres de la época, no nos puede ser ajeno pero objetivamente ni siquiera se diferencia de los humanos que vivieron en el paleolítico. La psicología ha descubierto el sinfín de sesgos que cometemos habitualmente, y por razones sociales y adaptativas, en nuestros razonamientos. Howard Gardner descubrió experimentalmente que lejos del ámbito donde somos «buenos», donde hayamos estudiado o trabajado, los razonamientos son semejantes a los intuitivos de los niños chicos. Un ingeniero, un químico, fuera de sus campos lo más probable es que no razonen mejor que cualquiera apenas sin estudios. Así que sin haber leído y reflexionado —los dos necesariamente porque reflexionar sin información ni teorías es perder el tiempo y, como mucho, una loa a nuestro ego— lo más probable es que nos encontremos en ese escenario de «creer saber», de creernos racionales, «de bien», incapaces de algunas cosas. La verdad, nos sobra evidencia para responder con una condescendiente negativa a todo eso. Tan hábiles somos —esto es un elogio, sí— encontrando razones para las cosas que pueden interesar, incluso inconscientemente, que se puede afirmar, en principio, que «todo es posible» en uno, y que sólo faltan detonantes sociales, ambientales, culturales, eventos vitales relevantes o lo que sea, para que decida salir a la luz. No hablo de la maldad, sino de cualquier cambio inesperado. Para aumentar las sospechas es común que el grueso de los sujetos que experimentan estos cambios apenas se den cuenta de ellos, ni sean capaces de ver nítidamente tales cambios en la opinión y pensamiento.

Todas estas son razones por las que en mi opinión debemos preocuparnos de preservar los valores culturales relevantes para conservar aquello que apreciamos porque son los que nos configuran. No son nada abstracto, son las acciones de cada día donde se expresan y evidencian. Quizás todo el mundo, sobre todo si se cree muy racional, debería probar a leer algo que pusiera en tela de juicio estos supuestos. ¿O acaso cree que no tiene creencias ni convicciones? ¿Acaso cree que todo es fruto de una especie de experiencia empírica fiable y formalizada en leyes universales? Para esto: se plantea uno su futuro en términos de investigaciones científicas, las relaciones con los demás, las posiciones políticas, los gustos, el ocio, etc. Evidentemente no, pero es lo que más nos hace ser como somos. No es irracional, solamente no se mide bajo la batuta de la racionalidad, y menos de un tipo concreto de racionalidad al que hemos aludido. En fin, eres el ser humano que vivió en la edad media, en las guerras mundiales, el mismo que terroristas, monjes, políticos, reyes antiguos, predicadores de la religión verdadera, conspicuos conspiradores del poder, participantes en intrigas palaciegas, asesinos a sueldo, mendigos, banqueros embaucadores, etc.

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