Psicología y autorreflexión

La psicología como ciencia que estudia el comportamiento humano está desembocando ampliamente en convertirse en una especie de comité de prescripción, no de fármacos, sino de cómo es correcto vivir. Sustituyen, como ya señalaba Foucault, a los sacerdotes en una sociedad religiosa. En este caso, la justificación no puede ser sino científica. Esta deriva se nota en el surgimiento de la llamada Psicología Positiva y el auge de las neurociencias como supuesta evolución final de la explicación del comportamiento humano. La primera apremia a interesarse por el estudio de la felicidad —por eso se la conoce como ciencia de la felicidad—, de las virtudes humanas, en su desarrollo y exploración. La primera objeción es que la idea de felicidad es una abstracción peligrosa porque, como en toda la literatura del pensamiento, se le han dado muy diversos significados concretos y, con toda seguridad, no podemos decir a priori qué es ser feliz. En su auxilio las neurociencias han hallado la localización de los centros del placer, el sistema de la recompensa, y, su antagonista, el sistema del miedo o de la evitación del dolor. Bajo este sencillo esquema se pueden hallar correlaciones en la activación de uno u otro y así clasificar conducta según produzcan placer o dolor a fin de reforzar las primeras (y evitar las segundas). El tema, sin embargo, tiene más profundidad: este tipo de correlaciones se pueden hacer con conductas o sucesos dados en situaciones delimitadas y sobre un esquema de acción-reacción simple; donde ya se presupone todo el historial de aprendizaje del individuo —por tanto su interiorización de la cultura— y, estas mismas circunstancias, la incapacidad de extrapolar al carácter de individuos de otras culturas en algún grado y, en especial, la incapacidad de hallar los efectos sobre el continuo de la vida. Por ejemplo, tomar alcohol puede ser placentero en un primer momento, incluso en varios momentos, pongamos, varios días con alguna dosis aguda en algún momento, pero se excluye en el análisis los efectos long run de estas conductas y, lo más invisible, aquellas conductas placenteras alternativas a la toma de alcohol que pudieran ser reforzantes de forma inmediata o mediata (un refuerzo inmediato tal como quiero transmitir la idea sería «comer cuando se tiene hambre» y mediato «aprender a tocar el piano y cuando se domine disfrutar tocando»). De forma clara la tendencia de estos procedimientos metodológicos dibuja un desarrollo simplista, basado en excitar emociones fuertes pero efímeras, o en un hedonismo barato sin más. El tema del sacerdocio reside en que tales estudios actúan como prescripciones de la «vida buena» y afectan a áreas tan complejas como las relaciones de pareja, con la familia, con los amigos, sexuales, actitudes con las drogas, juegos, el trabajo, o los objetivos vitales más elevados, etc. La normalización vía estadística moldea a crear modelos monstruosos casi imposibles de extrapolar a gente realmente tan dispar como es la «real» (piénsese en los excesos sobre entender al ser humano como ser creativo pues no todo el mundo lo es, ni tiene un potencial abrumador oculto), en consecuencia, sumado a las prescripciones de cómo vivir, se crean nuevos modelos o patrones culturales a seguir paradójicamente cuando el objetivo como ciencia es la de describir y explicar, no la de prescribir valores.

Las neurociencias, en general, tienen la triste virtud de ocultar el autocuestionamiento de la conducta para conseguir una autojustificación. Por supuesto, el estudio del cerebro ofrece grandes avances y promesas importantes, pero en el punto del que tratamos, actúa de una manera aviesa por un uso indebido. Es fácil justificar la conducta personal en la inevitabilidad por poseer alguna particularidad cerebral (que todo el mundo, por supuesto, tiene en alguna medida). Esta es la forma de eludir la responsabilidad interpersonal porque permite hacer atribuciones sobre las causas de la conducta propia «externas» (el cerebro es un objeto y cuyo funcionamiento sigue las leyes de la física y biología) aunque su ubicación sea interna, dentro del propio cuerpo. Puedes describir la conducta anormal de alguien por excesos de serotonina eximiéndole de poder explicar sus razones humanamente entendibles en un diálogo y, lo que es peor, aceptarlas con cargo a fuerzas inevitables de la naturaleza. En otras palabras: quién se comporta de manera no adecuada, mal o extraña está enfermo por algún mal en el cerebro. Este es el punto más anulador de la libertad humana (en su entendimiento menos metafísico) pues sitúa todas las causas de las conductas de las personas simplificadas y externalizadas fuera de los «yoes» de las personas mismas. Anula la autorreflexión de la conducta y el discurso práctico-moral que sanamente se ha practicado durante toda la historia de la humanidad para indagar sobre nuestras vivencias y compartirlas en su máxima riqueza expresiva. La normatividad son los mandamientos de manuales psicológicos y neurológicos que expresan las conductas óptimas de los seres humanos para los objetivos vitales más importantes. Se ha trascendido la etapa del ser humano como algo divino —algo a abandonar— para reducirlo tanto que se convierte en una cobaya de contenidos mentales programables a conciencia —incluyendo la falacia de la «libertad de elegir» en este escenario—, y todo por su propio bien. Autores dispares como Dawkins, Sloterdijk, Skinner o Wilson alaban este escenario a grandes rasgos.

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