Un libertario en busca de la realidad

Los ideales propuestos por la literatura de la libertad —de la ideología que sea— son llamativos para casi todo el mundo porque prometen librarse de la opresión, del castigo, de la intimidación de poderosos y tener la oportunidad o el derecho a procurarse la felicidad. La independencia, por otra parte, viste de oro, sueño de liberarse de los yugos no deseados con otros y que la voluntad propia se materialice sin obstáculos. La lista de adjetivos que los utopistas acompañan sus narrativas persuaden por su innegable estética y porque permiten al lector encajarlos en cualquier parte, en cualquier cosa que crea mal y ahora tiene a mano la solución, quizás por el uso de la razón o por el sacrificio y trabajo. La madurez, empero, de alguien que se ha considerado como tal —libertario— y sigue con deseos de mantener la etiqueta como la más aproximada a su definición, obliga a actualizar esos ideales en una forma más material y práctica. El error está en su abandono si de verdad se cree en ellos, mil veces hecho por falta de imaginar una posibilidad de llevar las cosas a buen puerto, dos miles de veces hecho por llegar a una situación en la vida de comodidad y estabilidad. En primer lugar, hay que plantearse seriamente en qué consiste el valor supremo que se sostiene: la libertad. Se conocen muchas diferencias en la filosofía sobre el término y también en las modernas neurociencias se está empleando con diferentes significados dados a la arbitrariedad del autor. Como exigencia de toda definición y reto personal por otra parte, deberé proveer de una descripción de los términos en forma que cualquier lector (y observador de la vida cotidiana) pueda comprobar y evidenciar de alguna forma. En otras palabras, había de huir de los axiomas teóricos por más lógica que los desarrollen pero tautológicos «la libertad es la ausencia de coacción» y otros tipos de peticiones de principio, inclusive los constructos mentales de la clase «la libertad es un sentimiento», que solo son evidenciables en primera persona y entendidos subjetivamente… Desafío aceptado.

En segundo lugar, viene la formulación de las definiciones. La libertad existe como libertad-de-algo como «liberarse, librarse, escapar, de un sistema de control de la conducta ‘x’» y la libertad-para-algo como «aplicar un sistema de control punitivo hacia aquellos responsables que no satisfagan el contenido de tal libertad» del mismo modo que, en primera persona, significa «adherirse a un sistema de control de la conducta positivo o por medio de recompensas e incentivos que llevan a ellas». Paralelamente, libertad como no-dominación viene a significar «aplicar un sistema de contracontrol sobre aquellos otros tipos de control que condicionan hacia intereses espurios ajenos a los propios o la comunidad, según sea la referencia». Cualquier lector se dará cuenta de la paradoja: hablamos de libertad y la definimos en función de sistemas de control, supuestamente opuestos a la libertad. Razonaré esto: Si asumimos la noción metafísica de libertad que dice que ésta es una propiedad o facultad intrínseca al ser humano y se manifiesta en sus decisiones, nos hallaremos lógicamente en el problema de aceptar que la esclavitud no anula la libertad ¿¡Cómo es posible!? Si es una facultad intrínseca, es decir, constitutiva e inherente al ser humano, ninguna consideración social (como la de persona, ciudadano, siervo, esclavo, hombre libre, etc.) puede tener efectos sobre la libertad que le es inherente por naturaleza el individuo. Poner una pistola en la cabeza para que alguien se desdiga de sus ideas, en este sentido, no coacciona, y, empíricamente, en absoluto necesariamente doblega la voluntad ya que mucha gente en esa situación no se ha dejado manipular aun con el pago de su vida. Dicho así, la noción tradicional metafísica de libertad es totalmente inútil, lo que anima a encontrar algo más con los pies en la tierra como se suele decir. El inconveniente lógico de abandonar este concepto es que el refundado concepto de libertad nuevo debe consistir en una propiedad o facultad extrínseca al individuo y, por tanto, no natural sino social. Como podéis comprobar las definiciones que proporcioné al principio del párrafo corresponden con esta filosofía, todas las aclaraciones de conceptos describen relaciones y procesos empíricos y extrínsecos al individuo humano.

En tercer lugar, debemos razonar por qué decantarnos con algunos de los conceptos anteriores, indagar otros o explicar cómo es posible una combinación de ellos. Si entendemos cabalmente las sociedades humanas veremos la más que posible complementariedad de las descripciones: la libertad-de-algo sustituye ese «algo» por cualquier sistema de control indeseado, del que uno apuesta por alejarse; la libertad-para-algo acoge en su seno los beneficios exigibles de los individuos en un sistema social y la libertad-como-no-dominación presenta dentro del sistema social un contrapoder para equilibrar sus dinámicas internas y no permitir escenarios que destruyan el mismo orden instaurado. Salvo algunos sistemas extremos, todos los sistemas sociales históricos relativamente estables han contemplado recoger los tres conceptos y dotarlos de algún contenido. En el presente sistema social, de la democracia liberal-capitalista tenemos de libertad-de-algo la ausencia de coacción de las instituciones del antiguo régimen, de las fascistas, comunistas y teocráticas; de libertad-para-algo una serie de beneficios como el acceso a la propiedad, los sistemas educativos y de empleo o económico-empresarial, sanitarios, otros beneficios y los de tipo político cuyo símbolo más destacado es el voto. Por último, la libertad-como-no-dominación está materializada en el pluralismo político, la división de poderes formal, cierta descentralización de las administraciones y algunas medidas redistributivas de la riqueza. Las utopías, en general, se plantean, curiosamente, con la aceptación total de uno de estos conceptos y la negación de los demás: en el comunismo o democracia (en sentido material) sólo se desea la libertad-para-algo y se rechaza la libertad-de-algo de manera que concluye en un sistema único de control en calidad de monopolio del que nadie puede estar libre-de-(él) y, en consecuencia, conmina a sus integrantes a una única forma de existir aunque todos ellos gozan (o sufren) de ella equitativamente. No existe tampoco ninguna libertad-como-no-dominación porque un sistema que pretende la perfección no debe tener contrapesos, se supone en perfecto equilibrio. El anarcocapitalismo como forma antagónica acepta la libertad-de-algo (donde ese «algo» es «todo») y rechaza la libertad-para-algo (donde ese «algo» es «nada»), por supuesto, ninguna libertad-como-no-dominación debido a que, en teoría, no existe poder porque no hay sistema de poder (los individuos están liberados de todo sistema de control absolutamente). No es preciso aclarar lo imposible de realizar de estos extremos, mucho menos si analizamos las contradicciones que le son intrínsecas a sus ideas: en el comunismo o democracia material los individuos no tienen opciones sino que están absolutamente determinados a un sólo camino o cauce, de forma que se crea un sistema cerrado o hermético incapaz de cambiar internamente, que rueda y rueda por la eternidad. En el anarcocapitalismo se asegura la liberación de toda coacción al tiempo que se promete el perfecto encaje en un sistema de incentivos y recompensas perfectamente justo que los individuos siguen inexorablemente; es decir, el resultado es justamente el contrario al prometido: un sistema monopólico de control absoluto. Visto esto, salir de las utopías consiste en combinar sabiamente sistemas de evitación de otros sistemas de control, proponer un sistema de control general beneficioso y proponer un sistema de contracontrol interno que evite sus desviaciones en la medida de lo posible. Como cada sistema o propuesta corresponde a una «libertad» y cada una está presente en casi todos los sistemas reales, se podría decir alegremente que todos son «libertarios» pero es aquí donde me desmarco de esta conclusión: para mi libertario no es una propuesta determinada sino aceptar nuestra incapacidad para dar respuestas determinadas en calidad de absolutos; reconocer, en cambio, la relatividad de los sistemas y aproximarnos a la mejor convivencia y coexistencia de varios de ellos. En resumen, el libertarismo no es una ideología positiva, sino negativa (como reconocimiento de nuestras limitaciones).

En cuarto lugar, en coherencia con mi propósito de dar unas definiciones materiales y pragmáticas no puedo dejar así eso del «libertarismo» como algo áureo y de ficción mental. El libertarismo que entiendo debe rechazar la idea de la necesidad de Estado pero no debe prescribir su abolición incondicional. El Estado sí es un sistema de relaciones de control de la conducta empírico y si hemos hablado de no poder suponer un sistema de forma absoluta no se puede aceptar la necesidad de los estados. Ahora bien, si el libertarismo quiere ser real y obedecer también a la humildad que implica reconocer el problema de no poder prescribir una solución universal, no puedo deducir la necesidad de la destrucción del Estado, sino sólo el escepticismo hacia él. Quizás en algún momento y en algún sitio una sociedad pueda funcionar con sistemas de control no estatales. A esta cuestión contestar con un: «puede ser». Por añadidura: «y estaría bien que así fuera (porque el Estado es un monopolio de control en un territorio)». El libertarismo, en otro ámbito, ha de reconocer como bueno la existencia y coexistencia pacífica de distintas comunidades cuyos miembros se someten y participan en distintos sistemas de control, de beneficios y de contracontroles; pero debe cuidarse de las comunidades que buscan realizar utopías o que impiden a sus miembros (o algunos de ellos) participar equitativamente en su constitución y dirección, en otras palabras, las que no tienen o tratan de eliminar sus sistemas de contracontrol y/o reclaman sus sistemas sociales como absolutos (lo que eventualmente les lleva a prácticas imperialistas). En definitiva, el resultado de estas propuestas nos conduce a un sistema de comunidades yuxtapuestas cuyos ciudadanos participan en ellas bajo alguna forma del abanico democrático-republicano y tienen la opción, como contracontrol último, de abandonar tal comunidad y adherirse a la de su gusto. Se puede llamar Panarquía: un sistema de libre elección de gobierno no estatal, es decir, no gobiernos no reñidos por un territorio donde fijan fronteras sino por gente adherida a ellos que los integran y buscan sus valores. Es una suerte de meta-sistema donde el sistema de control general positivo integra a la gente en comunidades dentro de él, que permite y defiende su movilidad, fundación y abandono; el sistema de control aversivo libra de formas absolutistas y, para no caer en la paradoja de ser una forma absolutista la panarquía, tal meta-sistema se forma a través de los propios sistemas de contracontrol internos a cada comunidad, quizás arbitrados por instituciones no estatales internacionales. Ocasionalmente, para no irse a futuribles muy lejanos, se puede contemplar la convivencia de comunidades distintas yuxtapuestas y no ancladas a territorios al amparo de estados modernos, que habiliten legislación para que sean posibles, y acomoden su estructura política a su existencia. Ahora no toca detallar cómo pueden ser esas estructuras más allá de lanzar la idea en la que concluimos.

El libertario tal como lo entiendo no es idealista sino el realista más estricto: olvida las nociones metafísicas y se centra en analizar los sistemas de control de la conducta, no para eliminarlos, sino para posibilitar crear otros, construirlos, sin tener que montar revoluciones. Entiende que no se puede justificar ningún sistema de modo absoluto y por eso abraza el escepticismo contra el estado y, en general, todas las instituciones que reclamen su validez universal. Al tiempo, es libre de expresar sus convicciones y construir su comunidad con otros: fruto de comprender la naturaleza triádica de la libertad en sentido práctico-material.

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