Bien hallado en el desierto de lo real

Morfeo, el personaje de Matrix, nos dio la bienvenida «bienvenido al desierto de lo real» y nosotros la vamos a aceptar con todas las consecuencias. El ser humano a lo largo de historia se ha pasado gran parte del tiempo hablando de entes sobrenaturales, de los cuales no podíamos tener experiencia, más allá de las intimidaciones, amenazas, muchas de ellas veladas o encubiertas, aunque en otras ocasiones dádivas, parabienes y placeres proporcionados por los demás. Aparte de los dioses, hablamos de términos como la responsabilidad, la dignidad, el honor o la libertad. Cuando se dice que alguien es responsable de algo, realmente significa que se le imputarán las consecuencias negativas o aversivas de no cumplir con tal o cual mandato o consideración sobre su conducta correcta. Cuando se dice que alguien es libre-de-algo se quiere señalar que no está bajo el control aversivo (es decir, bajo un conjunto de condicionantes exteriores al individuo subjetivamente dañinos para él) de alguna institución, persona o evento de la naturaleza. En cambio, el uso de la palabra como libertad-para-algo implica que aquello para lo que es libre la persona debe ser satisfecho por otros, y esos otros, como responsables de su satisfacción, responden ante un control aversivo. Un poco más difícil es describir lo digno, pero lo intentaremos. Se dice digno a alguien cuando ofrece un trato determinado a otro o hacia una cosa en la situación en que le interesaría quizás egoístamente no ofrecerlo, entiendo ese trato determinado como aquel que está positivamente aprobado o reforzado por su entorno social. Se habla de «vivienda digna» a la que se ofrece con las cualidades aprobadas por el entorno social en la situación en que la persona que la va a recibir y disfrutar podría no haberla conseguido por sus medios o por trámites ordinarios. El honor se compone, por su parte, de un conjunto histórico de comportamientos aprobados o reforzados positivamente por su audiencia (digamos la gente expuesta a tales comportamiento). Si algún comportamiento es considerado deshonroso, es decir, bajo control aversivo social, el sujeto puede sentirse humillado fruto del desdén y desconfianza de los demás en él, en suma, por la activación de consecuencias sociales negativas.

Hemos proporcionado hasta aquí unas definiciones no metafísicas de las nociones de dignidad, libertad, honor y responsabilidad. Ahora estos términos refieren a estados de cosas, relaciones o procesos comprobables y evidenciables públicamente sin depender de los márgenes excesivos a la interpretación que autoconcede la propia subjetividad. Cuando la gente alaba la libertad de la que gozamos usualmente solo está expresando su preferencia sobre un sistema de control aversivo y positivo presente, o, lo que es equivalente, sobre lo que consideran una aplicación aceptable de un tipo de poder. A riesgo de sonar pesimista, se desprende lo imposible de liberarnos de todo tipo de poder en tanto en cuanto que la conducta humana siempre se regula socialmente mediante mecanismos punitivos sociales, morales, legales o cualquier otro sistema; y por mecanismos reforzantes y aprobatorios de semejantes clases a los anteriores. Aclarar esta interpretación pragmática y materialista de conceptos sobre valores tradicionales en occidente me sirve para inferir, creo que con más corrección y precisión, los problemas que asolan nuestra sociedad y que la gente identifica pero suele errar en su análisis más profundo y mucho más en las prescripciones de soluciones. La sociedad, a grandes rasgos, ha pasado de tipos de controles disciplinarios —control aversivo— hacia un control positivo a través de incentivos y recompensas. Ha logrado que se deteste todo aquello que huela a «autoridad» y todo aquello que signifique «castigo» de alguna forma, en cambio, se ha relajado hasta extremos difícilmente concebibles contra el control infligido por los premios y expectativas de los mismos. Se extiende la idea de que todo el mundo, hasta por causas inverosímiles, debe tener ayudas sociales, subvenciones o subsidios, es decir: 1) un reconocimiento positivo y aprobatorio de una necesidad y 2) una acción positiva de los demás a satisfacción para con ello. En los colegios e institutos los profesores no deben castigar ni dar muestras de ninguna autoridad, debe darse ayudas a quién no consigue los resultados, sea bajando el listón o con apoyo excepcional sin que haya una enfermedad o condición concreta que explique esos malos resultados. Los padres deben dejar el máximo posible la educación a las instituciones educativas y, además, también relajar hasta extinguir el control aversivo de la conducta de sus hijos que, incluso aplicado de modo excepcional y sin mayores consecuencias, debe ser punible por el sistema legal. La política, las tertulias, los debates y los intelectuales deben hablar sobre cosas banales que no pongan en aprietos (algo aversivo) a la gente común con bajo nivel en esa serie de temas, al mismo tiempo se debe aprobar (algo positivo) la opinión de éstos como igualmente válida como la de cualquiera más informado, leído y esforzado por saber. En consecuencia de todo esto tenemos masas de gente fácilmente sobornable, servil a unas migajas de oro verde, que comprende la idea de justicia como corolario de su interés personal y egoísta, orgullosa de su ignorancia que muestra y demuestra en programas de televisión e internet por los que por añadido es recompensada (dinero y popularidad), incapaces y absolutamente sensibles a cualquier llamada de atención, aceptar cualquier responsabilidad con los demás, incluso consigo mismos.

El panorama es el que es, cualquier limitación sea físico-natural o en el derecho ajeno, es una opresión intolerable al tiempo que se iza la bandera de la tolerancia con el significado implícito de «indiferencia con los otros», esto es, el cese o dimisión sobre cualquier responsabilidad (recordemos, aplicación de control aversivo) sobre nuestros conciudadanos o seres queridos en el extremo. Se tolera la corrupción y otras abominaciones morales ajenas a cuenta de que, bien «la ley debe encargarse y no es asunto mío», bien porque uno mismo puede encontrarse en una situación similar y querer beneficiarse a costa de los demás, sea en la política como está de moda, sea en situaciones más privadas y cotidianas, y se espera que los demás toleren recíprocamente la bajeza moral propia. Para llegar a cambiar algo las personas debemos ser más que héroes, debemos renunciar a los caramelos del sistema, procurarnos del rechazo, o cierto rechazo al menos, de los demás, y, todavía más, convencer a los demás de que renuncien a los caramelos. Se antoja un imposible habilitado a idealizar por medio de las buenas palabras pero escasez de acciones. No sorprende, si lo véis como yo, que todo político necesite de la mentira y la hipocresía para hacerse hueco en el poder, debido a que si no se prometen caramelos más dulces que la competencia nadie te hace caso. Las críticas sociales son inmensas, están por todas partes pero siguen empecinadas en moverse por conceptos vacíos de libertad, de dignidad y otros bienes. Se habla de la emancipación del ser humano como si eso fuera posible allende la emancipación concreta del ser humano de una forma de poder aversivo no deseado y sustituirla sobre otro tipo de poder más apreciado. Se extiende el liberalismo social hasta inmunizar de consecuencias negativas la ofensa y el insulto sobre otros, también colectivos, que la opinión pública permite su humillación. Generalizan el control del pensamiento por medio del discurso con grandes especialistas en él con una conclusión tremenda: hacer lo mismo de siempre pero con otro discurso más molón. Se destruye todo el pensamiento serio al desautorizarlo o situarlo al mismo nivel que cualquier opinión desinformada. El relativismo se sigue del estado policial porque, al abstenerse de participar en el control social como persona y ciudadano, sólo queda el control de la fuerza y la ley.

Mis conclusiones sobre lo anterior son obvias. Yo no creo en ninguna esencia por encima de este mundo ni en milagros pero tengo en claro varias cosas: 1) Si alguien quiere cambiar algo debe atacar el corazón del pensamiento popular y no jugar a él (jugar a él implica vender caramelos más dulces, seguir en la senda de aumentar el control actual del sistema por vía positiva) y 2) toda solución implica limitaciones por otro lado habida cuenta de la finitud de las posibilidades. Personalmente se me aparece como una cosa imposible y que solo el choque contra los problemas inevitables de esta forma de pensar, vivir y gobernar abre la ventana a cambios que deben filtrarse ante el control de la fábrica de caramelos. En cualquier caso, haríamos bien en desinfectarnos de entidades inexistentes.

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