La risa científica

Un payaso anuncia un taller de risoterapia. Hasta ahí todo bien, viene al caso. Me apunté. Estuve ahí básicamente por hacer algo, sin mayor pretensiones debido a que, de primeras, ya iba con la idea de la poca cientificidad del asunto; y que más bien, su utilidad responde a cuestiones más mundanas. Todo el mundo sabe que divertirse hace sentirse bien, relaja, aparta de las preocupaciones y permite abordar el resto de las tareas del día, quizás nada divertidas, con mejor humor. Me llegó un whatsapp de recordatorio del día y que ya empezábamos. Por fin, vamos a ver qué se cuece.

Una clase con las sillas describiendo una circunferencia, música alegre y simplona de fondo y tío barbudo. No lo digo a modo peyorativo ni allá lejos, sino por entonar con el objetivo de la actividad: reírse. Joven y un poco pirado, reconocido por él en al menos tres ocasiones que recuerde haber contado. El barbudo nos incitó a sacar al niño que llevamos dentro que en el rol de adulto serio y socialmente aceptable queda reprimido. Narraba lo que iba a ser la clase como una aventura llena de magia donde se iba a aprender sobre la práctica y experiencia. Donde el ‘Otro’ iba a formar parte de uno en las horas venideras del curso. Los aplausos se dieron en clave risoterapéutica, haciendo sonidos huecos con la boca. Y a partir de ahí hicimos el payaso: andar sin rumbo por la clase saludando a quién nos encontráramos como si se fuera colegas de toda la vida, a lo japonés, después con reverencias caballerescas, etc. Purgamos al de al lado de los males haciendo como que tirábamos cosas que rascábamos de su espalda, las lanzamos lejos, muy lejos. El ambiente estaba muy animado. Probablemente nadie se esperaba llegar a este extremo de patetismo feliz. Ahora bien, tengo algunos apuntes que hacer.

El primero son las continuas menciones de nuestro barbudo a que el estado interior, de felicidad o infelicidad, era el mayor determinante en la vida, y que la actitud prácticamente era todo (decía, el 80%; el resto, la aptitud). Su apología de reír por reír, sin razón, aun a sabiendas de parecer poco cuerdo, invitaba a enajenar algo la mente de la vida en el mundo real. Hay más, sus descripciones de la vida, de las cosas que nos suceden, y por cuánto valoramos si han sido por suerte o por mala suerte, buenas o malas; rezaban bajo la voz de Coelho, con cosas como que el Universo te trae siempre las cosas hasta cuando menos te lo esperas. Tú sólo tienes que mantener la esperanza y la felicidad interna. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a él, dijo. Todo esto aderezado de una supuesta validez científica y de constituir una revolución en toda regla que trata de insertar risas en todos los ámbitos antes de cualquier tarea, para rendir más y ser mejores en suma. Esto puede sonar hasta en cierta medida bien, ¿por qué no? sin embargo, manifiesta, en primer lugar, la necesidad de un discurso científico (o que lo parezca) ¡para reír y para divertirse! Es el colmo. No necesitamos de la ciencia ni, en concreto, de la neurociencia cognitiva, para reír y pasarlo bien. Y si se necesita, algo huele mal y diría que la sociedad está enferma, pero terminal. En segundo lugar, que puede ser contraproducente quedarse solo en el mundo interior feliz enajenado de las circunstancias y de la autorregulación psicológica correcta, de acuerdo a las relaciones del mundo con el individuo que sea funcionales. Precisamente, ensimisma, y, por otro lado, se sigue de una paradójica autoexigencia: estar siempre bien incluso en las malas muy malas. Deprimirse por no ser feliz es algo de la época, y esto contribuye a esto (en efecto, no ser feliz no implica estar en un estado lamentable).

En resumen: actividades lúdicas son de agradecer, más que alguien quiera hacer reír, mola. Que se intente sorprender al personal, también. Antes bien, no deseo un mundo con humoristas científicos con monólogos avalados por la Asociación Americana de Psicología ni por la NASA ya puestos. Tampoco quiero que se instaure un régimen del terror donde la exigencia de felicidad suprema sea la puerta de lo socialmente aceptado o no. Debido a que no siempre, porque somos humanos, podemos estar así y, con las diferencias individuales mediante, es difícil estar tan pleno más que en momentos muy determinados. Ese régimen del terror fue escrito por A. Huxley en ‘El mundo feliz’ hace años y el remedio a la tristeza y desazón era el ‘soma’, una droga. Además que encantados en la risa se toleraba un régimen totalitario porque la gente era feliz en su desgracia más radical, la ausencia de libertad y de verdad. Así las cosas, me gustaría un mundo que no necesitara del consejo científico para reír o llorar, o sentir, o hablar con los amigos ¡o hacer actividad física!. Ese sería un buen mundo.

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