Ignorancia ilustrada y consciente

¿Puede en algún punto una sociedad ser más civilizada a través de la renuncia a conocer “algo”, es decir, por deseo de permanecer en la ignorancia en algo cognoscible e, incluso, accesible? Curiosa pregunta, ¿no? Creo que se puede tomar en serio y que su formulación es adecuada. Los ejemplos ilustran más fácilmente que los tochos teóricos: dar libertad a alguien implica no controlar las causas de sus decisiones o conductas. Esto es, la sociedad que plantea individuos libres, plantea abstenerse en conocer los determinantes de las acciones de los individuos «libres». Si creemos que no es ético buscar información de una persona a través de internet o de cualquier medio, con tal de conducirla a nuestro campo, o atreverse a practicar trucos psicológicos para persuadir a un amigo para obrar en tu propio interés, estamos en la misma tesitura, reconocemos que el respeto a la libertad ajena se practica con la ignorancia consciente. Ser «buena persona» se asimila a ser un ignorante consciente e ilustrado. No desea saber más allá de lo que, por norma, le corresponde, y se atreve a preferir la incertidumbre en relación a los demás antes que satisfacer los instintos humanos de control y seguridad sobre el entorno.

La decisión se complica cuando los instrumentos y tecnologías de control alcanzan cotas de fiabilidad relevantes y se hallan en manos de cualquiera, o casi. Los publicistas hacen lo suyo, los políticos otro tanto, los vendedores, los defensores de no sé qué asociación o causa, y así. La manipulación se transforma en un medio útil y se usa ampliamente con sanción moral positiva. Parece lo normal. En un escenario así, la libertad, como es obvio, se resiente hasta peligrar sus bases que arden en la indiferencia. La saturación de información se columpia a balancearse entre conceder máxima accesibilidad pero mínimo tiempo para absorberla. La necesidad de discriminar entre toneladas de paja se rinde al impacto de lo sensacional y vistoso aun en detrimento de la riqueza de los contenidos. Lo corto, ameno aunque impreciso con frecuencia, gana el favor en ausencia de motivaciones especiales. Este ambiente es de todo menos amable con la libertad, con la ignorancia ilustrada y consciente. La hostilidad proviene de muchos frentes. Primero, se difunden miles de técnicas de control y hasta se democratizan; segundo, se satura con información que al lector medio sólo le puede quedar un poso superficial. Como resultado, mucha gente tiene por trabajo alguna actividad que se compone principalmente de eliminar toda privacidad o animar a exponer públicamente todo; de manera que los demás aprovechan, seducidos, y actúan imitando este modo de proceder: controlemos a los demás, sepamos de ellos más que ellos mismos. Busquemos sus puntos débiles o fuertes, a conveniencia. Tengamos hasta información psicológica sobre su personalidad, inteligencia, destrezas o habilidades sociales. Relacionemos todo ello con variables como la salud, la clase, origen o sexo y, para terminar, fabricamos estilos de vida, formas de hablar guays, estéticas y frases bonitas para cada uno de ellos, adaptada, personalizada e individualizada al extremo en el culto de lo único e irrepetible. Agrandemos un ego que no depende de las acciones individuales sino del control ajeno e invisible, usado para halagar.

Somos más iguales pero nos creemos más diferentes. Paradójico. Al margen de esto, somos realmente sabios, sabemos mucho, demasiado… Pero todo lo que no nos incumbe. El afán de control sobre los demás de los científicos sociales, de los curiosos y de los Caballeros de la Orden de San Progreso Universal, permea en gente de a pie que se divierte con macabras obras como Gran Hermano, de hermosa, por cierto, inspiración, nada menos que el culmen de las distopías totalitarias. Controlar a los demás no permite elegir ni actuar con libertad, lo que demuestra más bien, es el poder sobre los demás, de aquellos duchos en el arte de la información y de la manipulación. Las personas con principios han muerto porque son aquellos que públicamente actúan con discreción, desarrollan la humildad, y huyen de exhibir neones y espectáculos para darse a conocer. La libertad… Bueno, la libertad es el elemento nuclear.

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