Sobre talentosos y egocentrismo

Como sabéis la envidia es uno de los pecados capitales, y no por religioso — que no lo soy en absoluto — pero no voy a caer en ella, ni por asomo, ni animar a ella. El caso va sobre la gente con talentos que les convierten en estrellas en sus campos de interés, como puede ser la música, la informática o alguna ciencia, dando en el clavo en alguna cuestión por tiempo enquistada, o dando solución a alguno de los más farragosos y trascendentes de los problemas. Sobre ellos se vierten dos reacciones con cierta asiduidad. La una enfatiza los componentes ambientales de su éxito o los genéticos, depende del caso, para, por medio de asumir algún determinismo, restarle importancia al caso. Una simple racionalización. La otra, alabar como ejemplo a seguir, ejemplo para la sociedad en donde vivimos. Empero, el mensaje también frecuente por aquella gente es que tenemos todos una suerte de vocación especial, una potencialidad oculta y que, de desarrollarla, podríamos llegar lejos, bastante lejos. Casi paralelo a esto, se convence del mal endémico de la educación en proporcionar conocimientos poco útiles, y el sistema basado en la memoria y en la autoridad, por más que ésta última haya degenerado en los últimos tiempos. Solo podemos decir que esto es muy interesante, por ahora…

Si nos fijamos en los niños prodigio que hoy en día destacan, no son Edisons desde luego, sino informáticos. Está claro que es un sector en desarrollo aún y relativamente fácil de acceder, máxime cuando está generalizado el uso y posesión de ordenadores. De no ser así, poco se podría hacer. En otras palabras, los posibles nichos donde se pueden desarrollar tempranamente habilidades extraordinarias son limitados, muy limitados. Puede nacer un adolescente genio de la literatura porque todo el mundo puede escribir en su casa, y tirarse el tiempo que desee con ello. No es tan sencillo, sin embargo, hacer actualmente un experimento casero de Física y que permita obtener resultados útiles al desarrollo actual de esta ciencia. Por las mismas un descubrimiento casero en Fisiología no es exactamente lo que se espera. Hay más aún. Las habilidades de mucha gente se dirigen en adquirir precisión y eficacia en destrezas manuales, las cuales, por la robotización de los procesos de producción y la devaluación de la artesanía quedan fuera del grupo de esos “talentos” apreciables en la sociedad. Incluso alguien con especial talento en aprender idiomas difícilmente ya lo tiene en tanto que se generaliza su aprendizaje y su exigencia, como algo accesorio o necesario, pero no como único reclamo en el currículo. Por último, aquellos cuya afición y habilidad se muestre en campos como la Historia o la Filosofía, hallarán la marginación intelectual en una época donde lo no comerciable o las cosas, en general, humanísticas y no sensacionalistas, son apartadas a un saber erudito cuyo peso no sobrepasa al amor propio de la persona.

En resumidas cuentas, la sociedad es la que “ve” o “detecta” los talentos pero también la que los valora como tal. Es darwinista al apreciar algunas cosas, subjetivamente, por encima de otras, por más que las habilidades de alguien, por ejemplo, se centren en algo que la sociedad no aprecia en estos momentos. Además, la falta de conocimiento muchas veces en las cosas que existen, proporciona el caldo de cultivo adecuado para que la norma sea no encontrar la afición o vocación de la persona. A fin de cuentas: la excepción no es la norma, por definición. Y, que quede claro, que quien logre realizarse y el éxito, perfecto; pero no moralice a los demás que han considerado otros fines como más óptimos o no encontraron en sí, o por el medio, desarrollar adecuadamente una habilidad de tal calibre. No todo el mundo se encuentra buscando como un poseso la forma de obtener el éxito en cualquier chorrada. De paso, el menospreciar las ambiciones de dar amplios conocimientos en las escuelas, de forma reglada, por esta serie de hechos, me parece absurdo y contraproducente. Nadie puede saber qué le gusta sino no lo ve antes. Esta es la razón por la cual no había gente frustrada en el 500 a.C. por la inexistencia de ordenadores cuando su vocación era ser desarrollador de software. Básicamente, la vocación no es enteramente individual e intrínseca, sino es la adaptación compleja de las preferencias y el desarrollo propio del individuo en la sociedad que da a hacer, y valora, algunas cosas, y que, con suerte, encaja como anillo al dedo en el individuo. La moraleja es que estar en el momento adecuado, haber tenido una vocación que coincida con algo en ese momento apreciado por la sociedad y la habilidad necesaria, produce discursos sobre el egocentrismo, del que quiere puede, o revive de la tumba a los sueños que se hacen realidad, algo típico de Coelho. Un Universo que conspira a tu favor para que logres lo que propones, y otras cursiladas del estilo.

Como veis, no es envidia, es cordura. El estilo Happy Meal de las habilidades y talentos es cuento de niños. La educación necesita reformas profundas en todo occidente, no seré yo el que defienda los modelos tradicionales ante la avalancha de evidencias pero tampoco, por rebeldía, me enconaré en su contra como si ya fuéramos “el hombre nuevo” que no necesita de los anclajes del pasado. Por otro lado, las teorías de las diferencias como dones de Dios deben tratarse con cuidado. Habilidades y destrezas reales o en potencia tenemos todos, otra cosa es que, bien tengamos los medios para realizarlas, bien queramos tirarnos toda la vida sin salir de casa para cultivarlas en su extremo o bien no estemos en la época adecuada para que haya demanda de X habilidad. Todas estas circunstancias animan a valorar a quién lo hace y es afortunado, pero, sobre todo, no hacer sentir inferior al resto como personas. Alguien puede ser superior en conocer los secretos de la Botánica, pero como persona es como otro, algo que debe valorarse más en términos morales que en acumular resultados concretos o dinero.

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