La dictadura del “criterio”

La economía política se mueve indicando el camino de la prosperidad a la luz de las teorías que surgen, y de la evidencia empírica, interpretada a conveniencia de aquéllas. El Producto Interior Bruto (PIB) es el marcador crítico que evalúa la prosperidad económica de los países basándose, en especial, en el valor de los bienes finales, los de consumo. Por esta razón, se cumple la máxima “vemos lo que queremos de la realidad”. En efecto, el consumismo anima a incrementar el PIB. Como ejemplo de interés para reflexionar, si en vez de cocinar nuestra comida o limpiar nuestra casa, contratáramos a otras personas legalmente, el PIB sube, pero el trabajo, o el servicio, es el mismo. Es una de las razones por las cuales se puede afirmar y confirmar que la eficiencia económica en base al PIB se beneficia de la insolidaridad. Cuántos menos trabajos solidarios, sin dinero por medio, se realicen, y, por tanto, más con cargo, el PIB aumenta pese a que en ambos casos, el número de bienes y servicios es el mismo. Otras razones para el dispendio es lo de abrir calles y cerrarlas por motivos electorales usualmente, pero que, como gasto, computa en el PIB no ofreciendo, en verdad, nada a los ciudadanos. Quizás molestias por las obras.

Esta claro que si el objetivo de los economistas es incrementar el PIB la sociedad que les sufra tenderá a estar constituida por individuos egoístas y se llenará de absurdos de obra pública y consumo banal por administraciones y privados. No está muy lejos de lo que actualmente tenemos y esta es razón por la cual sostengo que no hay Economía descriptiva, sino normativa. Esto es, la Economía no describe la “realidad económica” sino que interpreta unas relaciones de carácter económico, en referencia a los bienes y servicios, su administración y producción; y, simultáneamente, prescribe o aplica criterios para modificar y controlar esa “realidad económica”. En resumen, ellos crean la realidad que supuestamente desean predecir. Por supuesto, los criterios obedecen a valoraciones y su discusión, en sí, excede los objetivos de la ciencia. No sorprende, pues, como antaño la Economía se llamaba Economía Política y no se concebía como disciplina autónoma, ya que, sus discusiones y aplicaciones, siempre tocan desde a elementos políticos como jurídicos, e incluso culturales en general.

Hoy he visto un nuevo criterio de medida de la riqueza de las naciones, el Producto Total, que hace hincapié menos en el consumo, y sí más en las etapas intermedias de producción, es decir, contabiliza mejor el valor del capital, de las cosas que no son de consumo inmediato. Viene a considerar que es la oferta, y no la demanda, la que genera la riqueza fundamentalmente, ya que es la tecnología, la empresarialidad o la innovación, la que genera y aumenta la productividad y, como efecto, permite apreciar un mayor consumo. Esto tiene más sentido. Por ejemplo: si en vez de gastar dinero en abrir calles y después cerrarlas igual, se invierte semejante montante en la producción de motores eléctricos, es obvio que éstos no se consumen de inmediato, pero agregan algo de utilidad en el futuro a las personas. Quizás el mejor ejemplo sea la investigación en nuevas tecnologías, pobremente contemplada en el PIB, porque sólo refleja el consumo en ellas, no el capital en su posesión.

A modo de conclusión, la peor dictadura es el “criterio” porque, pensarlo como si fuera una categoría natural, algo ajeno a nuestra voluntad o valores, e inmodificable, castiga a todo el que propone de otras cosas y no encuentra criterio para avalarle. Lo cierto es que los criterios están producidos para satisfacer unas determinadas visiones de la vida y una forma de estudiarla, con sus teorías e hipótesis. En este caso, vivimos atrapados en el PIB como marcador último de la salud de los países, y sobre el que se planifican las políticas públicas. Haciendo un símil con las personas, es como si redujéramos la salud de las personas a un indicador, v.g., el colesterol, y olvidáramos todos los demás. Llegaremos a tener el colesterol perfecto y padecer de diabetes, cáncer o demencia, pero, eso sí, arterias limpias.

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