Los problemas sociales del capitalismo

Con este breve ensayo busco explicar las bases de los fallos políticos del liberalismo económico. Apunto, he dicho “políticos”, que no “económicos”. Esto quiere decir que reconozco y no cuestiono la eficiencia económica, sobre todo en el largo plazo, del mercado en la asignación de recursos y aún más en la producción, en la cual la competencia bien entendida supera por bastante al estado. Sin embargo, el liberalismo económico no sólo es económico, sino que al final afecta a la política, inevitablemente reduciendo la intervención del estado para que esa libertad económica tenga lugar pero también reduciendo el mismo estado y todos los mecanismos distributivos y aseguradores de los ciudadanos públicos. Además, mantiene una seria tensión con la democracia en tanto que la forma de tomar las decisiones en el mercado y en la democracia son incompatibles. Para ponernos en situación, países como Dinamarca o Suecia son liberales en la economía y tienen de los puestos más elevados en los índices de libertad económica pero al mismo tiempo mantienen un estado muy grande con amplios mecanismos distributivos. A estos casos mi crítica no va dirigida puesto que los elementos del liberalismo económico se quedan en limitar la intervención del estado en el mercado, no en reducir el estado ni perjudicar de otro modo la acción colectiva ciudadana. Antes bien, países como Singapur o Reino Unido en la época de Thatcher por ejemplo fueron casos de liberalismo económico en política. Donde la acción colectiva y el estado está y estaba la una deprimida, el segundo dedicado en exclusiva a apoyar al mercado. Aquí es donde va dirigida mi crítica. A contestar por qué produce problemas sociales una sociedad de mercado, la gente, pese a ver aumentadas sus rentas no está conforme y la sensación de libertad “real” se ve hasta mermada.

Para ahondar en nuestro estudio tomaré los fundamentos de la acción humana general, esto es, las características lógicas del actuar humano. Los economistas austríacos como Ludwig von Mises alumbraron una teoría de la acción en economía muy poderosa. Dispusieron de unas categorías en una estructura lógica de la acción de carácter trascendental. Esto quiere decir: variables siempre presentes cuando actuamos. Por ejemplo, la preferencia temporal o la aversión al riesgo. En toda acción nuestra que toma la forma de medios-fines, buscamos un objetivo y para alcanzarlo buscamos los medios adecuados. La preferencia temporal indica cuál es la valoración sobre el tiempo, si estamos dispuestos a posponer la consumación de nuestro objetivo en el largo plazo o nos urge conseguirlo en el corto plazo. La aversión al riesgo es el miedo a la incertidumbre que existe de no saber si conseguiremos nuestro fin. No me prolongaré más con esto debido a que está mejor y más extensamente explicado en otros lugares. Antes bien, he de señalar el primer punto clave ahora. Los fines humanos son subjetivos para la economía (como dice la teoría del valor subjetivo) y sólo su convergencia (con las valoraciones de los fines de otros agentes) cuando de bienes escasos en el mercado se habla se expresa de manera objetiva, en forma de precios de mercado. Bajo esta óptica cualquier fin humano es cualitativamente equivalente debido a que emerge de la subjetividad humana. No se puede decir que haya fines más importantes que otros de manera objetiva, y sólo los individuos, para ellos mismos, pueden crear sus criterios sobre preferencias. Políticamente, el liberalismo económico lleva a un estado que sólo y exclusivamente se dedique a proteger los derechos de propiedad de los individuos (véase Robert Nozick) de manera que sólo invalide los fines humanos que impiden actuar en el mercado a otros individuos como por ejemplo el robo o el asesinato. Incluso hay teorías como el anarcocapitalismo (véase Murray Rothbard) en donde no haría falta ni estado habida cuenta de unos criterios apriori sobre la adquisición, transacción, etc., de la propiedad privada, que producirían por ellos mismos una sociedad de mercado pura.

¿Dónde están los problemas? Bien, la teoría de la acción humana propuesta toma todo fin por subjetivo y esto, en Economía, puede ser práctico, pero nos ciega en conjunto de ver otras cosas. Las críticas a este reduccionismo económico generalmente advierten que los seres humanos no viven solos y aislados, o que son productos sociales tanto en su personalidad como en su dotación cultural, pero por norma no consiguen precisar lo suficiente. Se queda en vagas apreciaciones que intentan rechazar el individualismo metodológico o que intentan por añadido acoger la dimensión social humana. Claro, los economistas liberales austriacos y neoclásicos se defienden que en una sociedad de mercado nadie está sólo, y, es más, se permiten todas las formas de alianzas humanas, con ánimo o sin ánimo de lucro, la filantropía, la familia, asociaciones libres de todo tipo, etc. Voy a exponer un añadido a la teoría de la acción humana análogo a la económica pero de otro corte que nos dotará del aparato teórico para descubrir dónde se esconden los errores.

Los economistas no tienen problemas en ver los precios de mercado como objetivos, fruto de la convergencia histórica de las valoraciones subjetivas de los agentes económicos. La cuestión es que el significado de las palabras y de los bienes también tiene su objetividad, análogo a los precios. Pensemos que si todo nuestro lenguaje careciera de objetividad no nos podríamos entender de ningún modo. Ciertamente, somos capaces de usar recursos como la ironía por los que queremos decir lo contrario a lo que de verdad enunciamos. Usamos, entonces, la subjetividad. Pero esto no invalida la interpretación objetiva de los mensajes. La lengua tiene diferentes modos como el indicativo, subjuntivo o imperativo; una estructura definida sintáctica y un enorme acervo de convenciones sobre las relaciones significante-significado entre otras cosas. Los bienes intersubjetivamente (por un historial de usos e institucionalización) y por propiedades inherentes a ellos también. Una manzana es un alimento o un coche un medio de transporte por carretera. Desde luego, como con el lenguaje, podemos usar la “ironía” o, dicho así, la subjetividad, por ejemplo, usando una manzana para apedrear a un perro que nos molesta o un coche para apoyarnos en él y poder estirar los músculos después de algún ejercicio físico. Creo que en este punto no habrá muchas críticas. Hay usos objetivos e institucionalizados socioculturalmente y otros usos con fines nuevos y creativos subjetivos o no institucionalizados. Mi tesis aquí es que una sociedad de mercado supone un proceso de licuación (subjetivización o relativización) de todas las instituciones sociales y que esto crea una tendencia al egoísmo, malestar social por la superficialidad de las relaciones humanas, inseguridades y miedos, otras clases de resultados subóptimos en bienestar general, y hasta la anulación práctica de la libertad individual.

Puesto que los liberales más aguerridos consideran que tienen poco que decir sobre el tipo de relaciones sociales adecuadas o menos adecuadas, debido a que éstas, en su pensamiento, deben ser libres y cambiar como sea si la gente así lo desea, me centraré en cómo se produce la anulación de la libertad individual “real” o “percibida” o incluso “fenomenológica”. Vamos allá:

La publicidad nos influye y condiciona. No tiene, sin embargo, problemas puesto que no anula la libertad de elegir racionalmente o… ¿sí lo hace o puede hacer? La mayoría de los anuncios (no me refiero a sólo los de la televisión) buscan asociar cualidades no inherentes al uso socialmente aceptado del bien anunciado, v.g., un coche anunciado con una chica con alto atractivo sexual apoyada en éste; una bebida gaseosa y objetivamente nada nutritiva como relacionada con la longevidad o el deporte de alto rendimiento, etc. Las nuevas técnicas y orientaciones en márketing sugieren que lo mejor es relacionar la marca y el bien a vender con estilos de vida, con formas de vivir, incluso con sueños y aspiraciones del segmento de clientes del mercado potencial. Empíricamente, todas estas estrategias hacen que los consumidores elijan menos por una ponderación de la calidad y precio de los productos y más por elementos subjetivos en principio no relacionados con los fines objetivos de los bienes. Para un liberal no tiene problema ético aquí ni ve ninguna merma de la libertad. Los consumidores pueden seguir escogiendo racionalmente si lo desean y, si no lo hacen, los fines humanos son subjetivos, y no pasa nada ¿qué tiene de malo que queramos enriquecer con fantasía y colorido lo cotidiano? En principio nada, pero quién tiene la capacidad para crear e introducir, institucionalizar, los nuevos significados de las cosas socialmente, es decir, cambiar los usos objetivos, son unos relativamente pocos conglomerados empresariales que tienen tal penetración de mercado y sobre todo de llegada a través de los medios de comunicación. Estos tienen la capacidad de cambiar nuestra vida por cambios en la sociedad entera, pero no mirando por el bien común, sino por su propio interés. Digamos que ocultamente hacen de diseñadores sociales por el proceso de mercado. Los estados capitalistas actúan del mismo modo por el márketing político y señalando lo que ellos valoran importante por las estadísticas con las características que quieren, marcando objetivos sociales en base a ellas. No sorprende ya que las vindicaciones nacionalistas o de derechos colectivos no surjan de la sociedad civil, sino de la propaganda estatal. El punto es que las empresas más influyentes pueden crear un Matrix a medida (de hecho, lo crean). Cuando se dice que “crean necesidades” es debido a que estos oferentes de bienes y servicios promueven el deseo y dan significación, por ende, institucionalizan el uso, de bienes, y son insertados en el estilo de vida de las personas. Los economistas se quedan en que las necesidades las tienen, analíticamente, el individuo, que puede no comprar por más que oferte, como sucede con muchos productos fracasados en el mercado; pero no invalida que quién crea estilo, moda, etc., y triunfa, modifica los significados sociales de las cosas orientándolos a su propio interés lucrativo. Como los seres humanos somos seres gregarios, nuestras necesidades sociales promocionan seguir los estilos de vida dominantes para no ser excluidos, en ocasiones, hasta porque son necesarios para continuar en los trabajos u obtener uno. Tiene un efecto arrastre importante. La gente no es más feliz por tener smartphones que antes, si no es menos infeliz al tenerlo a vista que los demás los tienen. Sabemos que los niveles de bienestar social cumplen con la ley de utilidad marginal decreciente por la cual, a mayor cantidad de algo, menos satisfacción extra nos produce una unidad más. Esto sucede con la renta, que a partir de 10.000€ anual apenas contribuye al bienestar, o el fenómeno de la clase media acomodada que se ha visto pedir reducciones de jornada a pesar de cobrar menos por valorar más el tiempo libre. Sin embargo, el efecto arrastre por los cambios en la institucionalización social, hace que esas rentas en ocasiones no sean suficientes, ya que se nos exige (socialmente) estar a la moda, consumir muchas cosas más de las que necesitamos, etc., poner en situación de lugares donde no se puede comer sano, entre otras.

¿Por qué la libertad individual se extingue? Debido a su dimensión epistémica. Es decir, tomamos decisiones en un marco epistémico (de conocimiento) donde hallamos referencias en los significados objetivos dados socioculturalmente. Si estuviéramos en una “sociedad” donde el lenguaje fuera plenamente subjetivo, sin interpretación objetiva posible, como esbocé antes, no podría haber ni proceso de mercado. No nos podríamos comunicar, es más, ni se podría hablar de sociedad posible con este supuesto. Tampoco si el uso de los bienes es completamente subjetivo ya que todos pareceríamos locos y maníacos. Todo el mundo estaría en su mundo en una burbuja de fantasía total. Todavía más, ni podríamos tener autonomía individual debido a que nuestras elecciones o acciones carecen de significado, no se dirigen a fines “reconocidos” socialmente, ni por alegoría. Cuando le decimos a alguien “¿nos tomamos un café?” implícitamente sabemos que iremos a una cafetería y sabemos cómo suelen ser esos establecimientos para reconocerlos; también sabemos lo que es el café y cómo se puede pedir y servir. En un mundo de subjetividad total, por imaginar cosas, no podríamos saber qué significa “¿nos tomamos un café?”: podría ser que envían a alguien con pinta de pizzero a casa con una manguera y nos echa café encima o que nos servimos café en un jarrón y lo bebemos con una pajita de un metro. Como decía, el mundo de los significados sociales es objetivo, las cosas se refieren no a lo que subjetivamente nos dé la gana, sino a cosas concretas, convencional e históricamente objetivadas, que nos permiten movernos por el mundo y, entre otras cosas, expresar nuestras elecciones. Si unas empresas solas o con ayuda del estado dominan la creación de significados sociales sin control ciudadano alguno con el tiempo crearían un escenario tipo Matrix en donde todo sería “apariencia” y todas ellas coincidirían con el interés lucrativo u otros de las empresas. Esta es la razón por la cual los elementos socioculturales más relevantes como el lenguaje, la organización familiar, la religión, etc., son elementos políticos, politizados o reivindicados políticamente. La política es la forma de asentar unas formas de vida que incluyen esas instituciones importantes para el sostén de la sociedad y que ésta pueda reproducir su cultura de forma estable. En una época en la cual la educación estaba en manos de la Iglesia el Estado no tenía que intervenir porque ya era homogénea y estable, reproducía las pautas socialmente estables y los significados culturales en los individuos, pero cuando su papel ha sido mermado y desplazado, se tuvo que anexar al estado para que éste fijara pautas estables de socialización.

Hemos visto cómo se produce el efecto de la dominación y el deterioro de la libertad real de los individuos, además, hemos visto por qué ciertos elementos culturales tienden a tener naturaleza política y, aunque pueden ser producidos en el mercado bienes como la educación, sólo se les puede permitir hacerlo mientras no atenten contra el orden social que permite sobrevivir a la sociedad, el cual hace interiorizar normas, significados y, en definitiva, todo el universo simbólico humano, que permite a los individuos actuar. El capitalismo erosiona todas las instituciones sociales, dificulta las relaciones morales entre los individuos y remite, para mantener su rectitud, convicciones morales, etc., a los individuos, que necesitan reflexionar sobre todas las cosas con cada vez menos referencias objetivas sociales, y simultáneamente sumergidos en una dinámica de un ritmo de vida rápido que dificulta esa reflexión encima. Se podría escribir mucho más, por supuesto, y espero hacerlo próximamente ahondando más en estos temas. Principalmente, la unidad económico-técnica de las empresas y estado capitalista es el problema, pero no sólo eso, ni sólo de la forma aquí estudiada.

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