Por qué vivimos en un régimen democrático-totalitario

Ya desde hace un tiempo evito hablar demasiado de actualidad política. Es pernicioso. Te cabrea y enerva en muchas ocasiones y encima en otras consigues enfrentarte con alguien. Al final quita las ganas. Sin embargo, hay ocasiones y ocasiones. Esta es especial porque procede de ver varios días consecutivos noticias típicas de regímenes totalitario al punto de disipar las dudas sobre la naturaleza de este, en el cual vivimos. Una de ellas reciente es un proyecto de ley para regular las carreras más duras de fondo y el crossfit, una modalidad deportiva en auge; emitiendo un carnet especial para habilitar a correr y en el otro caso obligando a tener un médico en el gimnasio cuando, por supuesto, no es un deporte de riesgo. Qué decir sobre el cierre inminente de esos gimnasios o su cambio de actividad. Además, pese a lo minoritarias de ambas prácticas en comparación con otras, el motivo principal se escuda en el cálculo económico de la sanidad pública por un supuesto ahorro probable. Otra reciente es una propuesta de una ley por la igualdad de género que no se conforma con la igualdad en el cobro de salario, que es, esto sí, un buen logro, sino con regular la vida privada de las familias imponiendo un reparto 50%-50% de las tareas domésticas. Por otras leyes más sustanciosas que refuerzan mi definición de totalitaria a este régimen político es la ley de seguridad ciudadana de este gobierno, o cuando reguló también el trato de los padres con los hijos y de éstos con sus padres. En otras palabras, no existe nada ajeno a las leyes, ningún ámbito, por íntimo que sea, que pueda ser dejado al libre albedrío de las personas. Parece que vamos a necesitar muchos policías y algunos habitar en algunas casas. No os preocupéis, ahora ya se podrá poner cámaras en las casas para controlar sin orden judicial. Esto es cortesía de la nueva ley de “seguridad”.

¿Y qué problemas tienen estas medidas? Quizás esta sea alguna de la respuesta más natural e ingenua que pueden darse, supongo en algunos de ustedes. Estas medidas suponen suprimir toda libertad personal y demostrar la capacidad sin cortapisas de los gobiernos de entrometerse en la vida privada de las personas. No dejan que la gente se informe y sepa de los riesgos de los deportes, directamente, te ponen leyes. No dejan el diálogo en la familia para concertar el modo mejor de convivir, te ponen leyes. En algunos sitios ya no podrás correr o patinar por la calle, ni los niños jugar a la pelota, te ponen leyes. Tampoco podrás echar una foto a las actuaciones de la policía por si lo hacen mal, ya que deben estar al servicio del ciudadano; te lo prohíben con multas cuantiosas. Ya los gobiernos no tendrán que justificar cuidadosamente poner vigilancia, pinchar el teléfono o lo que sea, de alguien que se considere peligroso o sospechoso, sencillamente, podrán hacerlo cuando les dé la gana. Eso de “todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario” está en proceso de revisión, por supuesto, hacia “todos somos sospechosos hasta que se demuestre lo contrario”. Pero es que tales leyes e intentos o proyectos de ley son los mismos que atemorizaban en los regímenes totalitarios más conocidos e impactantes de la historia de la humanidad, sea la Alemania nacionalsocialista y la URSS. Ninguno de los dos pudo suprimir las familias pero si controlarlas de algún modo para que la gente pensara igual, se proscribiera cualquier educación considerada “no adecuada” para los niños y se facilitaba denunciar a los padres ante la mera sospecha, como es el caso, porque somos culpables hasta que se demuestre lo contrario, ¿no?

Por otro lado, tenemos en el imaginario colectivo algunos engaños que merecen revisión. El primero es decir que, asumiendo esto que digo, se diga que “no existe democracia”. Falso. Democracia hay, pero la democracia nunca ha sido contrario al autoritarismo o el totalitarismo. Demócratas radicales como Rousseau reconocían que “la democracia es la tiranía” y, generalmente, en la historia del pensamiento político, la democracia no ha tenido buena prensa porque siempre acababa en la dictadura de la mayoría, anulando toda libertad de las personas. La democracia, como defendería Popper, es un buen mecanismo para echar a los gobiernos incompetentes que otro régimen político no permite. Eso es conveniente y un punto a favor. Sin embargo, no es suficiente para frenar las intromisiones en la vida privada de las personas, producir atrocidades o vigilar por el máximo bienestar de las personas. El poder siempre debe estar vigilado, como querría Jefferson, y lo cierto es que la fe ciega actual en los estados para solucionar todo tipo de problema, hasta los domésticos como se ve, impide que nos defendamos de sus injerencias no deseadas. Es decir, las ideologías modernas capturan todos los deseos de la gente y permiten que los gobiernos operen con el aparato estatal en todos los niveles de la vida de las personas sin cuestionarse si hay rincones donde no deberían estar. Además, en un mundo con tanta abundancia material, incluso con la crisis, y con escasos por suerte robos o asesinatos objetivamente en comparación con otras épocas, se tiene más miedo y desconfianza en los demás que nunca. Estas cosas facilitan y allanan el camino para que la gente impotente y miedosa para solucionar sus problemas con los demás, prefiera recurrir al estado para que, de forma impersonal y aséptica, ponga leyes que regulen todo. Yo, a partir de ahora, no tendré pelos en la lengua para decir que vivimos en un régimen democrático-totalitario. Es la verdad, mal que pese.

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