El camino de la nada

Como todo caminante que se hace camino en los intestinos de la filosofía, se suma al riesgo de hablar por hablar, de decir por decir, y terminar por no hablar o no decir nada. Es, de hecho, una de las críticas más habituales a los filósofos con su habla particularmente pedante y la difícil comprensión de la utilidad de su trabajo, más aún, cuando niegan la necesidad de tal utilidad. Cabe preguntarse si las cuestiones que plantean por medio de la reflexión son posibles de resolver y, si por tanto, merecen la pena los esfuerzos. No ignoro la facilidad con que en ausencia de objetivo claro y delimitado nos podemos volcar en reflexiones sobre las reflexiones o, en otras palabras, amontonar montones de nada encima de otros paquetes de nada. Con esta descripción advierto del peligro inminente de estar perdiendo el tiempo, de creer saber y sólo, sin embargo, creer, y que las críticas que desde la filosofía se suelen hacer a la religión, lleguen a ser autoinculpatorias. ¿Acaso hay diferencia entre la mitología, la religión o la filosofía desbocada sin objetivo, o éste no perteneciendo a este mundo? Decía, este es un riesgo que yace implícito en la actividad del filósofo cuando no tiene más referencia que más y más libros sobre filosofía, o que apenas vea el mundo, lo que está delante de sus narices o, por supuesto, lea y sepa los fundamentales de la ciencia. Si de estas advertencia de desoye, el camino, no emprendido por pocos, mucho menos si en los anales de la historia revisamos, de la nada puede ser el tuyo.

Muchas de las conclusiones de los filósofos, profesionales o no, pueden resultar en interpretaciones novedosas de las que abren la mente, estimulantes o provocadoras, pero también confusoras. Sin contar con las que no tienen sentido, literalmente. A extremos se ha llegado de entender el mundo en una especie de diálogo o estructura lingüística social. Donde parece que los eventos no se siguen de los demás por ninguno de los medios y que, en tal caso, la ciencia es al completo es instrumento de poder. Si bien afecta como se ha demostrado el contexto social y cultural y es una actividad humana más, la ciencia, o, siendo más específicos, el objeto de su estudio, el mundo, tiene ciertas regularidades, por no decir muchas sobre todo visto a cierto nivel de análisis. Ahí, con independencia de nuestras posibilidades actuales de predicción y control de las variables, se evidencia algo razonablemente extrapolable a niveles más holísticos. Con la suerte de que existan ciertas limitaciones sobre la extrapolación y, por tanto, de la predicción efectiva y plausible de las cosas, el resto de las ciencias y la filosofía misma tiene lugar en aquellos niveles, y de acuerdo a sus posibilidades, no por encima de ellas. La filosofía como forma de esclarecimiento, de aclaración o de interpretación en términos humanos, por así decirlo, considero que tiene su lugar y en absoluto debe ser olvidada. Es más, tiene mucho lugar en nuestras vidas se quiera o no. Empero en algún lugar de la intersubjetividad habita, es decir, donde se conectan las conciencias individuales, en la intersección donde nos podemos comunicar y entender, no en el plano de la subjetividad pura. La subjetividad es un ámbito privado e inajenable. Filosofar en la subjetividad equivale a imaginar e hilvanar relaciones de las cosas sin sentido fuera de nuestra inventiva aunque sean, y por más que lo sean, reconfortantes y bellas para nuestros adentros.

La evidencia del camino de la nada es visible cuando se habla de la ausencia de “coacción” externa al pensamiento, sea así, sin objetivo práctico alguno o cuando directamente se dice “es para mi”. Todo el mundo tiene derecho a creer y pensar, a imaginar e inventar, pero confundir eso con una disciplina que pretender conocer algo o saber algo es mucha confusión. Todo tiene su lugar y sin duda una obra de literatura o de cine puede decirnos mucho, ser altamente significativa, hasta, por caso extremo, cambiarnos la vida, y aún así no filosofa, no reporta el conocimiento que deseamos, porque no sale de la subjetividad propia del intérprete. Como todo, la subjetividad tiene su lugar y su relevancia en uno mismo, pero no puede elevarse por encima del campo de otras cosas ni aspirar a totalizar el mundo.

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