Adela y los valores de sus imposturas

Adela Cortina es una filósofa española especializada en Filosofía Moral y que ha buscado el fundamento de la ética y ha intervenido en las discusiones más recientes sobre la neuroética. Tomamos su obra como ejemplo de una corriente importante de pensamiento actual que invita a encontrar o, por lo menos, colaborar con las ciencias cognitivas y neurociencias, el corazón de la competencia moral, dicha así, del ser humano. ¿El objetivo? Fundamentar una ética universal, en palabras de ella, “de mínimos”, por la cual al menos todos en este mundo nos entendamos bajo unas normas comunes. Como es casi obvio, tal fundamento quiere proporcionar sustento a los Derechos Humanos, inclusive a aquellos de las últimas generaciones, por ejemplo, el de los derechos culturales. A pesar del crédito que puede merecer esta empresa, me atrevo a criticar hasta pedir la enmienda a la totalidad de sus posturas, si se me permite la expresión como se verá a continuación.

Su Ética entiende lo imposible de conseguir la neutralidad de una enseñanza, en el caso más amplio, de una educación, y, por supuesto, de una moral. Entiende, además, que los valores morales no son arbitrarios ni tan sólo son descriptibles sino que, lo antes dicho, pueden ser fundamentados. Para el caso Habermas y Apel, los dos filósofos alemanes, la salvan del monólogo consigo misma kantiano, justificando en el diálogo social una serie de principios en producto final de prescripciones. Así, los viejos libertad, igualdad y fraternidad se convierten en autonomía, participación y solidaridad. Primero, seculariza los conceptos; segundo, los adecúa por lo menos en lo semántico al contexto de hoy día. Al mismo tiempo cree que la neurociencia puede ayudar a dilucidar las relaciones de las prescripciones con las descripciones superando, en su opinión, la falacia naturalista. En sus palabras:

[…] si tomamos el vocablo en la segunda acepción, como neurociencia de la ética, entonces parecemos estar anunciando una auténtica revolución, porque la neurociencia nos proporcionaría el fundamento cerebral para una ética normativa, el conocimiento de los mecanismos cerebrales nos permitiría por fin aclarar científicamente qué debemos hacer moralmente. (Cortina, 2010)

En la práctica sencillamente se limita a, bajo la interpretación evolucionista de la biología con pivote empírico en las zonas del cerebro que más riego sanguíneo obtienen en personas decidiendo sobre dilemas morales, sancionar el “debe ser” autoconfirmando su interpretación. Lo explico de otro modo. Las zonas del cerebro que obtienen más oxígeno o que trabajan más se interpretan con una teoría tal que confirma unos presupuestos de los que parte la investigación. En mi opinión esto es simplemente confirmar lo que viene en gana con elocuencia y supuesto respaldo científico. El error es tan simple como que esos mismos dilemas morales en otra sociedad, aclaro que realmente diferente, v.g., pre-industrial u oriental, daría resultados distintos y, en cualquiera de los casos, que unas áreas trabajen más que otros según que dilema moral, poco dice de lo que se debe o no hacer. Todo lo dice la teoría con que se interpreta que gratuitamente se entromete en esta ficticia investigación empírica.

Aún con todo, sus propios principios en abstracto y sin condimentos neurocientíficos carecen de mucho sentido. Veamos. Ella afirma kantianamente que si uno reclama derechos debe al mismo tiempo hacer por proteger los mismos en otras personas (Cortina, 1997). Es razonable y con probabilidad necesario pero sus valores, aquellos que deja en abstracto, a colonizar por doctrinas morales con contenido, contradicen este principio. Si hablamos de participación en general en la vida pública, ésta se canaliza por medio de partidos políticos y esto ya supone, de primeras, que no te preocupas por el Bien Común, sino por el bien común de tu grupo, al que defiendes, con sus doctrinas y propuestas concretas. Si tenemos por un lado, explicito, la pluralidad y por otro la participación, por necesidad nos encontramos en visiones sesgadas para con la comunidad política que tratan de encaminarla en una dirección y oponerse a la otra. El principio abstracto de solidaridad sucede tres cuartos de lo mismo. Si es personal y a título de la voluntad de uno, comete la arrogancia de ayudar discrecionalmente a quién se desee y por las razones que se estimen. Como es lógico, para que el sistema sea incluyente y mantenga la igualdad de oportunidades y de servicios esenciales, advierte la necesidad de una solidaridad orgánica obligatoria y con ejecución heterónoma, es decir, que no depende de uno mismo. En suma, quiere decir, que los principios abstractos con las instituciones de la democracia liberal que defiende no superan el individualismo egoísta, al que quedamos abocados, queramos o no, por cuanto toda acción es canalizada en oposición a los demás por gracia de nuestras instituciones. Deberíamos poder saber si alguien cumple el imperativo de Adela de proteger los derechos ajenos, ¿cómo lo sabemos? No tenemos medios para poder saber de si alguien actúa en pos de ellos. Si cogemos como pista el que participe en la política, defenderá los intereses de su partidos y otros corporativos o de clase, etc., no los derechos de todos; y si participa en asociaciones de cualquier tipo, en política, sólo accede a defender intereses grupales de lobby disfrazados de intereses comunes; y conforme al valor de la solidaridad, a la manera privada, discrimina sus receptores por criterios subjetivos.

En síntesis, las propuestas de la filosofía de Adela y, adelanto, de muchos más filósofos actuales insertados en su corriente hacen aguas por todos las partes. Los principios abstractos dejan tantos márgenes a la subjetividad casi como si dimitiéramos de todo fundamento ético y abrazáramos el “subjetivismo”. No nos permiten dirimir en la práctica quién cumple y quién no cumple moralmente salvo por criterios convencionales y subjetivos. Al final dejan por consecuencia al derecho positivo el único garante de orden y así esfuma toda la importancia de la moral. Por último, la neurociencia no nos dice nada de la ética y tratar torticeramente de delimitarla a través de correlatos con áreas del cerebro que consumen más oxígeno o glucosa es convenido cuanto menos. Sobre todo porque aprovecha la moda para adquirir un mayor estatus del merecido en frío ejercicio de razonamiento.

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