Altas juega sucio

Hablamos como nos da la gana, decimos lo que queremos cuando lo queremos y cómo lo queremos. Sin embargo, ¡curioso! que todos, con tanta libertad, seamos capaces de poder entendernos. Nadie sale hablando un idioma privado, de signos extraños o, fonemas para el caso, inescrutables al oído humano convencional. Hablamos como nos da la gana pero determinados, para el uso de tal facultad, por algo subyacente entre bastidores, detrás del escenario, que no podemos saber ni ver, ni tocar ni menos expresar. Cuando escribo esto le concedo la razón a “eso”, y, sin embargo, mi conciencia me alienta en la creencia de que mis dedos se deslizan sobre las teclas por fuera exclusiva de una voluntad que muestra mi arbitrio. La verdad es que el titán Atlas juega sucio. Sostiene el mundo que parece condicionarnos de tal modo, por ser seres adheridos al mundo, arrojados, en verdad, en él, que no mantiene escrúpulo alguno por nosotros. Su venganza después de la condena de Zeus a sostener Gea es lo visto y no visto, este fenómeno, si es que así se puede tratar, que manipula sin manipulador, que corrompe la conciencia por pervertir al inconsciente a nutrirse de él, sin dar cuenta de sus actos.

Los dilemas de lo uno y lo múltiple, del todo y la parte que lo constituye, nacen, en ese momento, por boca de todos nosotros ciegos a la revelación del enigma que resuelve todas estas cláusulas. Atlas nos persuade de nuestra libertad al tiempo que la condiciona como el viento a una pluma, cuyo peso es tan ínfimo, como individuos cada uno de nosotros, que se nos zarandea con soltura y subrepticias in-intenciones. A pesar de la jugada que ha tomado el pelo a miles de personas incluso de pensamiento profundo y brillante, permite elaborar algunas estrategias que él, por su situación de titán, quizás haya previsto. Primero, de darnos cuenta de esto, segundo, de actuar en consecuencia. Nada más simple. Un niño es educado por sus padres y, suponemos que tiene problemas de comportamiento, bien, le llevan a un psicólogo. Aunque el psicólogo habla con él el máximo de preocupaciones y prescripciones van a los padres que le deben acomodar un ambiente de relaciones, y también puede que material, más adecuado, y, por fin de cumplir esto ¡eureka! el niño modifica su comportamiento a lo largo del tiempo. Esto es, sin haberle tocado su integridad física y apenas incidiendo sobre su mente de manera directa, todo a través de sus relaciones con el medio ambiente que le rodea. Siempre los padres han advertido de las malas influencias a sus críos. Este pensamiento de sentido común precisamente levanta la alfombra qué Atlas nos ha colocado en mímesis con el mundo para nos percatarnos de su existencia. Con esa advertencia están reconociendo que nuestra voluntad está limitada a las condiciones de fuera, inscrita en un lugar, tiempo, etc., con un instrumental simbólico que, como en el caso del habla, arremete contra toda voluntad emancipadora.

Los adultos por obra de haber tenido años para alimentar el ego lo que aplican con los niños no se aplican por lo común y recrean la ficción de la mayoría de edad, o sea, pasada tal edad de repente eres libre de tales ataduras. Como mucho, se entiende, cuando se consigue la independencia, sea vivienda propia y trabajo. Aún así, esta ficción que por motivos y razonamiento de peso sin duda, mantiene la figura jurídica de la capacidad de obrar, no se convierte por más escrito que esté en una verdad de profundidad semejante a las leyes de la materia. Ni de lejos. Esta ficción nos convierte en responsables de cómo nos desplazamos en el sustrato este que Atlas dispone y Atlas indispone. Considera, no obstante, incalculable el arbitrio de este sustrato y apela a la arrogancia de los egos individuales que construyen sus ficciones por fuerza de aseverarlas para sus adentros y para los demás. Con seguridad se nos ofrece en la realidad alguna palanca que habilite superar como en el caso de los niños esta triste confrontación entre ficciones conscientes de serlo y una ficcional, por su ignota naturaleza pero mil veces teorizada, realidad. Pensemos, pues.

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