Las manos invisibles, las cartillas de racionamiento y los falsos dilemas

Primeras premisas, para despistados. La mano invisible existe. Las cartillas de racionamiento, también. Se dice que los liberales tienen una fantasía con la mano invisible que promete satisfacer las necesidades de los consumidores en el mercado a través de la interacción de la oferta y de la demanda. Bien, pues esa interacción existe, ha existido y probablemente, salvo con un Stalin rejuvenecido, existirá. Y, efectivamente, estoy con un ordenador, uso otros aparatos, también compro en el super y, bueno, las cosas están ahí, disponibles por fuera de la función empresarial de quienes buscan su propio beneficio en el intercambio. Antes bien, las inequidades o insuficiencias parciales o particulares no rebaten su existencia como tendencia, mucho menos cuando tales son contingentes, en un plano estático, y no se ofrecen a lo largo del continuo de tiempo, esto es, “las cosas necesitan tiempo para gestarse”. También, las cartillas de racionamiento existen y los planes del estilo que reparten y asignan recursos de arriba a abajo. Han existido y, con probabilidad, con excepción de algún Gladstone rejuvenecido, existirán en algún ámbito. Todo esto está ya muy visto y acusa del tiempo y del montante de polvo que acumula. Lo cierto es que el paradigma desgastado de la ciencia económica de resolver todo en término del mercado proveerá o del estado repartirá me rechina, eso sí, después de algunos años de reflexión y de análisis del mundo en tales categorías de las cuales, hasta hace poco, no he escapado. Parece, pues, algo inevitable, en lo que a bienes se refiere, narrar su dialéctica en distribución y conmutación. Ya no lo creo.

Que alguien haga algo, produzca algo, solo o en equipo y lo intercambie a otro u otros por aquello que le dé la gana, me parece estupendo. Que alguien en la comunidad o sociedad pertinente, asigne por criterios unos recursos me parece de la misma forma estupendo. Antes bien, tales procesos no se aplican como quieren utópicamente los liberales o los socialistas. Sobre los primeros he de decir que el sistema oprime a que produzca algo y me impone serias restricciones, véase el autónomo, criatura por excelencia birlada de su producción, incluso posible producción. Y es que, de alguna manera, todos somos autónomos (no creo que haga falta explicarlo, vamos). Sobre los segundos diré que mola que una familia, como no puede concebido de otro modo decente, asigne los recursos por necesidades y otros criterios, también en el interior de una empresa así se hace, y de una fundación, y todo eso. Ahora bien, hacerlo a nivel estatal conminando a una distribución absoluta que salta sobre las diferencias individuales y colectivas miles existentes, es un demonio con tres cuernos. En último término, se olvida siempre que el mundo está absorbido por ese antagonismo en fundamento. Hay cosas intermedias, puede haber, y de facto hay en algunos sitios o sobre algunas cosas, distribución en niveles intermedios que no dependen en recursos, o hasta ejercen con independencia de decisiones, del poder central y absoluto. No obstante, hay manos invisibles que no sólo se inscriben en la puridad inmaculada de la economía de mercado sino de la acción conjunta con el compadreo político, esto es, el pan de cada día. Pero manos invisibles también se hallan después de escarbar hondos pozos intelectuales, en medio de la selección de los repartidores o distribuidores de recursos, o invisible es la mano que dispone a unas y no otras instituciones o los juegos internos a los organismos públicos, pese a no regirse en plata. En otras palabras, hay miles de procesos cuyo origen y final, y desarrollo por supuesto, escapan de la voluntad de uno y, sin embargo, nadie negaría tales funciones. Mis razonamientos necesitan de una conclusión que doy por inevitable: si existen cosas determinadas e indeterminadas, habrá económicamente hablando cosas en manos visibles e invisibles. Por fuerza de necesidades, nada nos dice esto salvo recomendar alejarnos de estériles de discusiones seudometafísicas.

De la misma manera, el sistema comete la arrogancia de excluir toda política fuera del estado, cuando la política siempre está inmersa en toda comunión humana posible. Otros cometen el crimen fáctico de dispersar la política del común de los mortales ayudando a una serie de tecnócratas adictos del trabajo a decir como vivir a los demás, o cárcel. Sea cual sea, el mundo actual que conocemos tiene unas dinámicas que emergen de la configuración y diseño histórico del mismo, y, por precedente tiene el estado nacional y sus imperios que figuran en alianzas. Confío en que no se entienda esto como manifiesto anarquista por cuanto confío en la política en un mosaico de niveles y en la toma de decisiones en esos blancos determinados y oscuros indeterminados; tampoco, en cualquier caso, de invitación a atacar al estado, básicamente porque éste es de nuestra mentalidad sólo una reminiscencia y será a su cambio, en paralelo, simplemente “otra cosa”. Moraleja: ni la política hace contratos solo y en exclusiva en el estado, ni la economía actúa con mano invisible sólo en el mercado, ni las cartillas de racionamiento viven sólo en Corea del Norte.

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