El progreso en la cubeta

Llegaremos a la etapa más elevada de progreso cuando seamos capaces de elegir conscientemente la renuncia al progreso que hemos mantenido por un par de siglos. Ese es el reto. El progreso que deja de medirse por su celeridad, sino por su sentido y su dirección. Empero, necesita esta afirmación un matiz. El progreso se comporta como una aguja en un pajar, alimenta las pasiones tan naturales como creer en un futuro mejor pero desprende desdichas con su fracaso, repartidas en promesas incumplidas y barreras insobrepasadas. Por más que reflexión que se desee verter sobre el tema, una de las conclusiones más honestas es la de reservar el término de progreso al reino de la creencia. Las grandes guerras y el temor y repudio sentido en la época con mayores medios e instrumentos de la humanidad advierte de la ficción cuyo objetivo ha alimentado las mismas dudas de cuando un dios falla en la muerte de un ser querido, y no pudo protegerlo. Eso es: el progreso, el dios que falló. La imaginería humana permite proclamar la transmutación del soporte de la palabra para designar algo todavía más valioso, en lo que creo que nos encontramos. Porque la poiesis y praxis humana tiene cuerda para rato, eso desde luego. En todos los ámbitos.

La etapa próxima se compone de una colonización de los aparatos, de la electrónica, de maquinaria, a las vidas de los seres humanos que son conminadas a satisfacer los caprichos de uso de los aparatos. Convierte su uso en obligación en el espejismo de la libertad de elección, que, de emplearla en el sentido formal condena al ostracismo. Los sistemas sociales obligan a tener que dedicarse a unos trabajos con tal o cual remuneración a conceder a ésta, para una pírrica compensación en el futuro de jubilado o puntual asistencia. Quién renuncie compromete su vida a las fuerzas de la suerte. Sin contar con el escollo de la vida social destruida en lo que ahora conocemos por el arrastre de los aparatos de mensajería instantánea. Sin cinismos. Los usamos, ¿y qué? Acaso creemos que por ello los niveles de bienestar han superado los de hace década cuando mal vivíamos sin ellos. En otras palabras, la esfera de libertad remite a contar a las salidas año sí, año también, de las novedades en los catálogos con tal de explorar las nuevas funcionalidades, compartirlas y hasta presumir por las adquisiciones. Toda lógica de lo efímero que implica su vacuidad cuando dejamos de mirar el suelo y miramos un poco más arriba ¡y eso sin pasarnos!

La logística obra milagros en la vida accediendo al transporte en el mismo día o en sólo un día de cualquier deseo y, por esta razón, moviliza al ser humano a mera herramienta de cálculo de utilidades, con la contradicción que es incapaz de contener los deseos, planificarlos y exteriorizarlos en los momentos que sean adecuados. La idea de la absoluta abundancia patrimonio de la robótica y mecanización total de la producción peligra el otro bastión de nuestro tiempo, el de los ingresos repartidos, el de derecho al trabajo. Una de las cosas más estúpidas posibles, desde luego. Garantizar el derecho al trabajo es como consagrar la servidumbre al aparato de coerción y compulsión. Aún así, decidido: ¿cómo hacemos para tener la producción actual? De ninguna manera si el propósito es la realización del sueño logístico y el sueño es cumplir con la ley de rendimientos acelerados, del profeta Kurzweil. El estepario escenario inferido de estas leyes y sueños hunde el arte a la categoría de obstáculo a este proceso, hunde el tiempo libre a la categoría de mal de aburridos y nihilistas que juegan en contra de las claves del progreso. Convierte a la familia y comunidad en espantapájaros que alimenta otros fines valiosos a las personas que el de instalar domótica en el domicilio. Seguiremos buscando, pues.

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