La razón inscrita a lápiz

Qué nostalgia los lápices Alpino que usaba en el colegio para todos esos simpáticos dibujitos. Un día reciente los cogí de nuevo y coloreé un dibujo algo chapucero, que todo hay que reconocer. Me di cuenta de inmediato por mis estudios que después de tanto tiempo los tomaba de la misma manera que antes, cuando algo habitual se trataba. Resultaba curioso aunque, claro, del todo esperable. El hábito quedó inscrito en la memoria profunda donde amontonan cosas tan útiles pero ejecutadas de forma inconsciente como patinar por no poner el ejemplo de siempre, el de montar en bici. Cerrado este capítulo antes entendía nuestra razón como algo libre y desapasionado, firme y herramienta dura, como cualquiera del mecánico, por ejemplo, desde una llave inglesa hasta unos alicates. Así, el gobierno de la razón se alzaba mirando al resto de las cosas por encima del hombre. Con aires de superioridad, por supuesto, bajo la creencia de justificadas, con, como me gusta decir, denominación de origen. Con sello de calidad reconocido. Y, aquí la trampa, se trataba de la misma creencia la que sostenía todas estas afirmaciones. En la misma enunciación había perdido la apuesta. Estaba condenado a hallar la razón de las razones o hundirme con ella como buen capitán. Estaba seriamente limitado a rezongar en la charlatanería. Pienso, triste destino autoinducido por autoindulgencia. O, esto es, por no preocuparse de tener las espaldas cubiertas, tener el culo protegido, con perdón.

El escrutinio de la artesanía del dibujo con los lápices, sí, aquellos de toda la vida, me percataba de ese fracaso sonado pero también de la redención, de la salvación a los errores. Haber perdido el pedigrí de una dinastía aristocrática o redondear la punta de la espada del duelista cuesta asumirlo. Supone una fuerte contrariedad. Que ni siquiera concede el beneficio de la contradicción, a saber, que al menos algo de lo dicho está bien. No, la contrariedad deja al libre arbitrio si algo de verdad en lo que dices para sancionar tus fallos. Al menos así se entiende en la lógica. Consignada la razón a un lado el escape es ese lugar pantanoso y humeante del arte, lo estético y lo creativo sin cimiento. No quería eso. Permite expandir las garras que terminan ahogándote por resumir el mundo al capricho de su autor, que, bajo esta óptica, es uno mismo. Un hueco a la razón, casi en súplica. Ruego que despejó el cielo de todos esos nubarrones y sus amenazas de tormenta. Esta razón se hallaba inscrita en cada uno de estos hábitos que desempeñaban sus funciones automáticas al contacto con el objeto y lugar correspondiente. Ella no se había sumergido en aguas profundas, sólo que yacía tallada en los lápices, en el papel, en la pantalla del ordenador. Sus protuberancia antes ignoradas las divisé. Ella daba la llave con que burlas el hábito y dirigirlo al sentido y dirección del gusto, aun con las resistencias de éste, siempre conservador ante todo prolijo cambio.

En mi escritura y en mi vivir cotidiano la razón se presentaba de esa forma. Ella no dormía, solo permanecía vigilante y expectante en ocasiones a que la voluntad pagara sus servicios. En un segundo se podía burlar con éxito todos esos hábitos consiguiendo añadir la riqueza de lo aprendido a la práctica de todos los días porque, en último término, los sueños de la razón cometen tropelías, lo inscripción en el mundo en estado de vigilia, convierte lo corriente en algo digno de recordar. De esta manera, terminé de colorear el dibujo. Colores rayados y suavemente extendidos y polvo de grafito maculando la parte de apoyo de la mano. Si es que hasta los mismos vicios y defectos se copian en el tiempo y, ahí, que sólo seguí la corriente irreflexiva, repetí esa gracia.

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