Los huesos expresivos

Osteoblastos. Fundamento de los huesos. Esas piezas del esqueleto famosas por producir anuncios sobre las bondades del calcio que les nutre (aunque no sólo éste). Después los osteocitos y osteoclastos, células maduras de las anteriores y, of course, funcionales. Digo todo esto así, sin más, o… puede que no. No es cuestión de hacer gala del conocimiento de algunas de las entradas de una enciclopedia, al menos no de cualquiera. Al tema, que me desvío con la facilidad que sale volando una bolsa del Carrefour a la mínima brisa. El otro día me acordé de los fósiles. No, no los vi, ni tengo ninguno en algún orgulloso expositor. Simplemente la palabra, su imagen, y todo eso, abrumaron mi mente. Por orden espontánea. Como sabemos en tales casos: por alguna razón usualmente buena. Los fósiles son restos de animales, plantas, bichos, cosas vivientes en general que perecieron hace la tira de años y, ahora, los encontramos y nos permite estudiar habidos de las técnicas y tecnología necesaria esas formas de vida pretéritas. Son vestigios de pálida estampa (nunca mejor dicho) arrumbados en estanterías, encapsulados en cristales protectores y cuya máxima aspiración es ocupar una vitrina de algún museo de reconocimiento mundial donde, en nombre de una extinta especie, abrace con honores la posteridad. Decía Aquiles en la peli de Troya, la última, que prefería vivir en la mente de todos muriendo glorificado. Y eso. Fósil ha quedado de él en medios escritos y audiovisuales,  qué pena que no su talón.

Me freno un momento en un paso de cebra. Me pregunto ¿Y si lo aplicamos a nosotros? Sabéis, si me seguís, que el tema de la memoria y el tiempo me fascina como lo hizo a Henri Bergson. Continúo en el semáforo rojo siguiente ¿Qué restos he dejado yo? Al final de las vidas se puede hacer dos cosas, pensar como un sofista, decidir la vida tranquila que a Aquiles se le ofreció o burlar la moderación aristotélica para obtener la gloria; para ello, recuento de los enseres que dejamos en herencia, no ya por el uso y disfrute de los bienes de nuestros heredados, no. Es por el recuerdo, la última satisfacción en la vida: la que advierte el placer de haber dejado huella, una que perdure por años y hasta décadas o más en mentes ajenas. Si es por libros, producciones que queden de otro tipo, mejor que mejor. Sabemos que en el mundo actual es cada vez más difícil. Somos más reemplazables que nunca por el ingente número de idiotas que hay, y que, por precaución, te agrupan entre ellos de buenas a primeras. Por otro lado, el reinado de lo efímero ofrece satisfacciones prematuras y perentorias, con ínfulas de abrumar por definitivas, pero ebullen en tanto calor las aspiraciones más largoplacistas. Cosas de la vida. No sólo te consumes, te consumen. Pero, de retorno a la cuestión inicial, ¿mola esto? ¿o mejor darle una patada a un pedrusco en el camino y largarse de este mundo? ¿es egoísta lo que sugiero?

Como todos esperarán que responda anuncio mi dimisión en el caso. No responderé. Soy hueso duro de roer.

Los celacantos son peces que aún viven pese a que existen desde hace millones de años, en concreto, cuatrocientos millones de años. Se han encontrado algunos. Parece que el primero en 1938 y después alguno más. De metro y medio y unos cincuenta kilogramos de peso, nada en océanos in-localizados salvo por error de la naturaleza (casualidad). Su misterio es a los genetistas y biólogos un gran aliciente para averiguar cositas sobre la evolución de las especies.

Los okapis son un mix de cervatillo y jirafa, supuestamente, antecesores de ellos. Su muslamen anterior está teñido de cebra y su lomo más de llama que de otra cosa, luciendo un color rojizo marroncillo. Son dos metros de longitud se suman a su metro ochenta de altura para dar cuenta de sus dimensiones. Esto conteniendo de doscientos a trescientos kilos de masa animálica. Son parte del grupo de los fósiles vivientes pero en versión mamífero.

En conclusión: leed mis fósiles.

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