El interés en la razón

Hablamos de razón y, probablemente, suene a “tener razón” o, bien distinto, “el uso de la razón”. Esto sin presentar los “tipos” de razón. Dada la ambigüedad de mis palabras, sólo aclararé que me centro en su uso. Conviene saber que la “razón” es peor que los famosos del Hola. Es tan astuta y camaleónica como sus defensores y, a lo largo de la historia, se ha plasmado en una indecente cantidad de documentos, textos y, por supuesto, se ha inscrito en los discursos. Su uso puede ser tan hábil como el maestro de esgrima con su espada en manos, a lo mejor, de un carismático líder. Instrumento no obstante de peso que ha elaborado el progreso y le ha dejado el sello de denominación de origen. Quizás, como el martillo de los ejemplos de toda la vida, su virtud o maldad resida en el uso que se le dé. Pese a todas las dudas que suscita y ¡si no que hacemos aun creyendo cosas, cuales sean! más curioso es su peligro sobre ella misma. Es capaz de suicidarse. ¿Cuándo no se ha hecho un discurso, de esos llamados racionales, para desacreditarla? Más bien, en vez de asociarla al espadachín, sería mejor asociarla a nuestro brazo bueno, en la mayoría supongo que el derecho. Básicamente, es indesligable de nosotros dados los tiempos y a menos que retornemos a las cuevas y pensemos en el exilio en una isla del pacífico perdida, no queda más remedio que por urbanidad se analice en el sentido más corriente del término.

Podría decir que un mago del balón, y no es Oliver (ni Benji), fue Protágoras. Hartos ya de los platones y aristóteles, si acaso del pintagorras, Protágoras entra en escena como uno de esos desdichados anti-héroes que buscaba en la sofística desacreditar la razón. Pero, en contra de lo que pareciera, él no la anuló diciendo que el hombre es la medida todo y que lo único que tenemos es nuestra percepción. Él sólo se burló de uno de sus usos. Ese uso teológico, lleno de estupefacientes que se colma en la predilección sobre un mundo creado mentalmente al nuestro que pisamos. Por su parte, dejó intacto el uso de la razón subjetiva como llamarían después hombres contemporáneos, y ésta es, la del tipo, “quiero esto, y podría hacer aquello para conseguirlo”. Skinner ante tal exhibición de instrumentalidad se sentiría orgulloso pero lástima que no era muy aficionado a la filosofía. El caso es que en mi humilde opinión, Protágoras, ha ganado bastante en la actualidad. Pero, ¿sabéis? No se le da reconocimiento debido a que, por la propia naturaleza del pensamiento que emite, se mostraría escéptico a todo aquello salido de otra persona, mucho más si es de miles de años atrás. Por tanto, mejor el uso de la autoría nuestra como maniobra de márketing hacia nosotros mismos que él, con seguridad, no lo reclamará. Al final quiero decir que eso de que somos la medida de todo nuestro entorno, en verdad, de todo aquello que podamos pensar incluso, es por entero cierto. En nuestra época hemos avanzado en desobedecer las leyes de la naturaleza y construir no sólo un entorno confortable, un individualismo rascacielesco. Miremos: “somos dueños de nuestra vida”, “de nuestro destino”, “de nuestro éxitos y fracasos”, “de nuestro cuerpo”, “de nuestras decisiones”, etc.

Por supuesto, el lector ya atisba mi tono crítico y, si me ha leído antes, verá que soy concurrente en ciertos temas, habitual de las fatigas intelectuales que tienen por objeto rellenar hojas digitales, que papel, ¡ni eso! Realmente, mi punto es que razón tiende a mostrar conductas suicidas. Miremos, la civilización se ha erigido sobre unos robustos principios nacidos en el siglo de las luces, bien fundamentados y que pivotaban en la razón, sólidamente constituida y en pleno vigor. Ya si por cuestiones de edad o vacaciones el uso de la razón se usa contra sí en relleno de ensayos que se desdicen de los principios fundadores de la civilización. Además, en ocasiones, atacando con fuerza y sin vacilar. Esos furibundos ataques son productos del hartazgo en que siempre una fórmula tenga -y no las demás- protagonismo. Es del estilo oposición del Eros al Thanatos. Es la época en donde en las películas los héroes son débiles, humildes o apenas tienen motivación de héroes porque ya, entre rastrojos, hierbajos y florecillas pútridas, queda poco por remover y poco petróleo por extraer. Lo cierto es que sobrevolamos en parapente un abismo de cuyo fin de hondo siquiera se ve.


 

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