La culpa en los campos de batalla

1. f. Imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta.

[…]

  1. f. Psicol. Acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado.

Parece fácil describir lo que es culpa, sin embargo, implica hasta conceptos que provienen de la metafísica, como es el caso de la voluntad. Sugiere extender la complicación por qué responder a la pregunta sobre qué es la voluntad se nos torna aciago y pantanoso. Enlaza, pues, con el tema de si somos libres o no, y en caso de ser afirmativo, hasta qué punto. No me voy a sentar a disertar sobre esas cuestiones que he hecho en otro momento con más paciencia y ganas de complicarme la vida. No obstante era preciso sacarlo a la luz porque manan en este tipo de discusiones por necesidad. Aún así, habría fórmulas de resolver estos conflictos como buenos jueces evadiendo responder sólidamente a las preguntas anteriores. A eso voy. ¿Cómo podemos tener una determinación práctica de las cosas? ¿Cuándo opera la voluntad en alguien y, por tanto, es responsable de lo que hace, y cuándo no?

Miremos un momento al título: La culpa en los campos de batalla. ¿Hay culpa en los campos de batalla? Depende, pero a grosso modo, no. En las situaciones extremas se anula la ética y es sustituida por una suerte de violencia benevolente; es decir, el uso de la fuerza para conseguir el mejor resultado humanamente posible. Pero eso no es ético siquiera, ya que, así, estaríamos pasando por encima de todos los demás. No miramos ni lo que quieren ni sus intenciones ni evaluamos soluciones. Solamente se usa la fuerza para dar el máximo de beneficios y mínimo de perjuicios, o sea, lo comúnmente llamado “estrategia”. Pregunta al uso: ¿Habría campos de batalla en otro momento de nuestras vidas? En distinto grado lo hay, pero no es fácil determinar el estado de guerra, por así decirlo. Estos casos, se me ocurre, se dan cuando alguien, un ser querido, pierde la autonomía de la voluntad. Esto es, pierde la facultad de decidir plenamente consciente o, por lo menos, con un mínimo razonable de racionalidad. O que no es capaz de justificar en absoluto de una forma “razonable” y “entendible” lo que hace. En ese momento se puede decir que entra en escena el estado de alarma: hay derechos que se suspenden. Igual a esa persona no se le puede consentir que diga que se le deje en paz así como así si su libertad es usada en su mal, casi deliberadamente. En últimas, cuando es grave, todos sus derechos se suspenden. Y quién desea ayudar pasa por intervenir militarmente. Todo lo que empleará con él será una estrategia con fin de sacarle del hoyo y restaurar, ya sí, sus derechos.

No sé si me explico. Nuestra voluntad no es algo eterno o invulnerable. Siempre oscila y se representa por la forma de justificarnos en la medida de criterios convencionales, socialmente aceptados, criterios psicológicos y criterios generales de racionalidad. En los momentos que se pierde lanzar las culpas es ilegítimo; tanto al otro que padece, como a uno mismo. Carece de todo sentido. No somos dueños ni de nuestras emociones ni sentimientos, y casi ni de los pensamientos. No los diseñamos, emergen solos. Nuestra intervención imputable reside en la capacidad de tomar decisiones, de frenar impulsos o de llevar a cabo planes deliberadamente. Para que lo detectemos, un estado de alarma, intermedio de voluntad, viene de la gente que dice ser consciente de lo que hace pero vemos que reiteradas veces cae en la misma piedra, es dominada en verdad por sus pasiones por más racionalizaciones que haga y, en suma, actúa huyendo del consejo y el abrazo de los demás. Elige un camino solitario rígidamente envuelto en un cascarón de porcelana. Tan frágil que apenas distingue su porvenir de su pasado. Colecciona motivos de esperanza en el futuro que vacía con palabras a las que no continúan acciones. La culpa es, aquí, gris, profundamente gris. El acto más heroico es, probablemente, dejar de pretender ser dictador de uno mismo cuando tu pueblo no te oye, sea, el resto de uno mismo.

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