La burbuja individual

¿Podría haber una burbuja individual? Sí, creemos que sí. Que ellas no señalan sólo a las económicas y financieras que vivimos de forma más o menos recurrente. Tenemos las burbujas de narcisismo que proporciona el mundo de la imagen cobijo aunque no son las que trataré. Más bien, la burbuja existencial en donde es el yo el rector “libre” de las propias causas de sí mismo y cuya subjetividad se hipostasia en representar el mundo en una versión alicíaca de la realidad. Dicho de otro modo: tenemos derecho a creer en lo que queramos por más absurdo que se antoje, pero defenderlo como real hasta el autoengaño, nos podemos, en definitiva, convertir en los mayores cínicos o en los mayores escépticos sin rasgarnos las vestiduras. Algo que la costumbre siempre avisaba como peligroso o por lo menos digno de sospecha en las personas, se transforma en un motivo de culto egocéntrico con melodía polifónica: pienso lo que quiero, creo en lo que quiero, yo tengo mi opinión como tú, y así. ¿Sus consecuencias? no existe ni posibilidad de distinguir la verdad de la mentira (todo es opinión y cada uno opina lo que ve o estima mejor) ni lo bueno de lo malo (cada uno opina lo que ve de este tema). Está claro que cuesta ser coherente con esto: las desgracias no son desgracias sino “tus desgracias” porque es tu opinión que lo sean, los fracasos por igual son “tus fracasos”.

Hay una serie que ilustra esto a la perfección. El individualismo moderno, el subjetivismo, el mundo de la tolerancia del “cada uno tiene su opinión”. Hablo de Psycho-Pass. Un anime japonés de gran calidad, quizás no demasiado conocido, pero cuyo contenido filosófico, sociológico y político es todo un manantial de agua fresca por su riqueza en mensaje como turbia por su carácter. Su planteamiento es original dentro de las historias distópicas. Una sociedad muy tecnológica lograr construir un sistema (Sybil) capaz de detectar objetivamente los posibles criminales antes de delinquir. La policía posee estos instrumentos y ello les habilita a detener a los posibles criminales del futuro y, si la estimación de Sybil es muy elevada sobre su potencial malvado, eliminarlos. Me permito ir directamente a la escena que simboliza las burbujas: un hombre enmascarado machaca de repente y sin razones en mitad de una calle muy transitada a martillazos a una mujer hasta su muerte son todo el sadismo que podamos imaginar. La gente mira, hace fotos y vídeos y ríe el espectáculo. Resulta que la máscara de alguna forma le inmuniza de ser detectado por el sistema y, por tanto, “no es un criminal”, y la gente, como el sistema es tan omnipresente, no cree siquiera que sea cierto lo que ve ya que si así fuera la policía vendría. A nadie le es ajeno a estas alturas de la película que ya se graban vídeos violentos y sádicos con intenciones de mostrar espectáculos, por ejemplo, de las peleas de adolescentes; o, por morbo, de escenas de sexo en público o cosas similares. Contraste, para que veamos que el escenario “extremo” imaginado en la serie no es tan imposible ni lejano: a un criminal “guapo” lo hacen millonario como modelo con un montón de admiradoras babosas quejándose de cómo puede estar alguien como él en la cárcel o que siendo así no puede ser malo. Después de tanto buen cuerpo femenino mostrado en los medios, por no decir ya la pornografía, se prohíbe a una madre amamantar a su hijo ¡vaya a ser que los cerrados de mente no la vean como madre, sino como espectáculo morboso! Y, algo más potente, 300 me gusta a quién dice matar a su exmujer (y era verdad) pero ¡oye! ¿cómo vamos a saber si es verdad? y, en cualquier caso, ¡qué importa!

Visto que algunas cosas “fuertes” de la serie no son ficción, paso al lado de algunos de sus personajes y, al menos en la primera temporada, el que destaca sobre todos los demás e incluso de los protagonistas en un tal Makishima. Este tipo es un psicópata en sentido estricto, indetectable por el sistema porque el sistema está diseñado para mostrar las tensiones internas, los conflictos, la angustia, pero Makishima mata por voluntad de hacerlo. Para acto suyo de libertad sobre el sistema es puro acto de rebeldía. La serie ameniza con diálogos profundos de filosofía por parte del antagonista y algunos de sus secuaces. Tiene razón. Él quiere un mundo donde la gente vida según sus deseos, donde la voluntad no haya sido anulada, donde no hay un sistema que te diga qué debes de hacer para ser feliz y te prevenga de todo estrés o perturbación mental. En un escenario como la sociedad donde vive la vida carece de significado. No son más que robots humanos. Él busca a almas profundamente perturbadas por el sistema para ver cómo reaccionan, los invita a seguir su senda de crímenes crueles y poner a prueba a sus cómplices, su entereza mental, esto es, ver en ellos gente con voluntad que no maten por odios ni conflictos internos sino como rebelde voluntad y libertad. Obviamente no hacemos aquí apología de nada parecido, sin embargo, es un tabú necesario en el mundo actual convertir en hipérbole a los individuos por el hecho de ser “iguales pero diferentes”, esa dignidad intocable y demás historias, por ocultar que, ya, a los ojos ciegos de los mecanismos del sistema (y de muchos de nuestros semejantes) no valemos más que como números. Somos insignificantes. Curioso que sea lo único no apelable, no opinable, es el tabú de este sistema. En Makishima se ve la única figura con autoridad para levantar la verdad del sistema: la mentira más radical.

Por síntesis, además de recomendar ver la serie y disfrutarla con su hondo trasfondo, reconstruyo la burbuja. Es aquella que nos permite consumir y opinar cuanto queramos exigiendo no ser contestados ni cuestionados nunca. La tolerancia no es un valor de verdad ejemplarizado en acciones, sino un valor hipócrita de refugio. Incidir en la tolerancia, la diversidad y cuántas cosas más estén enlazadas permite poder soltar cualquier mentira, trola, barbaridad envuelta en el paquete de “cada cual piensa distinto” con una bonita cara sonriente en señal de lo bueno que es esto. En efecto, la irresponsabilidad sobre nuestras acciones y discurso pervierte todo sentido de “tolerancia” real. Una tolerancia de verdad debería admitir que uno diga aquello que desea pero también que otro critique aquello que desea, y que pueda contestar, si es con contundencia lo reprensible, falaz o incívico. Eso no existe porque somos tortugas. Usamos caparazón contra los demás porque hay miedo en mostrarse sin máscara o tener la mínima convicción en la vida de a pie, moral y cotidiana. A mi no me sorprende que en la política se machaque siempre a los demás, sólo sigue la lógica de la libertad represora de la que gozamos en la vida cotidiana.

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