Ebolonoia

«¡Si yo pudiera expresar todo lo que siento! ¡Si todo lo que dentro

de mí se agita con tanto calor, con tanta exuberancia de

vida, pudiera yo extenderlo sobre el papel, convirtiendo

éste en espejo de mi alma, como mi alma es espejo de

Dios!» Amigo… Pero me abismo y me anonada la

sublimidad de tan magníficas imágenes»

Tan hiperbólico como este pasaje del Werther de Goethe fue la alarma nacional causada por el ébola no hace mucho. Muestra, a mi juicio, el miedo que se “goza” en las sociedades modernas, tan ensimismadas en sí mismas que cualquier mosca, otrora considerada “cojonera” perturba hasta deshacer todo orden y concierto. La susceptibilidad a los riesgos asciende al estatus de hipocondríaca correlativo a, y por, el poder de los medios de comunicación que son los poseedores de la verdad socialmente entendida sobre las cosas. Un arte de ellos es hacer de lo poco significativo motivo de estado de excepción; y de lo más significativo, hasta cansinamente persistente, una brisa que pasa desapercibida. Recuerdo haber visto divulgar en las redes algunos artículos en los que se señalaba una serie de conspiraciones por las cuales el ébola, en realidad, no tenía freno posible, y, además de ser liberado estratégicamente -cómo no, por los Estados Unidos-, tenía por fin el control de la población, extinguir a no sé qué pueblo, etc. Lo peor es que esos mensajes después no son conscientemente falsados, es decir, pocos se paran a pensar en el inventario de conspiraciones que el tiempo demuestra falsas y, por lo tanto, el condicionamiento a pesar en modalidad conspiranoica no desiste. Se repite una y otra vez. Quizás, lo más sensato, y lo digo como caso general es admitir la ignorancia: si algo no se sabe, no se sabe. Es más, muchos de los fenómenos que por lo común son atribuidos a personas o grupos de personas concretos, y más a sus actos deliberados, son fruto de mecanismos impersonales de imposible imputación a nadie en concreto.

Esto, por supuesto, no quiere decir que quién la padeció o estuvo sospechoso de padecerla fuera nada. Evidentemente se trata de un virus extremadamente mortal. Sin embargo, si hablamos de masas, de cuestiones de estado, de alarmas sociales y de nivel nacional, no estamos para juegos; ni es estrategia moral el mantener aterrada a la población. Cosa, por cierto, fácil, tal como se comprueba una y otra vez. Mientras el pensamiento racional tan necesario en esta sociedad para comprender algo y ser medianamente crítico quede anulado por los arrebatos del espíritu, mal andamos. Yo, en su momento dije una sola palabra: estadística. Ni siquiera en África, y más en concreto en los países en donde se dio el brote con especial virulencia, ha tenido parangón en muertos ni afectados con otras muchas enfermedades mil veces peores que por esos lares arramblan todo a su paso. Así que mientras escucho el Whatsapp crepitar de mensajes en los grupos, tornándose entre pesados, melodramáticos y, por qué no decirlo, tontos, yo tan tranquilo. Y es que, como me enseñó Ulrich Beck en La sociedad del riesgo, a pesar de tener los más altos estándares de vida, los menores riesgos reales de la historia de prevalencia de cualquier enfermedad -al menos las víricas y cualquiera mortal-, etc., tenemos más miedo que nunca y me consta de nuestra general incapacidad de manejar los riesgos, por lo menos de modo consciente y calcular. Tal incapacidad, dicho sea de paso, no es que yo la supere, es más, creo que la sufro, pero, en mi opinión, a juzgar por los grandes números, prefiero la posición pasiva y sosegada a infringirme dosis de estrés gratuito.

Último detalle a la “magnífica” gestión del gobierno, el gran colaborador del pánico y de las conspiraciones, aquí, en casa. Esta panda de inútiles ha conseguido poner contra la espada y la pared a todos los suyos y ha levantado ampollas del tipo “si hubiera sido peor…” ¿Qué? Pues eso. Si hubiera sido peor, nos comemos los riesgos, nos comemos la peste bubónica como en el siglo XIV. Desde luego, no es nuevo en la sociedad ni en la historia de la civilización y, lo que queda más claro aún, es que el estado o los estados no son capaces de anular todo género de riesgos. Es imposible. El Estado terapéutico es una aberración.

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