El ser pensante

Prefiero, ante todo, no comenzar con una aburrida disquisición sobre el significado de “ser”, siempre objeto de tamaños textos y ensayos, sino, por el contrario centraré en lo “pensante” la finalidad de este texto. Pensante, que piensa. Hablamos de algo, además, que piensa. Cabe preguntarse (si en inglés fuera, diría I wonder…) ¿Qué es pensar? Podemos decir vagamente que  es el proceso que articula la voz interior; o, en un sentido más técnico, como el proceso psicológico, privado, cognitivo por excelencia, del que brotan abluciones transcritas en la lengua y con el que, conectado al sistema ejecutivo, somos capaces de dominar los movimientos del cuerpo en sentido de controlarlos a voluntad. Al mismo tiempo, no responde a la consciencia pues surge inconsciente y nos habla a nosotros. Lo último que suscita curiosidad y cabe señalar es “lo pensado”. O sea, el producto del ser pensante. Definible como una recombinación de productos de la memoria, recuperados ad hoc, y figurativos, perfigurados en la imaginación y dados -kantianamente- al entendimiento, como sirve un camarero la bandeja. Descripción críptica, o lo que es equivalente, antagónica a toda definición que, por naturaleza, pretende esclarecer. No obstante, seccionar sus recovecos es de lo poco posible de hacer cuando de un acto tan íntimo y privado se trata, por cuanto nos está vedado el camino al interior, incluso su percepción en los demás a nosotros y, casi, se puede caer en la tentación de atribuir tal facultad mental sólo a nosotros mismos, que en los demás no lo sabemos.

A pesar de todo, he tocado madera. Se piensa antes de adquirir el lenguaje aunque de una forma que, por supuestamente inconsciente, no entendamos ahora y, sin embargo, todos, por narices, hemos vivido. A pesar de las imprecisiones más o menos he satisfecho la curiosidad, creo. Ahora me centro en el producto del ser pensante. Aún mejor. Porque lo otro nos es dado o no nos es dado, pero su producto, como contenido, abunda en la diferencia, en lo múltiple, y casi permite el atrevimiento que no habrá pensamiento igual que otro, de forma exacta a modo de calco. Entonces, todo este escrito es fruto de la actividad pensante. También todos los escritos, incluso el más automático de todos. Me tienta decir que habitamos la morada del pensamiento por cuanto todo lo que tocamos, vemos, al menos en la civilización, proviene de algún pensamiento y, con frecuencia, cientos de ellos. Ha permitido ensamblar máquinas, crear técnicas y comunicar resultados que, si bien el mérito comparte con el lenguaje, no se debe olvidar que, subyacente, vive el pensamiento como materia prima y condición necesaria de aquél.

Por otro lado, tenemos una actividad pensamiento que engendra, genera y figura cosas, algunas de ellas, no halladas ni hallables en el exterior. Y esto nos convierte en un cuento andante que no relata la exactitud de los hechos ni reproduce cual reproductor de MP3 audios. Primero, toma en riesgo el problema de salirse de los bordes de lo real o de lo realizable; que, más finos que nunca, son desafiables en tanto que no hay criterio muy claro de separación entre ellos a excepción, evidentemente, de las palabras que los designan. Esto es, que la misma separación del mundo real, de lo realizable o de lo únicamente imaginario es un acto reflexivo del propio pensamiento. Esto nos halla en disposición de explicar cómo en las antiguas culturas, ancestrales, era común identificar elementos del mundo interior de las gentes como objetos reales, u objetos reales identificados como seres con intenciones, deseos y sentimientos humanos. Estos antropomorfismo y cosificaciones de las cosas del mundo interior eran frecuentes como también lo son, al menos por un período de tiempo limitado, en los niños. En resumidas cuentas, nos es difícil de salir del mundo panpensado, o sea, de todo lo pensado, propio y ajeno. Y, aunque todo esto no es más que mera curiosidad, expone a pensar si en algún momento debemos de dejar de pensar, ¿un suicidio del pensamiento?

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