Unido al mundo; obsesionado con lo oculto

Link it to the world

Link it to yourself

Stretch it like a birth squeeze

The love for what you hide

Nos ata una fina cuerda llamada ojos, oídos… y hasta la piel. El conjunto de las cosas en el que nos encontramos nos muestra todas ellas. Las vemos, tocamos… y aún así jugamos con la idea de lo oculto: sea, lo inmanifestado. En verdad la máxima de “lo que se puede pensar debe existir” construye el infortunio de la disconformidad con las cosas. Las consumimos y nos dejan igual que antes. En un estado al que regresamos una vez descargamos el vaso de agua, para, sin solución de continuidad, llenarlo acto seguido. Si estamos atados aquí, ¿cómo es que todo esto no es más que un fluido de seres perecederos? Incluso, me atrevo a más, niego los seres, y asumo, a lo Heráclito, el “nunca te bañarás en el mismo río” porque, como sabéis, cada partícula de agua ya habrá pasado, a cada instante del tiempo, y no volverá. Pienso, pues, que por esta razón, lo oculto actúa como un imán potente. Lo oculto siempre es “lo oculto”. Es invariable. De tal manera que adherirnos a ello sujeta nuestra mente a lo eterno, infinito, y así cuantas más propiedades ideales quieran agregarse.

«Es menester que sigas otra ruta

-me repuso después que vio mi llanto-,

si quieres irte del lugar salvaje;

 

pues esta bestia, que gritar te hace,

no deja a nadie andar por su camino,

mas tanto se lo impide que los mata;

 

y es su instinto tan cruel y tan malvado,

que nunca sacia su ansia codiciosa

y después de comer más hambre aún tiene.

Una vez que el asiento reconforta y procura de la seguridad más básica, y de ahí en adelante, se siente la libertad de burlar el resto porque lo mudable y transitorio sólo deja una huella débilmente perdurable. Una huella que podemos condicionar a un soplo de aire, ningunear con nuestra indiferencia y, en suma, tomarnos las cosas como chucherías que dan más hambre del que sacian. Efecto colateral: inyectan la adicción a lo dulce y desencadenan una cascada de reacciones, éstas psicofísicas, que predicen un comportamiento irascible, banal, de superfluo encanto pero profundidad a la altura de los tobillos.
La veleta se balancea en dirección a los vientos que la empujan pero estable y fija mantiene su posición sobre el sobrio suelo que la retiene. Cierto. Vamos, sin embargo, más allá. Si tan susceptible es a cualquier brisa que consigue decidir su dirección, ¿qué voluntad puede tener? Sólo se es una rata de Skinner buscando la palanca cuando las luces informan para que le dispense su recompensa -o, la ilusión por la cual te mantienes “en voluntad” prisionero sin querer libertad-. Esa prisión, dije, es ese asiento en lo oculto. Y con esto resolvemos el misterio: hay quien quiere ser esclavo y otro amo, ambos saben a qué se atienen, ambos están seguros en su mundo. Y otros quieren volar.

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