La nueva corona de la humanidad

Cada etapa en la historia de la humanidad considera unas serie de ideas como las que motivan, guían y explican el mundo y los objetivos a los que sus integrantes han de encomendarse. Si en un tiempo la religión regía los futuros, y sobre ella, los designios conscientes de un deber por encima de todo anhelo humano; en otro tiempo fue el progreso, convertido en religión, el que llevó a trabajar con denuedo y fervor, cultivar la técnica y las ciencias, hasta desplazar los cimientos del campo y de los bosques a las ciudades, nuevo nicho ecológico del hombre. Este camino rehizo la visión de la naturaleza como una extrañeza al ser humano y que, con el uso había de la razón, había que domeñar a las necesidades humanas. Se olvidó el origen de la especie humana y se calificó con aires arrogantes de salvajes a aquellos que, aun en ausencia del uso de la violencia en sus comunidades ni con otras, no desarrollaron hasta tal extremo las ciencias y las tecnologías, y quizás ni tenían la intención de hacerlo. Eso concedió, o autoconcedió, a la humanidad ilustrada la corona de ser el rey sobre lo mundano, escapando, entonces, el reino de los cielos e infiernos, cuya manifestación aún habitaba las Iglesias y congregaciones religiosas. Al final, como desenlace lógico, la conciencia general de las gentes se apercibió del absurdo de mantener ese rincón espiritual donde las ciencias ni las tecnologías podían entrar. Mas este efecto produjo lo inesperado y era cuestionar el mismo concepto de progreso y de la dirección mecanizante de la humanidad hasta, a sí misma, convertirse en robots de sus propios inventos. De súbito, una modestia emergió en verse privada de todo Dios protector por el triunfo de la humanidad. Aún más, ya no había triunfo sino culpa por el desastre en el medio ambiente, y cómo, sin pudor, se había podido dominar incluso justificado algún sadismo por el capricho de algunos humanos a otros seres vivos o sus entornos. Esto nos quitó de golpe la corona y convirtió a la muerte de la deidad cristiana el pecado original en el pecado de haber construido sobre la destrucción del mundo natural.

Sin embargo, el sacrificio y la culpa tienen su fecha de expiación o, por lo menos, como de una deuda, lugar donde saldarla. Tenía que surgir después del hundimiento en los océanos una luz en la que entender un nosotros no agresivo, ni dominante ni dominado. Salvar esa dicotomía emprendería una senda distinta y desconocida hasta entonces. Puede, digo yo, que estemos presenciando el punto crítico en el que las dos tradiciones vivientes se enrancien hasta el umbral en el que su insostenible existencia dé cabida a una nueva forma de relacionarnos con el mundo. Y esto es exactamente lo que percibo. Los viejos tótems han cavado sus tumbas y sólo quedan asumir sólo vivir en los libros de historia y en las discusiones sobre ésta. Nos hemos dado cuenta que la ciencia o la tecnología sin cortapisas ni control produce, como la razón, monstruos; y que la democracia es anterior a la filosofía, esto es, que no pensamos en abstracto con una razón descarnada sino inserta en una sociedad con unos valores y la que nos ha modelado a su forma y semejanza. Por más valentía intelectual que demostremos, e incluso hasta el extremo heroico, fácil es confundirnos si pensamos que salimos de la influencia de la sociedad nuestra mente se ha cultivado o de nuestros intereses personales, al menos si lo deseamos al completo. Este corsé alimenta un nuevo enfoque que no es más que remitirnos a las relaciones y trato entre nosotros mismos. A los antiguos o sólo les importaba la religión o la realidad objetiva externa. A nosotros empieza a preocuparnos cómo (con)vivimos y el sentido de las cosas que hacemos, solos o respectos a los demás, o directamente con los demás, de manera que podamos obtener el jugo de la felicidad, si es que tal cosa es alcanzable. El intelecto se ha volcado sobre el mundo humano interno. Nos hemos coronado de nuevo, o andamos en tal travesía intelectual. Nos depara una corona que rige sobre nosotros mismos y cuyo centro no es el saber ni el conocimiento objetivo, mucho menos el mito, sino el poder del hombre sobre el hombre, es decir, de la capacidad que tenemos de dominarnos a nosotros mismos y ejercer la fuerza, directa a través las armas, o, peor, indirecta por la manipulación mediática, la propaganda o por adoctrinamiento en la educación. Al final, resulta que el carcelero somos nosotros; y resulta también, que somos reyes de nosotros mismos: “el pueblo soberano”, “yo hago lo que quiero con mi cuerpo”, etc. Tenemos un rey desnudo: desprotegido, vulnerable y ciclotímico cuando habla de su individualidad. En términos rousseanos, la sociedad ya pervirtió al buen salvaje. En términos hobbesianos, la sociedad ya domesticó al mal salvaje. Toca resolverlo.

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