El ridículo de lo descrito

No será la primera que vez que hacemos algo -piensa en lo que sea, en compañía o en solitario- que, una vez descrito, incluso por ti mismo, da la sensación de ridículo o vergüenza. ¿Sabes lo que estás haciendo? Estás… Al final, una conducta probablemente irreflexiva conviene en verse a sí misma como poco más o menos como inepta; que a las buenas consigue expresarse en una sonrisa o hasta sonora risotada y a las malas con el ceño fruncido. La descripción, así, dicho someramente, ha ayudado a conseguir que costumbres milenarios hayan caído por el peso de lo absurdo sobre ellas al verse reflejadas en el espejo. Otras, por mor de una justificación divina que las elevaba, han acabado en los sótanos con el fino arte describir, desapasionadamente. Curioso fenómeno aplicable a todo y que, con todo, no será la primera ni la última vez que caeremos en el ridículo de hacer cosas, dicho así, de tontos.

Me fijé en la inteligencia no malgastada de José Antonio Marina en su libro La inteligencia fracasada en el que no sin ironía describía los casos en que enormes intelectos producían absurdos igual de grandes. Algunos en forma intelectual y otros en forma de malograr toda una vida, antes prometedora. Con seguridad todo el mundo conoce casos similares, en donde una promesa de persona termina en los suburbios donde nunca se pensó acabar. Todo por malas decisiones personales en, o con, compañía de malos pensamientos. No me refiero, apunto, a “malos” en sentido moral, sino en sentido de fallos de razonamiento o de fundamentar cosas sobre premisas arbitrarias, mal que Locke advirtió, y razón de lo cual, algún avispado psicólogo reconoció en el autoengaño una fuente terapéutica. Hablo de Giorgio Nardone. La diferencia radica en que el autoengaño presupone ser consciente de ese engaño, y asumirlo bajo voluntad, pero los fallos de los que hablamos son producto de conductas, como las de antes, irreflexivas, y nunca descritas desde fuera con ecuánime expresión.

Pensamos bien, quiero decir, estamos en lo cierto, si tomamos la certeza de creer que no podemos analizar todo y que, sea la casualidad, el descuido o decisión deliberada, habrá cosas en nuestra vida que nadie, ni nosotros, hayamos descrito. No lo hayamos reflexionado. Básicamente sucede porque toda descripción puede ser descrita, y así al infinito. Dicho lo cual, entendemos un sinvivir el estar pensando todo cuanto hacemos y, encima, cómo lo hacemos. Por eso sugiero que la vida, en el sentido más vitalista del término, significa una suerte de combinación mortal entre hacer el ridículo y no apercibirse de ello. Nótese, que en esta definición de vida usé el adjetivo “mortal”. Y es que claro, la vida acaba en la muerte. Hasta ahí todos de acuerdo, pero lo más “WTF” es que la muerte es como el ridículo no descrito: viene y nadie puede decir cómo fue porque ya has muerto. Curiosas coincidencias. Se encuentran parecidos en todos lados. No me extraña que algún payasete como Mihaly Csikszentmihalyi, autor de Fluir, y símbolo de la Psicología Positiva, predique el ser consciente de las cosas como pasan y ser muy activo, dado así, que “viviremos más”. El problema de esto es que no se deja espacio ni tiempo a la reflexión y al “darse cuenta” de estas cosas que digo, que, por cierto, es un ejercicio que practico escribiendo aquí. Pasaría todo, según él, en un continuo “fluir” del tiempo como cuando nos lo pasamos superbien y las agujas del reloj dicen de correr a toda prisa. Esto, reconozco, en ciertos momentos es deseable, ¡y más que eso! Ahora bien, proponerlo como objetivo vital es toda una contradicción a poco que se analice, y esto es, ¡hacer el ridículo!
En resumen, tanto si nos da por nunca reflexionar sobre lo que hacemos como reflexionar demasiado, estamos desperdiciando cosas, perdiéndonos sustancia. Vivir demasiado en el flujo anima los sentidos y procura de mucho contenidos pero, por contra, nos hace poder perder oportunidades por no ser capaces de deternerse tan siquiera un poco. También nos hace blanco fácil del ridículo. En el segundo de los casos, la reflexividad desposeída de contenido está vacía y solo permite la especulación, cosa que cuando la describimos no es más que otro ridículo. No diréis que no estáis avisados.

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