Berkeley es uno de los nuestros

El obispo irlandés Berkeley es un tapado de la filosofía empirista de la edad moderna. Si bien conocido como seguidor de Locke, de hecho, directamente, y por responder a Hobbes y a Newton en predicar el materialismo, se ha caído en parte en el olvido por la idea de que él negaba la existencia de la materia. Idea como esta, como es natural, sin matices, suscita rechazo por cuanto al contenido a esperar de su obra. Antes bien, veremos aquí si son fundados estos prejuicios que han manchado su obra y cuán cierta es tal interpretación de él. Además, indagaremos en si tiene conexión con asuntos importantes y de actualidad en filosofía de la ciencia.

Berkeley proponía un mundo como proyección mental o algo así donde rechazaba la idea de las sensaciones primarias lockeana, éstas son, las propiedades intrínsecas de las cosas que percibimos de ellas, y son así, “objetivas”. De esta manera a Berkeley le quedan sólo las sensaciones secundarias que reza en su famosa frase “ser es ser percibido”. Señala el absurdo de la abstracción al atribuir a uno cualquiera de los seres o una parte de ellos una existencia independiente de todo espíritu o, dicho de otra forma, afirmar una realidad ajena al observador o cualquier observador. Según él, la idea de la materia -que no la materia en sí, o lo corpóreo- es una contradicción en sí misma en tanto atribuye existencia y propiedades a algo que, en todo caso, si está en conexión con nosotros, pasa por el filtro de los sentidos causando, con las palabras de la época, sensaciones secundarias. Berkeley comprendió a mi juicio que afirmar la existencia de abstracciones es temerario y, a buen seguro, no merece más que el estatus de una mera creencia. Sin embargo, chocamos con el mundo de la ciencia de nuestros días donde parecemos hallarnos en el idilio del conocimiento y en donde la realidad no ha puesto cortapisas a conocerla en su estructura más íntima. En nuestra opinión esto no es más que una ilusión o, a lo sumo, una pretensión (una acción en busca de unos fines). Al cabo, la ciencia opera con teorías, hipótesis, etc., herramientas en clave lingüística que pretenden significar algo pero éste, como añadiría Wittgenstein, no puede estar al margen de su uso. En resumen: es mucho decir que los científicos operan sin valores o que las teorías y sus escritos carecen de todo componente valorativo. Si, además, sabemos de los fracasos de crear lenguajes formales perfectos, obtenemos un punto más de apoyo a nuestra tesis.

La cosa es que hablamos de Berkeley y hemos desvariado por los derroteros del lenguaje e intentando asir toda su complejidad. Pero no, no nos salimos del guión. El obispo irlandés habló del lenguaje si bien, como aquí defenderé, cometiendo errores, pero también notables aciertos. Por ejemplo, criticó las abstracciones y la idea de la correspondencia de la palabra con una sola representación, a lo que tildó de dogmática: se prejuzga que toda palabra tiene o ha de tener una sola significación, precisa y limitada. Para él, las palabras designaban varias ideas o podían hacerlo. Pero aquello le hizo suscribir consejos como

recientemente han sido muchos los que se han dado cuenta de las absurdas y minúsculas discusiones que origina el abuso de las palabras; y para salir al paso de tales inconvenientes han insistido repetidamente en recomendar la misma precaución, a saber, considerar las ideas sin parar la atención en los términos utilizados para significarlas.

Acordamos que tenemos la capacidad de advertir los significados y las palabras más adecuadas a ellos, sin embargo, no podemos dejar las propias palabras a un lado en tanto en cuanto, las representaciones son personales, subjetivas e intransferibles salvo, como admite Berkeley, con el lenguaje: que el único fin del lenguaje es la comunicación de las ideas, con un gran “pero”, como expongo a continuación. No es ni de lejos su único fin ni el fin último porque ¿cómo podemos “transportar” ideas subjetivas a los demás si, como él reconocía, las palabras no señalan una única idea?, esto le lleva a presuponer que todos podemos mentalmente acceder a los mismos significados, algo que, como la idea de la materia que criticaba, es imposible.

Al final, nos quedamos que dada la época, no se le podía exigir mucho más. La ciencia por entonces se entendía en términos de conjuntos de ideas coherentes, explicativos de algo… Y poco más. Lejos de los enunciados de ahora, la operativización de las variables, etc. Más, la intuición de las representaciones del lenguaje y que éste actúa como instrumento de transmisión, no tenían opositor. En la actualidad sabemos que el mismo lenguaje colabora en la generación de las ideas además de sus labores comunicativas. O lo que es idéntico, que la comunicación se adviene como indispensable en la producción de conocimiento. Con todo y con eso, Berkeley se percata de la trampa de suponer ideas al margen de nosotros y advierte en el lenguaje un sistema que permite estas confusiones. Algo muy importante. Así que ¿Sabéis lo que me gusta de Berkeley? Que es uno de los nuestros.

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