Navegar por la historia del río

La reacción de la raza humana no es sólo la de maravillarse ante la apariencia individual de cada uno de sus individuos, sino también la de admirar la increíble capacidad del Creador que, utilizando unos pocos materiales simples y uniformes, ha logrado producir una enorme cantidad de variantes, todas diferentes. Con seguridad, sólo una capacidad e imaginación infinitas y originales pueden dar lugar a semejante e infinita variedad de individuos. Incluso el más grande de los pintores, por mucho que se empeñe en una empresa similar, sólo llegará a producir en toda su vida doce o trece piezas maestras¹.

La evolución presenta ciertos enigmas aun hoy al sentido humano. Si bien es cierto que tan sólo algunos círculos cerrados de personas adheridas a religiones la cuestionan, al menos en occidente, también se puede constatar algo menos evidente; que es, que apenas se entiende, se malentiende o no se quiere entender. La evolución no es como la ley de Joule, de Boyle, las de Kepler, y así. Se parece más a una estadística, a una regla matemática, a un silogismo. Es, en suma, una necesidad, que Darwin, y su co-teórico Wallace, hallaron sin tener en cuenta el conocimiento de la existencia de genes, por ejemplo. Y siquiera conocimiento de las leyes de Mendel, de la época, e ignoradas. Esto quiere decir que se deduce de la observación y de caracterizar de una forma racional y formalizada las formas de vida biológicas en la historia. Y esto quiere decir que, independientemente de si encontramos o no en el pasado exactamente los eslabones clave que nutran nuestra historia filogenética -de la especie como tal-, la evolución se cumple y se necesita racionalmente a no ser, claro está, que recurramos al deus ex machina del Creador.

¿Hay problema en andar solo?

quizá ame la individualidad

perteneciente a cada uno,

quizá luzca de verbo exagerado

por gritar que soy diferente²

¿Y nosotros? Acaso como “cogito” independiente, individualidad, no somos más que un subproducto de una mano invisible, que, en este caso no es del mercado sino de la evolución. ¿Somos un experimento aleatorio como gusta llamar en la ciencia de aquélla, de la indeterminación de este mundo y sin ningún fin más que reproducir más experimentos en forma de descendencia -recuerdo al gran Nietzsche: el sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse-? Sin duda alguna, aludir a un creador es un recurso, en este punto, sanador. Tranquiliza. Dispone la existencia de un modo más amable con los sentimientos humanos y permite elegir los fines por los caminos del bien y del mal; aquellos coartados por la evolución, que está, con permiso de nuevo de Nietzsche, más allá del bien y del mal. Son, empero, conceptos más mundanos aunque al mismo tiempo nazcan de lo divino. Pero la noción del hombre-máquina -de la Mettrie dixit- opaca toda trascendencia a una corporeidad sin magia ni misterio.

Al final, no será ni lo uno ni lo otro. El sentido no proviene de una inferencia ni de una colección de fósiles. Eso también es engañarse. No proviene, tampoco por supuesto, de una aguda interpretación de la evolución en clave de aplicar este a la sociedad y convivencia humana hasta intoxicarla de competencia desleal por sobrevivir. Y es que a lo mejor el creador o sus sustitutos no son más, ni menos, que narrativas que compendian esos sentimientos y alegran el alma, sea lo que sea eso, como simple producto de consumo, aunque imperecedero, que ayuda a la felicidad.

1: “Soy un gato” de Natsume Soseki

2: http://www.mundopoesia.com/foros/temas/individualidad.58128/

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