Un café en el desierto

  • Mira por la ventana. -Ordenó.
  • ¿Qué quieres que vea? No hay nada. – Dijo con voz trémula, después de una pausa tímida contemplando las vistas desde la ventana.
  • Dime qué ves. -Repuso.
  • Una explanada. Algún pequeño edificio, otras son casas de planta baja. Se ve todo antiguo. Deteriorado también.

Bebió un sorbo de café. Parecía regurgitar la información en su mente. La descripción fue sugerente.

  • ¿Y aquí?
  • Una habitación… Una mesa, tres sillas vacías, ventanas. Nos tomamos un café…
  • Excelente. – Sonrío al oírlo. Sin saber su interlocutor de qué. No estuvo exento de cierto sarcasmo, en jeroglíficos.

El contraste era evidente. Ellos estaban en una habitación cuyo contacto con el exterior era una de esas ventanas en cristaleras enormes, oscuras desde fuera, de los grandes hoteles o bloques de oficinas. En lo cierto: estaban en un gran edificio rodeado a distancia de ellos de otras viviendas menores, cutres y escasas. Toda una anomalía urbanística y arquitectónica. Se respiraba la suntuosidad del ambiente como incienso y se miraba al exterior con aires de realeza. Eran inmunes en el palacio de cristal. Poderosos, en apariencia. Allí podían dedicarse en la privacidad de la que gozaban a las exquisiteces. Fuera, cabían dos conductas, y ninguna carente de riesgos. La del camaleón o la del pavo real.

  • Estamos tomando un café en el desierto. No eres muy consciente de eso. Como casi todos, se nos ha otorgado la oportunidad de cohabitar en este edificio. A casi la mitad de la población se le permite. En el resto del día, todos se confunden en su ambiente. No son ricos, ni quieren serlo. No lo necesitan porque disfrutan de la riqueza como de un dulce postre. Es decir, algo efímero del momento, placentero, y repetible en otras ocasiones. Antes de aguardar a ellas, hay otros deberes que atender. También otras necesidades. Ellas no necesitan de prestarse a este monumento al desencanto con la realidad. Sin embargo, hay alguna gente que no ha salido de la ficción de que son los dueños de este lugar. Ellos se han identificado en su vida con esto. La cristalera teñida se cierne sobre ellos como una etiqueta. Son opacos desde el exterior, pero ellos lo ven todo con total transparencia. El máximo exponente de ello soy yo. El problema es que los demás también conviven en una ficción, en mi ficción. – Paró su discurso un segundo. Tomó aire relajado. – Soy un hijo de puta.

Tembló al intentar proferir la primera palabra. Era complicado. No se lo podía creer, o sí, pero no asimilar.

  • ¡Ya! ¡Ya lo entiendo todo! ¿Entonces tú eres el compartidor de la miseria?
  • ¡Claro! Hemos repartido equitativamente los bienes, las responsabilidades, los derechos, los problemas, los riesgos, la participación. Sí, todo lo hemos hecho. Todos nos alternamos en todo. Pero eso es el papel. Cumplimos algunos de nosotros con la careta puesta. Subvertimos nuestra naturaleza a este régimen de gilipollas que se conforman con que nadie tenga más que ellos; en vez de liberar nuestras fuerzas creativas. Aquí todos nos vigilamos, los unos a los otros, por turnos. Algunos, excepciones contadas, vamos más allá, y hemos tomado más control del que nos corresponde. Nadie nos ha pillado porque hemos sido sigilosos y hemos sabido callar bocas. Nosotros no estamos aquí porque deseemos tomar este café con unas vistas, bueno, juzga tú mismo… No, estamos aquí porque no nos han dejado más camino que convertir la inteligencia creativa en la inteligencia de Maquiavelo. Y yo, yo no puedo parar.
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