El sabio es el que ignora

Se habla de la felicidad de la ignorancia y nunca de la ignorancia de los sabios, excepto, claro está, cuando de Sócrates se habla. Pero lejos queda el 400 a.C. por el que vivió pese a su eterna frase “yo sólo sé que no sé nada”. Es un testimonio que, por sarcasmo irónico, permanece en la memoria bajo el apelativo de “curioso”, y poco más. Porque ¡quién diría que el científico y el erudito son los que ignoran! ¿Acaso no me refiero a ese tipo de saber? Ahora, querido lector, pensará en la filosofía de la vida. En cómo vivir, ser feliz, dedicarse a los pequeños placeres, la moderación… Pues no. Corte el rollo. Casi me dan arcadas esa lista de cosas tan manidas como los granillos de las paperas para representar una enfermedad o, como es el caso, una hipocresía, ¿no crees? Gustan las grandes cosas, claro que sí. Así que al asunto que nos ocupa. De lleno. La ignorancia de los sabios. Conforme nos replanteamos las cosas, según suceden… Exigimos hablar de explicaciones, interpretaciones, enlazar las causas, y hallar las relaciones, hilar con fina lógica, y así. Aprendemos cientos de teorías sobre las cosas. Unas que se superponen a otras. Se solapan, compiten, se comen unas a otras, realzan enfoques diferentes o cubren focos antagónicos. Hay muchas, en resumen. Sin embargo: el mundo de ahí fuera es “uno”. Se percibe tan sórdido, parco, austero… Todo eso cuando se mira con los ojos como platos, y con la mente en estado de meditación, en el cero, total reposo de la vocecilla interna. Este es el tema ¿Cómo tantas teorías, explicaciones y bla blas sobre eso mismo que tenemos delante?

Bien, el sabio es el que “conoce” muchas de todas ellas. El que sabe cómo hilvanar un discurso con sus conjunciones y disyunciones, implicaciones y demás simbología lógica de las cosas. Como conejo de la chistera saca sus conclusiones y concede a su interlocutor una visión privilegiada con densidad mollar en conocimientos. Hasta ahí de acuerdo. Y ahora, ¡pero qué demonios! El sabio es el que es incapaz de dar un paso sin tropezarse en sus explicaciones. Quien, la llame duda metódica o se haya ingeniado otro nombre para denominar lo mismo, jamás es capaz de decidirse con seguridad a las cosas, menos con fervor. Toda convicción pasa por revisar supuestos y presupuestos. No es capaz de proferir palabra alguna sin dedicarse a desbrozar la raíz de los sufijos, desinencia y cualquier compendio de “morfemas” que el resto de los mortales entienden por “palabra”. Así tan prosaico. Esto sugiere una envidia respecto del que, más o menos culto, fundamenta su persona con el firme aplomo de las creencias, sean del tipo que sean, aunque sea la simple “mira, lo que me han enseñado en la escuela es verdad”.  Acreditando estos elementals del consenso cultural nadie sale perjudicado. Se puede prevaricar en la creencia de lo correcto. Se puede hablar sin miedo ni censura. Parece que es la vía magna que une todo el imperio; sólo que hablamos de la más cotidiana de las convivencias. Así: el sabio carece de todo esto. El condiciona todo lo que sabe a la fatalidad de las refutaciones, sujeta los pilares del saber sobre “conjeturas” lábiles, en estado continuo de inmadurez: siempre provisionales. Nunca definitivas. No hace falta recordar el Dios ha muerto… porque ya no es él, es que hay muchas creencias más finas, dispersas, variadas, casi a la carta en un menú interminable, pero existen; y el sabio detecta sus existencias y consciente de ellas no cree. Es el problema.

Repetiría el “sólo sé que no sé nada” hasta la saciedad como contar ovejas hasta dormirse. Esa es la paradoja. El sabio es el ignorante y los ignorantes son los que saben. Ellos tienen asientos confortables en la mente donde sostener sus inquietudes, sus tensiones y dudas. No son castillos de dudas, si no dudas sobre asientos bien numerados y ordenados en lugar de espectadores de un gran cine de la vida. Se hace difícil así sostener una convicción, sea creencia, a sabiendas de que lo es. Es complicado. Hay sabios cobardes que pierden su condición al pretender autoengañarse para salir de los tormentos que les negaron la felicidad (y aquí, sí, están los pequeños detalles, placeres, la moderación…) y otros, héroes, que mantienen los pies en la tierra con pleno conocimiento de sus limitaciones, dudas, angustia y soportan lo que, al cabo, es una vida al margen del mundo porque… dudan que éste exista… ¿No decían que los pobres de espíritu se salvarían? Eso es.

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