Sueños posibles. Demonios imposibles.

Vive la vida como si fuera tu último día. Preséntate ante un espejo. Mírate. Dile a tu reflejo si realmente estás convencido que lo que vas a hacer es lo mejor que puedes hacer. Si estás aprovechando el tiempo como si el final estuviera próximo. ¿La respuesta es afirmativa? frunce el ceño, duda, no lo creas. Si fuera así no estarías preguntándotelo ¿no crees? ¿Quién necesita saber que está en su elemento cuando está en su elemento, cuando su imaginación vuela o su sentir experimenta plenitud? Aún así, son sueños posibles. El de vivir conforme a la regla de vivir sin darse cuenta de vivir: en esa plenitud que no da pie a ninguna inflexión ni permite la reflexión. Hoy… Hoy es un día de agotamiento. Pienso en despertar pronto de él, levantarme, cambiar la melodía de este Divinire a caballo de un piano al que Einaudi le extrae la quintaesencia, por algo con más caña, guitarras, batería y comiéndose el mundo. Eso, mañana.

Ahora no quiero mirarme en ese espejo. Sonreiría simplemente. Sería una mirada de complicidad con mi reflejo. Ambos, mi reflejo y yo, sabemos en qué lugar estamos, qué queremos, anhelamos. La noche se cierne con el cambio horario más rápido, engaña en los primeros días al cuerpo que se prepara para dejar en standby todo, y continuar, después del stop del sueño. Pero eso son sueños imposibles. Porque el día sigue. Es otro engaño. Aún queda que exprimir algunas (y más de dos y tres) horas. De descanso activo como dicen los pro del deporte, a saber, relax con ejercicio suave. Para mi: escribir. Pensar algo. Quizás leer o si hay fútbol, pues a verlo. Es el caso, por cierto.

En el extremo opuesto veo ya con perspectiva un tiempo en que estás preguntas eran absurdas y las conclusiones impensables. En ese tiempo si me miraba en el espejo como buscando en la figura del reflejo algo que no fuera yo, un compañero que sacara las ilusiones y transfigurara el momento en casi una catarsis. Y no, no existía. Era un demonio imposible. Sólo un pasaje en el cine vislumbraba esto. The road. “La carretera”. Aquella película en donde el mundo se sumerge en una catástrofe de dimensiones bíblicas. El alimento escasea, la vida es yerma, pobre, apocada, se siente expirar. Los pocos supervivientes viven en dos mundos: el de la ignorancia, el de la ignominia. Deben sobrevivir por imperativo vital, por puro espíritu o esperanza ilógica. Y quieren conocer, aunque ya no existan dioses que iluminen el camino. Es una sensación extraña que combina soledad con ganas de vivir, desconocer por qué estás ahí, delante del espejo, hablando contigo mismo para alcanzar saberlo. Un siniestro que terminaría con Mars, the bringer of war.

– Te veo todos los días. Eres un obseso de los horarios, miras el reloj casi con compulsión. Entre bocado y bocado no aguantas la angustia de pararte si te queda una miaja de energía. Tienes a mano en papel o en el móvil, ordenador, ¡lo que sea! un libro, algo que escribir, algo que escuchar, que componer. Sientes que cada hora se desliza entre actividad y actividad, que la noche se alarga con tu casi insomnio natural…

– ¿Y qué?

– Pareces corroerte por dentro por algo. Y eso lo desconozco.

– No, no hay nada. Es un por-hacer. Incluso en la quietud, con la conversación banal, siempre hay algo de provecho. La memoria me construye como persona, y yo tengo poder de decisión de si dirigir su construcción. Como un capataz. O dejarla a las fuerzas mecánicas de la naturaleza. Creo que sabes la respuesta.

– Lo dejas fácil. Aún así das tiznes de no disfrutar. Es un zumo sin jugo o una gaseosa que ha permanecido abierta por horas, sin gas. Exhausta.

– (risas). Ahora. Sí. Puede. Y no sabes lo divertido que es esto. Todos los días son como las olimpiadas. Competiciones, competiciones, competiciones. ¿Sabes con quién?

– …

– ¿Sabes por qué estoy aquí? Mejor dicho, ¿qué hago? Ahora sé…

Apagué la luz. El brillo del espejo se esfumó. Cerré la puerta.

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