Identidad líquida

Un caso histórico, mil veces nombrado en las ciencias del comportamiento y las neurociencias, popularizado por el divulgador Oliver Sacks, relata la vida de un hombre atrapado en un ínterin de tiempo atrasado, el cual carecía de memoria del presente ni podía aprender nada más. Pasaban unos minutos y él ya regresaba a su tiempo contando sus batallitas y son saber por qué se encontraba en un hospital. Tenía dañados los cuerpos mamilares, esenciales para la memoria, debido, probablemente, a su altísimo consumo de alcohol. Se le diagnosticó el Korsakoff.  En un grado nunca antes visto. Ni siquiera los bebedores más inveterados habían terminado padeciendo de tal forma. El caso es que él estaba atrapado en un limbo de unos recuerdos y continuaría perdido allí el resto de su vida, físicamente hablando. En otro sentido, claro, estaba ya muerto.

Cuando dejamos las generalizaciones sobre si esto o esto otro es más normal que aquello. En ese momento estamos en disposición de sumergirnos en la particularidad de las cosas, de las personas, de los eventos. Desglosamos la realidad de manera sutil y refinada. Percibiendo su complejidad y admitiendo, en parte, nuestra ignorancia. ¿Por qué digo esto? No, no me estoy yendo por las ramas ni deseo dar una idea abstracta en la que pensar sobre el binomio de lo universal-particular. Hablo de la identidad de las personas, de la tuya propia. Es una reflexión sobre cómo nos diferenciamos de los demás, y propongo que a través de darnos cuenta que nuestro mundo, es decir, lo que sentimos, percibimos, y nuestra historia, no es la misma que el resto. Pese a que abundan las semejanzas en el ambiente: como vivir en la misma ciudad, compartir un mismo centro de estudios y cosas así, hasta compartir la afición por un equipo de fútbol cualquiera. Esas son las generalidades. Nos proporcionan puntos de fusión con los demás, referencias que tocar en un encuentro, en un diálogo, incluso con algún gesto inteligente. El resto es, lee la primera parte de este párrafo de nuevo, lo particular, lo intransferible, la esfera privada. Las cosas comunes y las generalidades actúan como obstáculo a sentirnos alienígenas unos con otros. Sin embargo, de mala forma, pueden contribuir a borrarnos la identidad o licuarla, como titulo: crear una “identidad líquida”. Ésta es dependiente del contexto, de nuestro entorno, camaleónica. No tiene fronteras porque se amolda a lo que ve alrededor con una pericia innata. Absorbe las “generalidades” del exterior, las interioriza y las convierte en propias, como de toda la vida, y, a partir de ahí dejas de ser tú como antes te concebías: eres tú, pero con otro contenido; dicho de otro modo, cada vez que dices “yo”, te refieres a una persona diferente. No sorprende entonces como salen en la tele cientos de historias sobre la identidad de unas gentes de tal o cual pueblo. Quizás sea comprensible no anhelar confundirse en la jungla de acero del anonimato de las grandes ciudades. Una ciudad: Nueva York. Una identidad: cosmopolita. Ahí lo tienes. Nadie puede ser más del montón que quién sea afín a esas dos cosas, ¿ya sabéis por dónde voy, no?

Combaten aquí dos formas de entendernos como seres humanos. Los amigos de Descartes. Un cogito, un alma suelta, una “voluntad” desarraigada de todo lo terrenal que enfila el camino rumbo a nadie sabe donde salvo él, ni las razones, que aparecen sombrías. La otra, un ser humano con cuerpo y mente unidos, y no sólo esos dos elementos, sino también su historia: eres lo que haces, has hecho y proyectas hacer. Aún más, eres todo eso en suma a dónde, cómo, por qué, has hecho lo que has hecho. Es un todo complejo. Consiste en reconocer que sin la familia en donde te has criado no podrías haber sido igual, ni en el barrio, ni en el colegio, ni en la ciudad… Tú “yo” es un alma rellena de experiencias y contenida en una parte del mundo, no ajena a él. Son las dos formas de verlo. Paradójicamente podemos elegir como vernos a nosotros mismos (de paso a los demás), si como almas desarraigas del aquí-ahora, sin historia, o como seres que crecen, maduran, y contienen razones, historia y personalidad densa y profunda.

Para algunos, y más de uno… Llegan a tanta superficialidad como tratar a todos como esta triste persona enferma sin memoria más allá de unos minutos. Rigen todo bajo el contacto superficial y sin contenido. Pueden estar contigo, después con otro, ¡qué más da! si todos son intercambiables. Hasta ahí quería llegar. Mi conclusión es contundente.

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