Ángel de óxido

La niebla es misteriosa, suscita la curiosidad, es como una metáfora real de un sueño. Es así, aquellos pasajes matinales, donde el Sol es boicoteado con rebeldía, donde se piensa que aún estamos inmersos en alguna fantasía onírica. Salir, sentir el fresco húmedo, percibir lo borroso como síntoma de somnolencia o pesadumbre, al mismo tiempo que una sobrecogedora sensación. La de no estar en este mundo. ¿Por qué? No lo sabes en el momento. El sopor es tan fuerte que haría más que un iceberg en la trayectoria del Titanic, claro, sin su épico final. Porque sólo es un paseo, un paseo entre nubes acariciando la tierra. Un paseo maldito, tórrido y quizás envuelto en un drama al cual toda salida ha sido vetada.

Es el momento de pedir auxilio. Un grito de socorro donde tu voz se pierde en el eco del vacío. Donde toda onda sonora se disuelve en la inmensidad del océano de la nada. Todo porque estás solo. Y de verdad. Ya ni somnolencia ni pesadumbre, es servidumbre. A un ídolo que no ha bajado de su Olimpo. Uno que quizás no ha existido, pero en el que has creído por mucho tiempo. Es el drama de la traición que uno mismo se ha cavado ocultándose del mundo para no ver la luz pensando que la vida útil de una bombilla era eterna. Envíame un ángel, gritas en voz alta, desesperado. La niebla, sin embargo, hace caso omiso, persiste, inunda y ciega. ¿Dónde estás? Te preguntas, irónico contigo mismo. Quién no quiere ver, no ve. Quién no quiere saber, no sabe. Son los destellos de un Sol tapado por el velo de la ignorancia; donde la luciérnaga de la fe nublaba el día del saber. Sigues pensando en ese ángel malogrado. Ángel oxidado.

Recuerdas a un caballero andante que luchaba contra molinos de viento. Aquel cuyo rocín flaco pertrechado de los más toscos atavíos, sobrellevaba la vida de alguien ídolo de sí mismo. Uno que vivía su aventura sin contar con los demás, o no más que un crédulo en ídolos. No saben que poco después de aquello llegaría su crepúsculo. Entonces, ¿quién los enviará? ¿quién los encontrará? En ese instante, alzas la vista para ver desistir el halo frío de la neblina. Conforme el color y la forma restaura su estado natural ante tu visión, empiezas a cuestionar tus credos más profundos. Los más atávicos instintos. Unos incontrolados que han contaminado tu mente hasta ver el negro, blanco, y el blanco, negro. Esos prepararon los escenarios de un drama personal, nada novelesco, nada épico, nada caballeresco. Tan mundano como la más simple de las enajenaciones diarias: creer en alguien por encima de ti.

En el momento de pedir ayuda solo acudió a ti su silencio. En el momento de ahogarte. Sólo hubo niebla. Tu servidumbre a aquel ídolo no ha sido retribuida. Eso es. Esclareces la naturaleza de los ángeles, los del cielo y los del infierno, y los de la retribución, que desaparecen, y con ella la justicia en un mundo en el que estás abandonado a tu suerte. Eres el dueño de ti mismo y, por paradójico que parezca, prefieres el esperpento de don Latino de Híspalis, que tan cruda responsabilidad. El mundo no se iba a enmendar en su sino con la lluvia del maná ni con los milagros de las bodas de Caná. Sólo con acciones de hombres y mujeres que han asumido su papel de héroes. Sólo con aquellos que no han renunciado a su autonomía al perseguir falsos ídolos. Sólo aquellos que piensan con el corazón y sienten con el cerebro comprenden que no todo está determinado, más al contrario, te haces a ti mismo.

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