Pragmatismo crítico: hacer objetivo lo subjetivo

Se recomienda leer antes el primer post de presentación de la filosofía del pragmatismo crítico.

Si uno quiere desplegar una teoría del conocimiento más vale que se pueda ajustar a todos los campos de estudio y no que, por el contrario, lleve a la decepción al centrarse o tener una fijación especial en uno de los mismos. Es posible, porque ha pasado en varias ocasiones como ocurre con el positivismo, que no proporciona un enfoque que posibilite el acercamiento a la historia o la sociología como a la ética. Si, acaso, deja a todos ellos en un limbo entre lo subjetivo y objetivo, en parte con resignación, en parte por impotencia. Claro está que tal filosofía obedece a los intereses de la ciencia natural y desobedece a todo otro tipo de conocimiento. No es, pues, que la ciencia natural, la que creo acertadamente la más productiva en general de las ciencias, que un abismo separa de los logros de las sociales o humanas, desmerezca ahora, sencillamente, cabalmente, no puedo desechar al resto por desinterés. En tal caso, no cabe otra propuesta de: o categorizar todos los ámbitos del conocimiento resaltando sus diferencias adecuadamente y su separación, sea verbigracia en la conocida clasificación de la ciencias o cualquier otra alternativa, o despejar la incógnita que sitúe en el mismo plano a todas ellas. Mi esfuerzo coincide en lograr el segundo de los objetivos en el que espero dar una solución suficiente.

Si concebimos la ‘ciencia’ como se afirma en la RAE:

Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales.

Deberemos deducir que exigen una dimensión, o un nivel, descriptivo en el punto de observación y un nivel normativo por lo de sistemáticamente estructurados. El único que queda sin incluir en la definición es el nivel interpretativo, sin embargo, como hemos demostrado, no parece que ni la ciencia más estricta sea ajena a los motivos, intereses y la propia y azarosa aprehensión última del conocimiento por parte de los humanos. Al fin y al cabo, la experiencia hay que verbalizarla, o sea, expresarla en un lenguaje que contiene sus reglas y genera categorías lo que, en otras palabras, produce una imprecisión semántica donde el nexo que uno lo que se dice en enunciados conste de inexactitudes con el objeto o efecto observado. Estas inexactitudes, además, se refuerzan por el hecho de que para generar objetividad hemos de partir de premisas, hipótesis y sistemas coherentes, consistentes, lógicos, que nos concedan un marco de referencia conceptual (nivel normativo) que interprete dentro de él la experiencia. Un antiguo griego al tener un marco conceptual mucho menos desarrollado que el nuestro, al menos en lo que a ciencia respecta, los mismos fenómenos no podría describirlos tal como lo hacemos nosotros, como puede ser el tan mencionado en estos casos de la gravedad. Total, como también comprobamos, para describir necesitamos un marco normativo previo, a priori.

[…] la realidad existe, sí, dentro de los marcos de referencia ya que son los que posibilitan el conocimiento y son la condición necesaria de éste. Por eso, en nuestra jerarquía deberemos analizar antes cuáles son las condiciones necesarias del conocimiento como ‘filosofía primera’ y, después, como ‘filosofía segunda’, los supuestos metafísico-interpretativos que añaden significación al posible conocimiento. Siguiendo con esta analogía, la ‘filosofía tercera’ constituye desmenuzar la labor de la descripción-positiva […].

Como deducirá el lector, previo a todo marco de referencia o con alguno pero muy inespecífico e impreciso conceptualmente, todo es subjetivo. Cualquier argumentación en ese escenario es fútil ya que el interlocutor no puede contrastar un argumento con un marco de referencia, conceptual, normativo, apto, para tales fines. En consecuencia no se puede esperar que el interlocutor vea un argumento como argumento, sino tan sólo como una mera opinión más la cual puede aceptar o no en base a criterios subjetivos.

Nosotros queríamos justificar que la ciencia tiene también un nivel interpretativo. En efecto, precisa de significación el conocimiento, de un para qué, de un por qué y de una forma de verbalizar la experiencia cuyas imprecisiones son rellenadas por esa interpretación. Ese es el hueco donde se cuela, bajo supuestos metafísicos o sencillamente no comprobables por la experiencia, la interpretación. En última instancia, la interpretación emana de, y equivale, al valor de la ‘utilidad’ que acompaña al valor de ‘verdad’ como tratamos en la entrada introductoria al pragmatismo crítico. Definimos fundamentadamente que toda ciencia se persigue y produce conocimientos por la observación (nivel descriptivo), sistemática y estructuradamente (nivel normativo) bajo unos supuestos o finalidad (nivel interpretativo).

Verá el lector la capital importancia del nivel interpretativo -el que concede ‘utilidad’- añade a nuestra definición porque ahora no podemos defender la imparcialidad absoluta del conocimiento científico o no científico. Debemos, en todo caso, pretender una parcialidad limitada por la mejor aproximación normativo-conceptual posible o su equivalente, una imparcialidad limitada. Véase como se quiera. Apuntando con esto las ciencias naturales de las sociales o humanas no se diferencian formalmente puesto que ambas describen, normalizan e interpretan. Aún más, disciplinas como la ética como demostraré en adelante podrían obtener rango de ciencia -aunque, por supuesto, matizada por su objeto de estudio-. Vayamos con ejemplos de ciencias en concreto:

La Historia recoge hechos históricos bajo marcos de referencia que indican cuáles son y cuáles no son los hechos históricos y los interpretan para enlazarlos con una narrativa. Su valor de ‘utilidad’ reside en su poder explicativo que la gente entiende que le es funcional saber X o Y de historia. Su ‘valor’ de verdad se encierra en si los datos recogidos coinciden con el marco de referencia planteado, es decir, si los datos recogidos son coherentes con la definición de ‘hecho histórico’ y, por otro lado, si la interpretación es coherente también, contradice o no el marco de referencia -no todo vale para el valor de la ‘verdad’-. Los distintos historiadores con distintas ideologías y conocimientos de ciencia -por ejemplo, de economía o de tecnología- interpretan la historia bajo doctrinas económicas -lo cual es de exigir desde el valor de la ‘verdad’ que no cambien en las interpretaciones con arbitrariedad de doctrina económica- y bajo los efectos de determinada concepción sociológica, v.g. de la tecnología, por haberse nombrado antes, que, desde el valor de la ‘verdad’, igualmente, tendrá que ser coherente. De la misma forma, si el historiador ofrece juicios de valor, sean morales, deberá esclarecerse qué posición ideopolítica, ética o religiosa tiene, de tal manera que, persiguiendo el valor de la ‘verdad’, sean juicios coherentes. Ahora, desde el valor de la ‘utilidad’, que es el que nos permite comparar distintos conocimiento verdadero o no verdadero de distintos sistemas normativos la cosa cambia de matiz. Si nuestro historiador es católico, siguiendo una de sus teologías, sigue la economía neoclásica de la síntesis y paradigma sociológico funcionalista, puede ser que, si creemos tales supuestos interpretativos errados, valorativa y técnicamente, equivocados, el conocimiento por muy verdadero que sea objetivamente dentro de su sistema, de su coherencia y consistencia interna, no nos sirva y lo descartemos de inmediato.

La Ética funciona, como la Historia, de semejante modo y no hay razón para creer lo contrario. Los supuestos interpretativos es donde se encuentran los valores, lo normativo es constituido por un sistema lógico que dota a sus desarrollos de consistencia y, por último, lo descriptivo, más esquivo, se encuentra en la búsqueda de comportamientos que procuren al ser humano la satisfacción de valores y cuya comprobación no puede ser sino experiencial. En este sentido, la parte descriptivo-positiva de la Ética es histórica, sociológica, psicológica y filosófica. Como siempre, toda teoría ética es descartable en tanto su utilidad independientemente de su validez interna, la cual puede importar poco si los valores escogidos en la formulación de la teoría son detestables. Reconocemos, pues, la diversidad de enfoques, que siendo objetivos, son ignorados por no coincidir en los valores rectores de éstos. Esto le ha dado un aura de subjetividad a lo largo del tiempo hasta concluir en su imposibilidad de estudio o reducirla a estética u opinión. Con esto vemos que no tiene por qué ser así aunque sí atisbamos que persistirá en problemas salvo que exista un gran consenso social -como lo existe en la ciencia natural y existió cuando la hegemonía de las doctrinas religiosas gobernaban la vida en sociedad y privada- sobre cómo adentrarse en este tema.

Alguien se preguntará a buen seguro por el reduccionismo de la Biología a la Química, y ésta a la Física. Aparentemente en nuestro caso no podríamos defender el reduccionismo pues creemos que no existe algo así como interobjetividad, o sea, posibilidad de extrapolar el valor de ‘verdad’ entre distintos sistemas normativos. Sin embargo nada impide que se cree un modelo normativo amplio que, dentro de él, puedan derivarse subordinados a éste de nivel superior, otros modelos normativos en forma jerárquica. Así, sencillamente, si un biólogo contradice las leyes de la física que emanan de su su mismo marco referencia en el nivel más elevado estará fallando a la verdad científica. Por tanto, afirmamos que no existe un reduccionismo fuera de jerarquías de modelos normativos donde unos se subordinan a otros. Este fenómeno explica como las Ciencias Naturales suelen hacer piña, si se me permite la expresión, y parecer como un bloque más robusto que otros campos de estudio. Nada más lejos de la realidad, ante nuestros ojos, categorialmente, cumplen los mismos requisitos que el resto de ciencias o disciplinas de estudios -satisfacen los tres niveles- solo que sus contenidos son más abarcantes y amplios que el de otras disciplinas de dominios más estrechos.

Por último cabe reseñar dos cosas más y ambas pertenecen a lo entendido como Filosofía. Primero es la lógica, la cual, sencillamente es la condición necesaria de la objetividad y suficiente en la creación de modelos normativos. Por ello no cabe concebir conocimiento objetivo alguno, y ningún valor de ‘verdad’, si queremos, ‘verdad epistémica’, sin uso de la lógica. En un mundo sin ella todo es pura interpretación cuya utilidad se comprueba por una ruda intuición incapaz de discernir un cuento de hadas de una explicación sobre un mecanismo de una máquina o físico por ejemplo. En la segunda, y ya última, parte, esta misma teoría del conocimiento se sujeta a las mismas proposiciones que contiene. Está compuesta por un marco de referencia axiomatizable si se quiere por claridad y donde todo desarrollo está subordinado a él. Tiene un valor eminente de ‘utilidad’ por cual cuya metafísica consiste en la negación de la misma apriori y describe positivamente un sistema conceptual que defendemos inherente a todo conocimiento. No podría ser de otra manera. Si esta misma teoría se supusiera al margen de su contenido del conocimiento, en sí misma, quedaría envuelta en una contradicción insalvable. Además que se circunscribiría en el ámbito de la metafísica, allí donde queremos huir y que pensamos que son interpretaciones subjetivas susceptibles de ser útiles, no verdaderas ni falsas.

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