La retórica de la responsabilidad

Creo que no cometo ningún atropello si afirmo que el género humano ha vivido casi toda su historia tan cercano a la naturaleza que plantearse escapar de su responsabilidad se antojaba una burdo cuento, no sin razones, inmoral. El simple de que entender otros tiempos con mayores índices de criminalidad, con condiciones de vida extremadamente duras, sufridas sin la tecnología de hoy día, y la carestía de lo más elemental como es el alimento, concedía una fuerte ligadura al hombre con la naturaleza. Esta relación tan fuerte, íntima, también se apoyaba en la máxima que reza: te atendrás a todas las consecuencias de tus actos. Los escapes a esta ignominiosa situación que, por citar algunos existencialistas, ya tildarían, quizás no sin razón, de angustia existencial, de una autoconciencia de un porvenir en que todo acto supone la espera de la desidia del antojo de su destino, al desnudo y sin remedio posible. Todo ser viviente de raza humana estaba sujeto a semejante servidumbre, hasta el más poderoso de los reyes, en los tiempos, recuerde el lector, en que la vulnerabilidad a cualquier enfermedad acababa con todo, o un asesinato era más común de lo deseable.

Me resulta curioso como las ansias por librarse de la fatalidad no es que hayan motivado la escalada tecnológica, también todo tipo de artimañas con el fin de esconder la naturaleza recíproca de los actos: la marcada por la consecuencia de los mismos. Se ha buscado una fórmula en que la responsabilidad se limite y así todo paso no se convierta en una lotería. Si uno de las primeras fórmulas fueron las religiones como modo de aludir a lo más atávico e introspectivo del ser humano y, al mismo tiempo, eludir fuera de sí los malos espíritus; fórmulas más modernas cuentan con seguros, seguridades sociales, sistemas de ayuda mutua, etc. Todo un avance en materia de seguridad en el combate con la incertidumbre. Sin olvidar en esta misma lucha al determinismo, y determinación, de la ciencia como dios que se ampara en la evidencia del mundo sensible donde se cometen los actos, atropellos y éxitos humanos. El escenario más grande del universo conocido, la superficie de este planeta.

De hace unas décadas al más inminente presente, nos hemos despertado de un sueño sin embargo en el que la retórica de la responsabilidad casi había quedado desfasada por fórmulas tan complejas, tecnológicas, sofisticadas, que casi nublaron por completo el fatalismo de la existencia. Esto, por supuesto, en occidente, donde se ondeaba una bandera de triunfadores sobre la natura, por fin… Un terrible olvido en el que todo retroceso, por mínimo que sea, se entiende bajo una susceptibilidad por encima de lo común. Tener que elegir en condiciones de incertidumbre tan elevadas, como en otros tiempos quizás, ha revocado por inútiles muchos de los sobreentendidos de la época contemporánea. Aunque solo ha sido un soplo en el castillo de naipes o un niño travieso sobre el castillo de arena. Con esto quiero recordar la porfía de la arrogancia cuando cree haber vencido y gobernar sobre todo, lo humano y lo no humano. Nuestra sensibilidad en una época donde viajamos en coche, donde hasta gente pobre posee móviles de última generación, etc., nos ha hecho evocar una realidad dueña del más atávico e inconfesable miedo visceral a tener que lidiar en la escasez permanente donde se ha vivido siempre.

Como supone el lector, esto no es una justificación con connotaciones políticas, ni allá lejos son mis pretensiones al escribir esto. Es una simple reflexión sobre el caso del hombre que se vio como una hormiga al lado del Everest, el pico más alto del mundo con sus 8.848 metros de altitud. Una reflexión que repiten entre dientes los aventureros empequeñecidos ante la magnitud de los eventos naturales, su impredecible a ciencia cierta acaecimiento y sus fatales consecuencias. Un paso pequeño el que separa cuando lo incontrolable y el riesgo abrazan un tono animoso y rejuvenecedor a cuando eso mismo somete a terrores e impotencia. Al final nos percatamos que de las aventuras arriesgadas no podemos escapar, no se pueden eludir sin aludir a ilusiones quiméricas. Palmadita en la espalda.

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