Enseñanza competente

Es raro que me arrogue la posición de técnico, sin embargo, haré una excepción con buen pretexto que no es más que la soberana confusión tipical Spanish con los sistemas educativos en todos los sentidos. Una de las variables a ver será el de cultura-utilidad, la otra dicotomía se trata de la igualdad-mérito. He señalado cuatro valores fundamentales de la educación sobre los que se asienta su raison d’être. Como deducirá el lector, las dicotomías no son caprichosas, subyacen en la imposibilidad de satisfacer esos valores enfrentados sin restar a su oponente.

La orientación, si es al mercado de trabajo o a la adquisición de cultura, varía todo el contenido de los programas ya que si es el mercado la mercantilización gobierna y la oferta de títulos, si hablamos de la enseñanza superior, será función de las necesidades laborales. Si hablamos de la cultura, el sistema trabajará al margen de las instituciones económicas y se podrán dar aleatoriamente todos los contenidos que manden los legisladores y su comité de sabios de la educación. He de añadir que decantarse por una u otra no tiene influencia en el rendimiento, por ejemplo, el que datan los informes PISA puesto que eso obedece más a la exigencia académica, esfuerzos de los alumnos, buen ambiente social y en los centros, etc., más que otra cosa. Poniéndonos en situación, en España las tasas de descuadre entre los títulos que se detentan con el trabajo que se desempeña son de récord evidenciando lo inútil que es el conocimiento de muchas titulaciones universitarias. La sobrecualificación castiga a un 30-40%, algo parecido a lo que acontece en Turquía donde los gobiernos han optado por disminuir las tasas de paro por pura vergüenza metiendo a los jóvenes en universidades: “todo por el saber, la ciencia y la cultura”. Si en España no obstante nos jactamos de formar profesionales queridos en ingenierías, medicina o enfermería, no así en derecho, empresariales o periodismo donde sobran a raudales y el nivel, como para absorber toda la ingente demanda de “quiero títulos por poseerlos, porque es mi derecho, porque asciendes de estatus social…”, palidece. Esto nos hace recapacitar si en España, como en otros países, se tiene una idea estúpida que viene de antiguo que por tener estudios superiores ya eres más “persona”, más “culto” o “válido”. Pues mira, no. No es comprensible el racismo académico porque carece de todo fundamento. Alguien con menor titulación puede ser tan inteligente como alguien con mayores estudios, y en la práctica, más inteligente que el titulado con honores porque no ha perdido tiempo, ni dinero de la sociedad, para crear valor en trabajos donde es útil. Es honesto consigo, igual no tiene ninguna vocación aún y aventurarse a estar cuatro años con las malas expectativas encima…

La idea es apostar por lo útil porque no existe “cultura”, estantes repletos de libros, bibliotecas llenas de gente ilustrada o con ganas de poner su ocio en manos del conocimiento, cine de calidad y escritura de culto sin antes tener una población despreocupada por la economía. Tampoco se puede pretender, además, que todo el mundo sea un ilustrado que domine desde la física hasta la historia universal. Queda en manos de una construcción cultural el que, ciertamente deseable, el placer de hacer vida cultural como lo llaman sea más potente que manifiestos brillos de incultura como el encarnado por Belén Esteban. Eso no se ha cambiado con años de culturización y desmercantilización de la educación, incluso se ha agravado. Mi experiencia en el sistema me fortalece mis dudas sobre qué entienden como cultura. No aún no lo sé. Las clases son más participativas, hay menos clases magistrales clásicas, se fraccionan más las evaluaciones y se hace algún trabajillo usando internet ¿hola? ¿cultura? ¿estás?. Cabe abonar mi exposición con mirar a hombres y mujeres de éxito que han sido, precisamente, los que han visto la utilidad de lo que hacían y que, posteriormente, los han invertido en insumos a la sociedad en forma de empresas informáticas, tecnológicas, biomédicas, etc. o frikis adheridos a una materia concreta que han desarrollado un potencial increíble, tanto en la investigación como desempeñando su profesión en la labor práctica. El miedo tonto que la sociedad española experimenta a que las empresas allanen el camino a salir con trabajo proviene de que, así, las titulaciones de humanidades desaparecerán ¡Y vaya hombre, que en EEUU hay, y muchas, también en ciudades del tipo Singapur! Pero no sólo ahora, también antaño en la época del liberalismo decimonónico de laissez-faire donde el estado invertía casi nada en cosas sociales, y había. Otra es la pérdida de la calidad de las titulaciones: las universidades más potentes del mundo son las más mercantilizadas sin perjuicio de ser públicas o privadas. Otra cosa es que gusten las burocracias como en España y el sueño español sea oposición y bienvenida al funcionariado. Yo eso lo entiendo, vengo de una familia de empleados públicos, pero ni cumple con la utilidad ni cumple con el papel de la cultura.

Abordando el segundo dilema, el de la igualdad y el mérito, tangencialmente rozamos territorio de los anteriores valores en discusión ma non troppo. La igualdad se concreta en buscar que todo el mundo se ajuste a las medias que marcan las estadísticas oficiales tomadas por el gobierno de turno. Así, debe haber una distribución igualitaria en los títulos de E.S.O. o cualquier otro entre sexos, etnia y nivel socioeconómico. También en el número de aprobados y en el nivel exigido al albur del lugar con fines a que en los barrios deprimidos puedan expenderse semejante número de títulos que zonas de clase media o alta aún con la tarjeta de descuento de las exigencias y, por ende, devaluando el título y, también en consecuencia, haciendo que la gente necesite más títulos, perder más tiempo y dinero, para demostrar que sabe “algo”. Mi visión del igualitarismo siempre ha sido igual de negativa, es puro sentido común. La represión en España a los alumnos más sobresalientes marca la diferencia de por qué en los informes salimos tan perjudicados. Aquí, tíos y tías de sobresaliente solo cuentan el 8% mientras que en el resto de los países, más del 12%, justificando un efecto depresor sobre las medias generales. No se confunda esto, pues, con la universalidad del servicio o con la igualdad de oportunidades de estudiar y rendir según el esfuerzo que le eche cada cual y sus facultades. Más de una mente calenturienta ya estará pensando en las consignas de “privatización total” o, depende de la imaginación, “retorno neocatólico elitista” o cosas así. Me las conozco. Qué le vamos a hacer a la herencia que esta gente atesora de regímenes anteriores. Estoy, sin embargo, justificando premiar el mérito, el esfuerzo y la adquisición efectiva, no sobre el papel, de amplios conocimientos y aptitudes. Y eso requiere de no reprimir a los que dan la talla con condescendencia a los que infortunadamente no hincan codos o no muestran interés suficiente. Como caramelo final diré que es preciso aumentar la autonomía de los centros a auto-organizarse como se ha demostrado factor decisivo en la efectividad ya que no funciona la misma organización en un barrio pijo que en uno de los extrarradios, ni lo mismo en el País Vasco que en Andalucía. Los países nórdicos, ejemplares, descentralizan la educación administrativamente a nivel municipal, organizativamente, por centro. No por sorpresa.

En definitiva, la educación debe enrolarse como la institución que precede a las instituciones económicas de la sociedad donde se crea valor y se sacian, mutuamente, las necesidades materiales, con bienes o servicios. España peca de creer que vive en la meca capitalista de occidente cuando retoza en un pesebre a merced de políticos, banqueros y empresarios, todos juntitos y de la mano. Este es el resultado de querer que den todo; para satisfacer las demandas se alían porque los políticos no tienen el dinero ni la producción, solo el poder de mando, los banqueros y empresarios lo segundo pero sin poder de mando: ahí lo tenemos. Los valores de la igualdad en su grado más extremo y desnortado deben de olvidarse a favor de la libertad de los individuos a poder explotar, y ser premiados justamente, por sus logros y méritos. Los valores de la cultura deben fomentarse en el ámbito del ocio con fines a mejorar algo que podríamos denominar como el espíritu del pueblo. No olvidemos que ésta viaja en connivencia con el aprendizaje en todas las etapas educativas, nadie dice de dejar de dar literatura ni filosofía. Empero, la utilidad apremia puesto que sin “cosas útiles” este barco se hunde.

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