Jerarquías, castas & random thoughts

No será nuevo para nadie que vivimos en un sistema que alimenta por encima de todos a una casta, jerarquía vertical, que ejerce el poder, a la que también se le puede llamar la élite política y económica. Sin embargo, no es la única, porque también está la élite del mundo de la cultura, la que como todas, tienen sus métodos por los que subrepticiamente se agarran al poder y, encima, preservan su jerarquía sobre el resto de la sociedad. Esta verticalidad peligrosa, estúpida, de los años de los estamentos, no aparece añadida como objetivo a derrotar en casi todos los programas en forma de combate contra la desigualdad, contra la casta política bipartidista o intenciones nacionalizadoras de algunas industrias. Ahora, curioso, pero cierto, pocos son los dispuestos a ejercer el mismo programa de asalto con cabeza de ariete a la élite cultural.

Esta casta es la que abunda siguiendo el modelo francés de intelectualoides (in)cultos, publica-libros y señoritingos de gabardina y traje de corbata que habitan las universidades. Son los profesores de las facultades improductivas en las que los méritos de ascenso no son más que trabajos endogámicos sobre una materia que solo preocupa a los círculos académicos en una perversa visión elitista de la cultura. Claro, así, dicho, de las humanidades o de la filosofía y algunos muchos sospechosos de las ciencias sociales, que se presentan como eminencias cuando son los abanderados de fuertes jerarquías. Sus publicaciones son, además, de divertido contenido, porque para llamar la atención siempre están reclamando derechos sobre lo que merecen por su encomiable papel cultural cuando cumplen todos con el común denominador de: vivir de los demás, no aportar nada a la sociedad, menos “gratis”, porque anti-capitalistas de salón son cuando escriben, pero para vender todo es distintos. Además sin despeinarse. Con todo y con eso viven con la prerrogativa de decidir el acceso a los demás a su casta porque en eso sí son consecuentes: odian la libre competencia. En cambio, les molan los méritos que subyacen tras años de antigüedad haciendo trabajos de queja sobre el sistema que les protege, o mamadas a destajo a sus superiores hasta que no tienen ningún superior.

Los más capaces, porque listos son, hay que reconocerlo, mantienen intrigas palaciegas de tipo incestuoso con el mundo de la política y son los que dictan sentencia sobre mandatarios con un justo criterio sindical: quién me da más, quién menos. El problema es que el sindicalismo bien entendido puede molar cuando habitamos el sector privado donde la renta que ingresamos por mes no se le quita a nadie, pero cuando se vive de los trabajadores, tanto ricos como pobres, no merece idéntico tratamiento. Si ellos ganan más, los demás menos. Eso no mola. Así, personalmente, son mis enemigos, y por extensión de los trabajadores o potenciales trabajadores como de los empresarios (mira en este punto unimos intereses). Lejos de dar empujones a la cultura acaparan los medios publicitarios, las concesiones regias que demuestran su sangre azul y un largo etc. Si se supone que se reclama la democratización de la cultura, del conocimiento y hasta de la ciencia ¿cómo es posible que la materialización de estas propuestas les dote de mayor poder cada vez? Sí, porque está mal entendido todo. Hemos descubierto que los monopolios privados de electricidad o de bancos son lo más indeseable pero no hemos llegado a la sabiduría que los monopolios públicos del conocimiento son de la misma calaña que los anteriores.

Fuera de las universidades, que, como último dato, ya pueden pensar en cuál ha sido uno de los fuertes motivos de su expansión hasta crear más de cincuenta públicas en España (sí, el derecho al trabajo, “su” trabajo), tenemos a los señores de la SGAE y los pitufos de la propiedad intelectual. Sí, esa propiedad que ni es propiedad ni es nada más que licencia para matar, sí, matar la creatividad. Son concesiones de monopolio exclusivo. Yo puedo entender que diga: le vendo mi libro si cumple con que se compromete a no difundir su contenido. Ok. Usted acepta y todo el mundo contento. Si transgrede el contrato, a la justicia. Es un pacto. Ahora, que independientemente que yo escriba, cree, haga, lo que sea por mi cuenta y resulte parecido a lo suyo sea culpable es peor que una tomadura de pelo. Que yo memorice el contenido de algo, cosa que no le resta a usted nada y después lo escriba y con ello se me considere un delincuente ¡que encarcelen mi memoria! No tiene sentido. La propiedad privada está para racionalizar los recursos escasos que no pueden duplicarse como si del bolsillo de Doraemon se tratara. Son limitados y alguien debe tener la titularidad. Pero cuando es algo que todos podemos tener apenas sin costes ¡qué demonios! Por supuesto, cumplen con la máxima de sus compañeros universitarios: viven de los demás sin que los demás le queramos pagar su tren de vida. Si fuera voluntario, no tendría problema. No lo es. No quiero que vivan de mi, pero mis pataleos se los llevará el viento.

En fin, tenemos la radiografía de la siguiente casta. Aquella que ha sido la más lista porque ha embaucado a una mayoría que le ríen las gracias y hasta los ven como respetables y honorables. Nada más lejos, nada más cerca del resto de las castas. No lo dude ni un segundo.

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