Pragmatismo crítico: introducción

Responder a cuestiones filosóficas tan profundas como qué es la realidad, qué podemos saber de ella, cómo podemos acercarnos a su conocimiento y discernir lo bueno de lo malo conforma una cuádrupla compuesta por las cuestiones más difíciles de responder. Toca, al mismo tiempo, el corazón de la metafísica, de la epistemología o de la ética. En este sentido sin dar por concluido el proyecto de buscar siempre los errores e ir remediándolos adquiriendo más o mejor conocimiento, puedo establecer algunas bases sobre lo que vislumbro, y ahora puedo argumentar, en respuestas a estas dramáticas cuestiones que enfilan en quebraderos de cabeza toda la filosofía desde su nacimiento. Me he valido, al menos, de conocer siquiera someramente las distintas tradiciones filosóficas que han dado respuestas en alguna dirección a las cuestiones que se nos presenta resolver y, también, de los hallazgos empíricos de la ciencia coadyuvado de alguna dosis de interpretación histórica.

La primera que se tercia, como primer bastión, es el pragmatismo. Una corriente que surge en los Estados Unidos en la parte final del siglo XIX de la mano, o así se le adjudica, de Charles S. Peirce. Se trata en última instancia de que la utilidad sea la vara que mida aquello que buscamos, sea la verdad en la propuesta realista original de este filósofo fundador de la corriente, sea nuestra verdad, porque ella nos permite instrumentalizar un conocimiento para algún fin como yo añadiría. Ciertamente, se le da preponderancia a la lógica y todos los tipos de razonamiento como al análisis del propio lenguaje que, ambos, herramientas indispensables del conocimiento merecen mención especial y, como veremos a continuación, constante crítica. Aclaro, para terminar con este punto, que todo conocimiento al final se sujeta a reglas empezando por el mismo lenguaje en el que se transcribe o expresa y terminando por su análisis lógico para otorgarle validez o probabilidad.

La segunda de las tradiciones que invoco a colación de este tema en donde espero ser aunque sea un poco revelador, es la filosofía crítica, la iniciada por Inmanuel Kant. El criticismo acomete la noble tarea no de desnudar la realidad o la verdad sino de desvelar los errores tras las nebulosas de nuestra ingenuidad. En plata, descubrir los errores e incorrecciones y ser implacable con ellos. En un sentido pragmático -nótese el guiño-, como el que nos ocupa, será la analítica de los límites de nuestra razón o de la estructura mental de los conceptos y relaciones entre ellos la misión esencial de la crítica. Diseccionar la transcripción mental del conocimiento en aras de visualizar sus incoherencias, imprecisiones y recategorizar las cosas. Es un ejercicio de elaboración que, en contra de ciertas posturas, no trata de hallar la verdad sino rastrear las falacias e inconcreciones que a menudo se hospedan ocultas en medio de buenas teorías.

¿Pero qué cojo exactamente de estos ilustres u otros afines? En primer lugar, el conocimiento yace en la experiencia que desde la más tierna de las infancias vamos experimentando y construyendo categorías mentales. Toda metafísica debe ser alejada y luego ya veremos donde la encajo. Por ahora sé que no nacemos sabiendo y que vamos aprendiendo hasta lo más elemental como puede ser el principio de constancia de los objetos, la noción objeto-sujeto, el espacio en tres dimensiones -descubrir el sentido de la profundidad-, etc. Todo sin perjuicio, luego, de ir señalándolo con etiquetas, signos que llamamos palabras, y que además se atienen a unas reglas. En este punto es donde empieza de verdad nuestro conocimiento en tanto en cuanto podemos producir conceptos que eleven nuestro nivel de abstracción del inmediato presente y, sobre todo, que podemos comunicarnos y compartir conocimiento sin necesidad de experimentar ni reflexionar sobre todo. El lenguaje es nuestro primer punto de referencia sobre el cual construir algo con cierta objetividad dadas como constantes la sintaxis del mismo como la función semántica y pragmática. La objetividad nace de la sujeción de las reglas que implica poder transmitir intersubjetivamente el conocimiento en proposiciones. El vocablo “coche” es un tipo ideal, un prototipo, de los particulares “coches”. Es una abstracción que se recoge por el razonamiento por inducción categórica -de lo particular pasa a lo general y genera categorías o clases-. Desgraciadamente no me puedo detener en este punto para explicarlo en toda su extensión.

Hay que seguir. Aprendemos matemáticas que nos proporcionan una herramienta o, como me gusta llamar, una tecnología cognitiva, que comprende, primero, un lenguaje con sus reglas como el anterior y funciones pragmática, semiótica y semántica; y, segundo, que goza de la posesión de una cualidad que es su precisión ya que es el lenguaje que más se ajusta, casi solapa, con las reglas de la Lógica. Ciertamente debo hacer un inciso en la lógica ya que no nacemos con ella sino que vamos descubriendo y aprendiendo sus reglas como advertí en el párrafo anterior. Añadimos, pues, otro marco de referencia sobre el cual lograr una nutrida objetividad y la cualidad de cuantificar. El lenguaje común nos provee de la capacidad de clasificar y de comparar, las matemáticas, lenguaje especializado, nos brinda la facultad de cuantificar. Por otro lado, nos hallamos en tres niveles que con lo puesto ya tenemos a la hora de clarificar el conocimiento. Normalizamos la realidad, las reglas de los lenguajes y los subsistemas más específicos que creamos con ellos (axiomáticas, hipótesis, proposiciones contrastables…) guían, a su vez, mediante las mentadas reglas, los otros dos niveles: la descripción, que expresa la realidad tal como es mediada de las normas de referencia y la interpretación que dota de significado, subjetivo, mudable o volátil, a esas descripciones. Tenemos lo descriptivo, normativo e interpretativo.

El punto donde, al final, todo deriva al pragmatismo, si me permiten la expresión, más salvaje, es cuando tomo los sistemas normativos, referenciales, los lenguajes y sus subsistemas con ellos construidos como categorizadores ontológicos. Me explico, normalmente es la ontología o la metafísica que dicta las especulaciones sobre qué es la materia, la sustancia, “la realidad en sí”, arbitra el libre albedrío vs. determinismo y debate sobre la existencia o inexistencia de dios. Por tanto, la metafísica es previo a todo, llamado quizás filosofía primera. Nosotros a contracorriente pensaremos aquí que la realidad existe, sí, dentro de los marcos de referencia ya que son los que posibilitan el conocimiento y son la condición necesaria de éste. Por eso, en nuestra jerarquía deberemos analizar antes cuáles son las condiciones necesarias del conocimiento como filosofía primera y, después, como filosofía segunda, los supuestos metafísico-interpretativos que añaden significación al posible conocimiento. Siguiendo con esta analogía, la filosofía tercera constituye desmenuzar la labor de la descripción-positiva, que es, en término último, la que proporciona conocimiento abundante sobre la realidad que, previamente, hemos objetivado en marcos de referencia y sistemas.

¿Por qué este orden? El nivel normativo es el caballo de batalla, guía, por el cual sigue todo lo demás. Ciertamente, hemos abordado que no nacemos con un modelo normativo innato -como luego ha comprobado la ciencia descriptivo-positiva-, pero, a fortiori, nos apercibimos que podemos faltar a presuponer unas normas para describir nada. Esto es, aunque sean arbitrarias, irreflexivas o inconscientes, existen unas normas sobre las que describimos, sean las de un lenguaje mismo como mínimo indispensable, o quizás, el poder representar una descripción por dibujos o signos (nótese que esto no es más que otro lenguaje). Esas normas, analizadas, son fuente de principios y operaciones lógicas o heurísticas como poco. Al final traducimos esto en que la norma viene antes. La interpretación, y cuando toca los temas clásicos filosóficos, metafísica, son supuestos a posteriori de las normas del lenguaje. Surgen de la elaboración lógica del propio lenguaje, que nos lleva a pensar en categorías como materia, tiempo, e ideas absolutas, lo que viene a ser el germen del platonismo y de los dogmas. No pueden ser experimentables, nadan en el mundo de las ideas pero no poseen carácter normativo, eso corresponde a las reglas de los lenguajes y de sus subsistemas. Otra propiedad, si no quedó claro, que los diferencia, es que no pueden ser lógico-deductivamente validados ni falsados, o en otras palabras, no son argumentos o hipótesis contrastables. Son creencias. Llegamos al tercero de los escenarios: la descripción. La descripción relata lo que se ve y percibe bajo el enfoque normativo electo (o intuitivo) y bajo la orientación de nuestros supuestos interpretativos. La ciencia positiva crea sistemas axiomáticos matemáticos o por el lenguaje común sometidos a estricta lógica para, después, precedidos de los supuestos comunes a la mayor parte de la ciencia positiva (determinismo, realismo, podemos conocer la realidad y hacerla inteligible, etc.) describir la realidad dentro del ojo de objetividad que marcan las hipótesis de trabajo y la axiomática en último término que constituye el bastión normativo.

El pragmatismo concede en este punto que todo se fundamenta en la experiencia, incluso si tenemos cosas innatas no podemos conocerlas si no hemos aprendido antes ciertas cosas como hablar e investigar. Que la metafísica no son más que componendas especulativas donde no hallamos verdad sino, en todo caso, una ayuda para orientar la investigación e, incluso, creerla posible (si no pensáramos que podemos obtener leyes que rigen la naturaleza o al ser humano no podríamos hacer ciencia ni obtener conocimiento sistemático de cualquier tipo). Además, que no precede nada sino que carga su naturaleza a posteriori. Que el concepto de verdad, como se deduce, y el de utilidad, están íntimamente ligados aunque se pueden diferenciar no obstante. El valor de la utilidad comprende al mismo conocimiento como asistido por valores, empezando, indisolublemente, por la utilidad, en contra de la imparcialidad perfecta positivista lógica. También comprende el conocimiento como actividad social que no puede alejarse de compartir códigos con funciones semánticas, pragmáticas y semióticas, a su vez, normativos a priori, interpretativos a posteriori y descriptivos utilitariamente. El compañero de nuestro viaje, el criticismo, nos alejará de la ingenuidad de confundir niveles y categorías como aplicará firmemente la lógica. La misma actividad de categorización de esta epistemología-metafísica (en orden pero juntos porque hasta la más laxa conceptualización del mundo se introduce en la metafísica pero, en nuestro caso, subsidiariamente, no hegemónicamente) es fruto crítico del conocimiento empírico. Así, he podido mencionar avances de la psicología del desarrollo e incluso mencionar implícitos algunos paradigmas sociológicos. Todo sistema debe ser válido para sí mismo: no podría promulgar reglas sin que se auto-validen, que sean coherentes consigo mismas. En este sentido, los propios rudimentos de este sistema pueden ser investigados bajo modelos normativos, supuestos interpretativos y descripciones guiadas por la utilidad de hacerlo que, satisface nuestras propias conclusiones apodícticamente y agrega una posibilidad de estudio a la psicología del conocimiento y a la sociología del conocimiento como mismas ciencias positivas. El conocimiento es, pues, sociológico -como actividad social-, psicológico -necesita del comportamiento y de la mente- y filosófico -comprende la propiedad de reflexividad y sus corolarios; y contiene valores-.

Otra consecuencia básica desprendida del conjunto que vamos elaborando es la existencia de múltiples marcos de referencia que normalizan la objetividad a través de ellos, sin embargo, reconocemos, posiblemente, la inconmensurabilidad entre sí. Esto es sumamente curioso y es un correlato necesario del hecho de carecer de una metafísica que interprete el conjunto de toda la esfera del conocimiento. Esa visión de conjunto es la “realidad en sí”, concepto que se nos atraganta y hemos relegado a mera interpretación a posteriori, después de fijar las normas sobre las que operamos. De esta forma los distintos marcos de referencia fuentes de objetividad no pueden refutarse unos a otros, en todo caso, hablamos de consistencia y coherencia interna de los marcos de referencia. Acento especial a los subsistemas (recordemos por orden: axiomáticas, modelos e hipótesis) creados con lenguajes los cuales adquieren una cercanía con el objeto de estudio mucho mayor. Su mayor especificidad concita mayor objetividad con el revés de sufrir mayor susceptibilidad a descubrir errores en ellos. Así pues, uno de los temas que dejamos en suspense antes, los conceptos de verdad y utilidad, los retomamos definiendo la verdad como el conocimiento más útil, funcional si se quiere, comprobable, infalsado y, por supuesto, formalmente válido dentro de un marco de referencia. La utilidad sin embargo no se circunscribe a cada uno de los marcos independientes. Su diferencia radica, en esencia, en que permite compararse entre los distintos marcos de referencia. Debe advertirse que no es la única diferencia y como habrá comprobado el lector a la hora de definir “verdad” no se ha usado como sinónimo intra-marco de “utilidad”. En efecto, “verdad” cumple con más condiciones en virtud de la reflexión crítica a la que se atiene y precisa no sólo de la utilidad sino de su consistencia lógica. Aquí vemos con suficiente nitidez la diferencia ya que la “utilidad” no se somete a escrutinio lógico puesto que es un valor o finalidad.

En síntesis, se ha de tener en claro que: existen múltiples marcos de referencia y son creados como “tecnología cognitiva” o herramientas cognitivas tomando como partida las funciones simbólico-semántico-pragmáticas humanas entronizadas en los lenguajes. El valor de “verdad” dentro de cada marco coincide con la máxima utilidad y validez lógica del conocimiento dentro de ese marco. El valor de “utilidad” sirve como moneda de cambio para comparar qué marco de referencia nos proporciona un conocimiento mejor, esto es, más útil. Podría pasar, y no sería la excepción, que una teoría explicativa dentro del sistema X sea útil pero se haya envuelta en alguna contradicción lógica; y otra teoría dentro del sistema Y sea no tan útil como la otra pero consistente ¿qué debemos tomar? Esta decisión no es posible tomarla de antemano sin inspeccionar el caso y, por lo tanto, es sociológica. Depende de los parámetros convencionales en los decida la comunidad científica. No obstante queda la alerta sobre la existencia de algo que no cuadra en la teoría y como objetivo ulterior a descifrar y mejorar. Esto no debe sorprender cuando hemos comentado que la actividad científica, o toda adquisición del conocimiento, implica una actividad social, si, integra valores en adición como defendemos no se ha descartar casos en los que el valor de verdad ceda ante el de utilidad y viceversa.

Las coincidencias con autores como Kuhn y sus revoluciones científicas no pasan desapercibidas, menos a un lector entendido, pero, se reconocerá que la objetividad en Kuhn es más difusa. Aún más, abusa de explicaciones sociológicas que si bien son legítimas de tal ciencia descriptivo-positiva, es harto discutible su valor filosófico en los términos que estamos tratando. A propósito, nos interesa enormemente averiguar el componente normativo en el conocimiento, hallazgo establecido por la crítica en un nivel conceptual, y que igual es complementable a nivel descriptivo por las ciencias de la psicología, la sociología o de la historia como descriptivo-positivas. En definitiva, debemos distanciarnos de este tipo de filosofías que no revelan el componente generador de conocimiento y describen con escepticismo desencantado el devenir de la ciencia.

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Una respuesta a Pragmatismo crítico: introducción

  1. Jaqueline dijo:

    Me parece muy importante el pragmatismo desde el punto de vista crítico , ya que va recopilando los fundamentos por los cuales fue surgiendo y han ido formando una nueva trayectoria en la vida de varias personas que aportaron una gran formación de este acontecimiento.

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