La élite del bien común

Al sr. Castillo le aguardaba casi una comitiva de personajes renombrados, de esos que salen en los periódicos y posan siempre en traje. Él también acudía sometido a todos los formalismos que, desde su indumentaria, hasta el mismo discursito que tenía preparado para cada uno de los jerarcas del reino, tenía que estar ajustado como un reloj suizo. Todo debía salir a la perfección, a pedir de boca.

Cuando llegó se abrieron las puertas automáticas de cristal y entró en el hall. Entonces, presto, un muchacho de no más de unos veintipocos años le preguntó para comprobar si se trataba de él y pedirle educadamente que le acompañara. Había un silencio extraño, poca gente en todo el enorme edificio, o que a lo mejor todos estaban en el mismo sitio. Sea como fuere, lo grandioso del mármol, de las cristaleras exóticas o de las lámparas de salón real despedía cierto tufo a una soledad brindada por esa moderna vejez vestida de elegante decorado. Cristóbal Castillo llegó a un pasillo cuyo fin casi ni podía distinguir. Al final, a indicación del muchacho, se encontraba la sala donde la reunión estaba a punto de dar comienzo.

Al abrir la puerta se levantó algo el ruido de ambiente. Todos se levantaron de sus sillas y fueron, o esperaron, a saludarle. Le daban la enhorabuena de paso por sus trabajos. Él era la estrella del día y merecía la recepción de un rey, sólo que sin trono ni alfombra roja. El maletín que traía contenía la crème de la crème, el deleite de todo gobernante, pero también de todo tecnócrata. Cuando todos los halagos terminaron, Castillo tomó asiento y se acomodó, abrió el maletín y sacó de él un portátil y muchos folios escritos. Los colocó sobre la mesa y luego, pacientemente, se dispuso a describir su proyecto ante la atenta mirada de todos los asistentes que, atónitos y congraciados, revelaban en sus rostros unas inconmensurables expectativas.

Se conectó todo a un proyector y él se levantó manejando su turno de palabra como una conferencia:

«Siempre he sentido fascinación por los mecanismos analógicos. Esos anticuarios hoy día pero supusieron un gran avance en su tiempo. Creo que tienen algo casi romántico que los modernos, digitales, plagados de circuitos… chismes, no tienen. Se trata de la precisión de los relojes donde cada engranaje es movido por fuerza mecánica, visible a todos, no como la electricidad que viaja tan rápido que solo la podemos sentir en forma de calambres o de sus efectos encendiendo máquinas o dando luz a reuniones como la presente. Atendiendo a esto, cosa que ha guiado mi vida, no podía ser más que ingeniero. Sin embargo, el epicentro de todos mis sudores, temores y hasta sueños, fue el descubrir que las piezas del tablero de ajedrez representan mejor de lo que pensable y pensado a la gente real. Las piezas del ajedrez siguen reglas en sus movimientos, no todo el mundo puede hacer de todo ¡y eso es cierto! Pero también son mudables en su situación por la mano más visible de todas, la nuestra. Los movemos siguiendo reglas y construimos escenarios según el objetivo, y como el del juego en cuestión es matar al rey contrario, se dan las millones de combinaciones en las partidas de forma que a término uno de los reyes deje su cruz bailar en el suelo, caído, señalando un vencedor. Esto es importante. Podemos fijar otros objetivos ¿no? Sobre todo con seres humanos cuyas reglas de funcionamiento admiten mucho más margen de maniobra. Yo, por eso, soy ingeniero social. Quiero que todo fluya como al agua cristalina sin filtraciones, desviaciones, evaporación ni nada que dinamite el perfecto paso del agua, íntegro, y partícula a partícula […]».

– Sr. Castillo, si intervención ha sido increíble. Mi más sincera enhorabuena. Sobre todo ha sido fascinante su metáfora de la sociedad con los mecanismos. Otros lo han hecho, pero como usted ninguno.

– Gracias. Creo que es preciso señalar como la mano visible debe adjudicar el lugar a cada una de las piezas. Eso es colectivismo. Antes ideología, ahora una realidad acogida en el feudo de la ciencia.

– Es bello ver cómo cada cual que antes se decía que “era un mundo”, ahora se ajusta el mundo, sabe qué hacer y cuando. No le falta de nada. Ya no necesita elegir ni discriminar opciones. Eso es pasado. Es cierto que siempre alguien debe elegir, quizás nosotros, pero espero que cada vez seamos menos los que suframos de las decisiones.

– En efecto. Es como un sacrificio de unos pocos por la mayoría. La felicidad de las personas es un concepto anti-social. Son apetitos que se rigen por reglas simplonas, execrables de verdad, como trampas de la darwiniana naturaleza. La felicidad debe extinguirse, no por la pesadumbre, porque si no existe una no existirá la otra. La ecuanimidad y la virtuosidad son el paso siguiente a conseguir. Antes todo el mundo se quejaba de los deseos frustrados, ahora ya no desearán nada.

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