Tecnología cognitiva

Conviven -y no sé bien cómo- dos tendencias claramente distinguibles en la filosofía de actualidad: una que vive en la modernidad con la ciencia como eje del conocimiento y objetividad y que deja a la filosofía como subsidiaria de ésta y otra que ha revivido los tiempos de las mitologías y ha igualado la realidad a interpretación. Por supuesto, esta clasificación es de todo menos exhaustiva pero, a fin de cuentas, conviene para el tema que me va a ocupar. Como punta del iceberg atisbamos un mundo en efervescencia por los cambios tecnológicos pero, al tiempo, en connivencia con estructuras pasadas, instituciones que, lejos de evolucionar, permanecen como eternos observadores de la historia aun asolados en óxido y herrumbre. Un panorama poco atrayente, pero del que manan problemáticas sin cesar susceptibles de ser encaradas por los amantes de la sabiduría, significado original de filosofía.

A lo largo de la humanidad, si me permiten la breve reflexión, y el breve repaso, se ha ido evolucionando en muchas cosas, millones de cosas pero una en concreto anima la curiosidad y la admiración. Hablo de cómo los lenguajes, las lógicas y las ideas concretas han ido, de generación en generación, apoyados por el avance cultural de siglos y siglos ,sin perjuicios de atropellos y recesos, generándose y perfeccionándose para ser más aptos en el noble arte del conocer. Al cabo, en un primitivo pretérito imperfecto -nunca mejor dicho-, sin apenas lenguaje, con apenas rudimentos de la comunicación, el conocimiento encontraba un todo de obstáculos y apenas se podía siquiera pensar algo más allá de lo que tenemos enfrente de las narices, por ser claros. En este escenario y supuestamente con hincapié en la supervivencia o en ese gusanillo que anima a siempre mejorar e intentar hacer algo más, el primer logro fue un lenguaje que permitiera expresar conceptos abstractos y complejos. La capital importancia de esto, algo no exclusivo de uno, sino de tantos como cuantos llegaran en concreto a lograr esto, el medio natural ya podría estar temblando al temer por revelar sus secretos.

Podríamos decir que si las herramientas tipo lanza, arco, palos y astillas, tirachinas y trampas, arados o rastrillos, son tecnología, no lo es menos el lenguaje -o los lenguajes-. Claramente no es tecnología al uso, algún instrumento material, físico, que con maña y una pizca de fuerza, podemos manejar, se trata de un instrumento cognitivo que amplia y mejora la interiorización y transmisión del conocimiento. Sin esto no es posible ahondar en cuestiones de más suma complejidad, o que requieren de la contemplación y el tiempo para llevarse a cabo. La racionalidad es costosa a su modo y su uso no es gratuito. Cabe decir que los mayores ingenieros cognitivos fueron, en la antigüedad, los griegos. Ellos tuvieron la suerte de gozar de las posibilidades de un lenguaje hábil para manejar esos conceptos abstractos y complejos de los que hablo. La formación de los conceptos, la técnica que acompaña a la tecnología, o esa maña con el instrumental siempre necesaria, se multiplicó y por eso llegaron tan lejos para su tiempo mientras la mayoría de los pueblos permanecían en la ignorancia. Una ignorancia inconsciente, que no se apercibe de ella misma.

De tal suerte, a partir de allí no se ha frenado la construcción de mejores y mejores instrumentos técnicos para empoderar nuestra cognición por encima de lo que pudiéramos pensar. Del carbón a la combustión interna, o de los molinos a las presas. A su manera, del lenguaje general, poco específico, impreciso, a las lógicas y matemáticas. Con eso el terreno estaba abonado a que los paradigmas de investigación como los motivos, themata, de las mismas, fueran evolucionando hasta dar con la tecla y encauzarse por fructíferos caminos. Un proceso lento pero por el cual me gusta sintetizar la historia del pensamiento cuando transita de la mera especulación a la concreción más exacta y exhaustiva.

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