¿Es la libertad individual una falacia?

He visto frecuentemente como muchos sociólogos o antropólogos rechazan este concepto, el de libertad individual, motivados por el origen social de todo cuanto somos y tenemos. Pero el error está en que la misma libertad individual surge de la sociedad, o de lo social, es emergente en tanto tenemos constancia de la libertad de los demás, es decir, de la no determinación práctica de su conducta. Estos conceptos pueden confundir, quizás, así que me dedicaré a ir describiendo los pormenores que, a buen seguro, les serán interesantes con especial énfasis en la letanía de errores que se producen en este sentido.

En el mito del estado de la naturaleza de Hobbes, moralista visión de la inexistencia de una autoridad jerárquica predefinida y monopólica, visto tan sólo desde la individualidad, el ser humano es, sólo es. Esto es, solo en la jungla cuando se cumple la máxima de que la vida de los hombres es solitaria, pobre, sucia, brutal y corta. Ese ser humano no tiene conciencia de más allá de él e, incluso, se puede dudar de su capacidad de reflexividad o de su percepción a modo de cosmovisión. Es inmerso en lo social cuando se entiende la coacción y la libertad como ausencia de ésta. La naturaleza no coacciona porque es, sigue reglas, y son los humanos los que, intersubjetivamente, tienen capacidad de elaborar proposiciones éticas. Esta capacidad avala el sentido, de nuevo intersubjetivo, de libertad en tanto que concedemos y conocemos que los demás toman decisiones conscientes, reflexionan y podemos comunicarnos con ellos. Se deduce, pues, en el otro extremo, que la libertad viene acompañada de la negación, esto es, de la capacidad o derecho de rechazar un pacto, acuerdo o proposición ética tal como se ha comentado antes. Si no se capta este punto se puede ilustrar con suma facilidad evaluando con lógica el uso de la coacción o violencia. Cuando alguien emplea la violencia sobre otro está inmediata y unilateralmente decidiendo sobre las acciones del violentado o coaccionado. El violentador cosifica, lo que es lo mismo, no reconoce el derecho o facultad ética del violentado. Esto nos lleva de visionar como se le niega la capacidad de negarse a algo y como originalmente, lo que era una proposición con valor ético, se torna un mandato imperativo no suscrito.

No está de más reiterar que esta investigación analítica solo es posible bajo la presunción de la existencia de la sociedad aun primitiva o arcaica. Por otro lado, los postulados deterministas, recuerdo, por cierto, que son metafísica, no tienen valor práctico ni justificatorio de nada pues trascienden toda vida social. Cabalmente no se puede decir que todo se determina por, y en, el grupo, puesto que esto nos llevaría a una tosca naturalización del grupo como si éste, entidad poco definida (¿dónde están los límites del grupo?) tuviera libertad, o libertad colectiva que se puede hablar, es decir, como si fuera por sí una mente única, pensante, al estilo jungiano de conciencia colectiva. Ante esto, los argumentos que señalan la auto-evidencia de “yo decido por mi mismo” son tachados de mera ilusión, pero, el problema, es que ese mismo reproche es otra ilusión o creencia infundada o, si se quiere, una laxa interpretación. Reconocería ese determinismo, sea ambiental y natural, o grupal con su mente colectiva a cuestas, cuando alguien sea capaz de hallar la determinación exacta o cuasi-exacta de todos los movimientos, decisiones, etc. de un grupo como de sus individuos por extensión lógica. Hasta entonces no es más que metafísica en virtual uso de la razón especulativa hasta límites poco aconsejables salvo para escribir novelas o hacer cine. Enlazo esto con que, si tengo que elegir una forma de interpretar el mundo y salvarme de esta antinomia en la que nos enreda nuestra especulación, me decanto sin duda por conceder realidad a la libertad.

No podría terminar sin decir que la libertad, aquí, no ha sido definida justamente como un bloque homogéneo o como un concepto excluyente y con precisa delimitación. Al contrario, han surgido, retomando a Hobbes, una libertad que obedece a: un hombre libre es aquel que, teniendo fuerza y talento para hacer una cosa, no encuentra trabas a su voluntad, y otra libertad que se atiene a lo político en el sentido de la no-injerencia del poder, del hueco que nos deja la sociedad para, en términos conductistas, variar nuestra conducta operando libremente con el medio, y bajo licencia romántica, ese ‘yo’, ego, que se enfrenta y contrapone a la naturaleza en una especie de duelo sin final ni victoria posible. En este último sentido, político, José Luis Ricón escribió una pieza imprescindible acerca de los dos conceptos de libertad, sea la positiva y la negativa. En definitiva, el apoyo político a la libertad individual no es una falacia, tan sólo es una propuesta política más que se asienta en un determinado derecho que así se puede configurar para exaltar este valor, o para reducirlo.

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