El pluralismo político como valor

La Constitución Española de 1978 señala en el mismísimo artículo número uno:

España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

Me voy a centrar en el pluralismo político como valor puesto que, quizás ahora no, pero con la debida reflexión, el lector podrá comprobar que no está exento de cierta curiosidad.

Lo que procede en el caso que nos ocupa es definir, en primer lugar, que es el pluralismo político. Esto es una tarea la mar de sencilla y, podríamos decir, viene precocinada. Es la existencia de una diversidad de ideologías políticas en contraposición de la existencia y predominancia de una sola sobre las demás. En otras palabras, la Constitución espera, y avala, y si se me permite, anhela, que exista variedad en el parlamento y, como corolario, en los partidos que abriga. Aún más cuando prohíbe expresamente la disciplina de voto, este hábito de los partidos de obligar a sus integrantes, diputados, a seguir expresamente la decisión del grupo anulando, pues, su conciencia individual.

Normalmente es visto como positivo y como laudable el hecho de crear un régimen que pretenda aunar un amplio abanico de ideas, que se encumbre como inclusivo y no exclusivo o sectario, y que, como tal, mantenga una neutralidad -o lo más posible- ideológica la Carta Magna. Sin embargo, de sentido común es, o de buen observador, que las tensiones en una polaridad política en una democracia no son, precisamente, algo deseable porque, en última instancia, conducen a la inestabilidad si cada una de las opciones programan una forma de entender la educación, la administración del estado o la intervención en la economía por ejemplo. Una acertada metáfora sobre la educación española es que se trata de un nudo que se ata y desata por cada gobierno entra en el poder, que éstos vuelven a atar y con la misma tenacidad el siguiente desmonta en una sucesión virtualmente infinita. Recordando, no obstante, el carácter de valor superior del pluralismo, por lo tanto como algo de buscar y conseguir, no parece del todo funcional o, en otras palabras, la labor de su expresión no es más que un embellecedor por cuenta del ideal democrático.

Ahora bien ¿De dónde proviene esta concepción? Tiene, por supuesto, origen diverso y futuro, creo, adverso. Pero sin desviarme del tema, conviene en la idea del emotivismo ético o lo que es la subjetividad de los fines últimos. Digamos que la Ciencia, ni la Filosofía, son capaces de demostrar que unos valores son superiores a otros y que, en esta tesitura, la más acertada de las soluciones es la de dejar al libre juego democrático por la regla de las mayorías estas decisiones. Es un atajo a dilemas irresolubles a priori. Si hubiera o se pudiera descubrir esos valores absolutos al estilo de Platón, la democracia sería un absurdo como un lujo que no nos podríamos permitir, que, para hacernos una idea, sería como someter los estudios científicos para validarlos o no a escrutinio de las urnas. Sin duda algo que desnaturalizaría la ciencia y la convertiría en mera creencia, tal como una religión, aunque secular. Y, un apunte más, la Declaración de los Derechos Humanos es una convención que revierte en el menoscabo de la incertidumbre de valores de las democracias. Se entiende que todo régimen democrático ha de cumplir con ellos independientemente de lo dictado por el pueblo. Es una dogmática convencional de valor equivalente al de la pluralidad, al de la regla de las mayorías, al de representación, etc.

Los vaticinios, en efecto, sobre el fin de las ideologías, sobre que esta es la época donde todos esos conglomerados de ideas más o menos coherentes dejarán de ser útiles o tener razón de ser, es un correlato indefectible de la idea que podemos objetivar todos los valores humanos y plasmarlos en un papel. Anticipa abolir la regla de las mayorías para constituir tecnocracias con claros objetivos y, perdón por la redundancia, objetivos. El aumento de la escala de la política a nivel internacional con organismos, alianzas, etc. reflejan este corolario de someter esos otrora inconmensurables valores a objetivación y, en consecuencia, minando la autonomía de la democracia como forma, pasando a denominar democracia a aquel régimen que cumpla con los contenidos objetivos que se han decidido en instancias mayores, no por el pueblo ni de la forma tradicional que correspondía.

Los antagonismos en todas estas visiones son claros y el problema es indudablemente filosófico. Si existe un absoluto ético, éste, deberá suplantar a la democracia ya que la guía de cualquier gobierno estará escrita con antelación. Si no existe, todos estos intentos deberán ser anulados, tirados a la papelera de las malas ideas, como un boceto que sale defectuoso y termina rayajeado. El pluralismo político es la oposición al pensamiento único y el pensamiento único es el enemigo del pluralismo. El tiempo y la reflexión dirán.

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