Economicidio

La ciencia económica es, y me atrevo a afirmar, la más odiada, o menos querida, de las ciencias. Es la que lidia con la escasez y con las urgencias y necesidades humanas, pareciendo, casi, siempre como una suerte de diablo que dicta sentencias sobre quién come y quién no come. Desde de la filosofía, la ciencia económica ha sido casi como una protuberancia difícil de allanar y de convertir en un tema más del estudio filosófico. Un bulto que ha limitado a la ignorancia de esta disciplina a una gran parte de los pensadores, o, en el mejor de los casos, a tener unas ideas muy vagas y superfluas. Sin embargo, por el asunto de estudio, la Economía siempre está detrás de las sociedades humanas en tanto en cuento hemos dejado de ser Robinsones Crusoe, en otras palabras, en tanto hemos dejado atrás el mito, que si ‘el buen salvaje’ o al susodicho personaje de ficción de Daniel Defoe. En esta ocasión, no me voy a mojar, si se me permite la expresión, en posicionarse sobre una doctrina económica, menos aún en la parte normativa, política, de la disciplina. E intentaré hacer las menores menciones posibles a todo aquello que huela a controversia sobre temas tan de actualidad que casi falte un ejercicio de contención de la respiración para obviarlos por un momento.

El tema que nos ocupa es uno de los más interesantes, desde el punto de filosófico, sobre la ciencia económica. Es la diferencia que separa la línea de lo descriptivo, como ciencia positiva, a lo normativo, que esgrime el debe ser, lo político y ético. El motivo de la disquisición procede de la confusión de las teorías científicas económicas en los dos campos, y aún más, de otros teóricos y aficionados o lectores, de disciplinas que necesitan recoger datos de ésta, pero no quieren mantener bizantinas discusiones sobre los términos económicos. En este sentido, cabe diferenciar, de primeras, la ciencia, tal cual, que investiga las consecuencias económicas de los actos de los agentes económicos (como familias, empresas, estado…). Se rige por X hace algo, entonces Y hace otra cosa (o tiende a ella). No invita a enjuiciar moralmente si es correcto o no. Sencillamente describe lo que sucede. Por supuesto, en este campo, que es el propiamente científico, las discusiones están a la orden del día, pero creo que tienen una esfera diferenciada de lo que comentaré a continuación y cuya mezcla, como un potingue poco afortunado, da lugar a consecuencias nefastas que degradan la misma ciencia, como empobrecen el saber filosófico incapaz de poner orden donde le corresponde.

Lo normativo, esto es, el debe ser, no se inmiscuye en los principios científicos de la disciplina. Este apartado se reserva a qué valores, cómo, y por qué, se han de determinar las decisiones económicas. Si bien toma buenos apuntes de la ciencia, su labor no es limitarse a establecer causalidades, ni hipótesis, es, decir si está bien o mal. Valora. Un ejemplo clásico y accesible, además, por igual a aficionados a la filosofía como a la economía sería la teoría del valor-trabajo que defendieron desde Locke hasta Marx. Según esta teoría el valor de las mercancías refleja la cantidad de horas de trabajo empleado en ellas y, por tanto, justo es, como diría Marx, intercambios equivalentes en ese esfuerzo. ¿Es esto descriptivo o normativo? Bien. Con otear la realidad un poco vemos mucha gente con trabajos poco penosos, incluso, hasta divertidos -como deportistas- que cobran infinitamente más que un proletario diecinuevecesco -de análogos de actualidad-. En cualquier caso, el valor de las horas de trabajo de unos y otros difiere mucho, muchísimo. Claramente, la teoría del valor-trabajo no describe el valor de las cosas, ni del trabajo. Lo que hace es posicionarse éticamente en “el valor de las cosas, así pues, en ulteriores intercambios, debe basarse en las horas de trabajo empleadas en el objeto”. Es normativa. En tal caso el economista científico -descriptivo- deberá hallar las consecuencias económicas en caso de que, por ley, se obligase a intercambiar objetos por valor de las horas de trabajo sin dar, por supuesto, juicios valor.

Otra de las ilustres confusiones de lo descriptivo con lo normativo es el equilibrio de mercado. Se postula desde la economía neoclásica que el mercado tiende al equilibrio y, de hecho, se considera “competencia perfecta” a aquella donde los oferentes mantienen precios similares, no diferencian su producto y no tienen poder de injerencia en los precios y, asimismo, son muchos. Todo parece hasta bonito pero… ¿Y de donde se obtiene que eso ese escenario es perfecto? Si es por lo empírico, el mercado no tiende al equilibro o, si se quiere, tiene tendencias ambivalentes con éste, con fuerzas que le impulsan a éste y otras que sienten verdadera aversión. Si es porque así funcionaría todo mejor (caso de cumplir con la competencia perfecta), tampoco. Porque supone la negación de toda innovación, cambio, ya que éstos, necesariamente, desequilibran el mercado, y os aseguro que no me gustaría vivir ahora con la tecnología de principios de la industrialización si hubiera habido, desde entonces, equilibrios perfectos.

Con estas breves, espero fácilmente entendibles aclaraciones, el objeto filosófico de la ciencia económica destaca por su vital importancia. Primero, es despejar de las confusiones de los debe ser con los es. Segundo, tomar partido en la búsqueda de los métodos, como ciencia social que es, y, casi intrínsecamente por tal condición, controvertida y esquiva, que acometan una investigación científica realmente descartando los psicoanálisis, o en economía, los economoanálisis. Estos son, las patatas que se visten de teorías serias y no son más que supercherías que, si alcanzan cierta difusión, es entonces cuando de verdad serios son sus efectos.

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