Mitologías de geniecillos andantes

Me presento como alguien extremadamente crítico con los sistemas educativos convencionales que se han instalando en todo el mundo ya desde la revolución industrial, y sobre todo con la intervención del estado para formar obreros y técnicos a este propósito. Igualmente, crítico con la intervención estatal a la hora de crear sabios modernos, instruidos en materias las cuales carecen de utilidad a la sociedad y que, como mucho, bien se venden como lujoso ornamento o condecoración al saber, bien como capricho del niño mimado. Y en este sentido debo matizar, primero, que el estado es muy pobre, lento y, como no puede ser de otra manera, político, como para adelantar la cantidad de ingenieros, economistas, psicólogos, físicos o cualquier cosa necesarios realmente -de ahí que esto no sea salir y tener un contrato-. Segundo, que las guías actuales, rígidas, miedosas de enseñar sus vergüenzas, o dogmas, dinamitan la creatividad, la autonomía individual y otras facultades que duermen a lo bella durmiente – y que quizás no encuentren príncipe azul-. Pero a pesar de todo, algo no me cuadra de otros críticos que postulan tranquilamente la libertad total (o casi total) de los niños para aprender de la vida, y no sé si del aire, o de las cosas cotidianas, porque desprecian todo sistema convencional o tradicional como un error o un tumor casi.

Este pensamiento se alimenta de los geniecillos, que me permito llamarlos así sencillamente por inyectar un leve dosis de humor al tema, que, obsesos con algún tema desde la infancia terminan siendo reconocidas autoridades en el mismo. Esto sucede en la física, en las matemáticas o en el deporte como en otros campos. La especialización desde chicos por el azar que prendió la mecha inapagable como la llama olímpica en el niño termina en desarrollar todo un genio. Pero, claro, cuando se señalan tales casos -que existen- se obvian con habitual pero incomprensible facilidad los casos contrarios donde la especialización ha conseguido adultos inmaduros, encerrados en un mundo estrecho, arrepentidos o fallidos simplemente en su especialización -que, ante todo, es un riesgo elevadísimo jugar todo a una carta-. Los cíclopes unicejos tienen problemas y sólo unos pocos se salvan. Es una estrategia, si se quiere, evolutiva o competitiva, de alto riesgo, a lo hedge fund en las finanzas. Mucha volatilidad y mucha presión, que en el momento que pinche la auto-exigencia o cojee el talento, la diversión que asume en dedicarse a lo que gusta se torna en pesadilla. Y este es el tema.

La intuición nos anticipa lo que muchos estudios posteriores han ido enhebrando con el método de la ciencia. Saber matemáticas, y muchas, es bueno, y cuánta más temprana la edad, mejor. Las posibilidad futuras de empleo y buena carrera se incrementan enormemente. Es un lenguaje, recuerden, y como tal, si es más fácil ser bilingüe a los 7 que a los 30, no sólo aplíquese con el inglés o con el francés, también con las matemáticas. No sólo eso. También hay conocimiento base que relacionalmente nos derivan a otros saberes. Cuando sabes algo de células y eso quizás empuje a interesarse a un nivel más profundo de “¿qué es más fuerte: un tigre o un león?” en los seres vivos. De la misma forma, que la comprensión de los problemas de la física instruyen en el interés sobre el funcionamiento de las máquinas, las construcciones o las acciones de cualquier ser. De tal suerte que un relativismo total o cuasi-total en la educación no acaba bien normalmente, y en otras ocasiones en las cuales se arguye su éxito, en realidad, es simplemente un juego de palabras que incluye una cuidada narrativa sobre el método educativo cuando en realidad, ni más ni menos, se le ha ido encaminando al niño a lo útil y productivo o lo que culturamente se entiende correcto y normal, con algún que otro elemento de decoración extra, y poco más. ¿Dejamos esa supuesta libertad pero que, con otros métodos, OK, pero igualmente, se aprendan casi las mismas materias? El problema está en la pregunta. Entonces no había libertad, había otros métodos que al divergir sobre la costumbre se coronaban con la etiqueta de ‘libertad’.

Así, pues, en general, la mitología sobre los geniecillos cautiva más que produce resultados fiables. Persuade más que honestamente demuestra. Este es mi baremo. Por supuesto, todo sin perjuicio de que en algunos casos efectivamente funcione, pero esos casos hay que estudiarlos, detectarlos, saber trabajar con ellos, saber que no son la norma.

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