La malla impenetrable

Un mensaje aguardaba en el bolso de la agente Clark a la salida de su reunión semanal con el cuerpo de la policía. Justo salía por la puerta, se apresuró a activar el sonido de su móvil. De paso vió un signo de llamada. Accedió a él para leer el mensaje “Tiroteo en St. Romain. Llama”. Clarise Clark contuvo la calma debido a su experiencia y no se demoró lo más mínimo en llamar. Fue todo ipso facto. James Callahan cogió la llamada velozmente y explicó con detenimiento el suceso. Habían huido unos delincuentes muy peligrosos que se encargaban, allí donde pasaban, de alborotar y causar por lo menos heridos. Se contaban en dos decenas aproximadamente. Inmediatamente después, envió la localización y Clarise introdujo el móvil en la ranura de un aparato en su despacho.

En el lugar de los hechos, Mr. Callahan aguardaba impaciente. Habían pasado dos minutos. De repente, Clarise apareció sobre un círculo perfectamente dibujado en una esquina de la carretera. Al lado de un edificio de dos plantas bordeado por unos jardines. James la saludó e indicó hacia donde habían ido los bandidos. En breves palabras más, predijo que eran de nuevo protestas por el nuevo sistemas policial del país, aún en período experimental. Esto les dotaba de poder ejercer todavía más contundencia en sus acciones. Sobre todo si se demostraba a la hora del juicio, que las razones que abanderaban sus hechos sintetizaban motivos de rebeldía y confrontación contra la autoridad. No se trataba del primer caso. El resto de las fuerzas policiales también andaba de camino, con dirección al mismo sitio con fin de poner orden, y con dirección hacia donde el satélite les indicaba que estaban los delincuentes. Otros agentes fueron enviados con el mismo sistema de Clarise en distintos puntos cubriendo una zona, a pie de calle, muy amplia.

– No durarán mucho. -Dijo James a continuación.

– No, desde luego. Todos ellos serán atrapados fácilmente. Sencillamente no tienen mucho que hacer. -Respondió Clarise con la frialdad que le caracterizaba.

En los despachos de la policía, el comisario, y también político, Mr. Smith, tomaba nota y comentaba con un alto mando de alguna organización no especificada los hechos. Smith comprendía la situación de desamparo. Las pruebas estaban sumiendo en la desesperación a muchos ciudadanos cuyo sustento era tan exiguo cuya racional búsqueda del bienestar les aconsejaba ir a prisión donde, por lo menos, tendrían seguridad sobre sus vidas. Un hombre trajeado adujo la insostenibilidad de la situación por mucho más tiempo. La seguridad que se quería salvaguardar se estaba dinamitando en una paradoja infinita. Sin embargo, las órdenes eran las órdenes aunque sin duda se asistiría por el descontento popular a un cambio en las normas vigentes.

Estaba meridianamente claro que el trabajo de los agentes de la policía era incompatible con los nuevos reglamentos con la seguridad que querían proteger. Las reacciones dado el sistema desequilibrado en el que se vivía viraban hacia una violencia pragmática, matizada en la utilidad y sustituta de un trabajo libre, que autorrealice. O, quizás…

Roger McLindt daba un mitin ese mismo día en Nuevo Progreso. Había sido avisado del ya, según sus cuentas, el cuarto episodio de violencia instrumental. La civilización se resentía y las elecciones atisbaban cambios en esta materia. Ahora bien, nadie con dos dedos de luces estaría por la labor de retroceder en tecnología de seguridad, desde luego. Sería como “tenemos pistolas, escopetas y hasta ametralladoras pero retornaremos a la ballesta o al arco del medioevo”. La solución popular pasaba por endurecer las penas de un código anticuado, retrógrado e inadaptado a los nuevos tiempos, menos a los porvenires que ciertas conjeturas futuristas hace veinte años esperaban cumplir. Además, todo el mundo tenía trabajo asegurado. Ellos también. Si en su tiempo libre, no mentado sin cierto guiño retórico, se dedicaban a encasquillar balas de plata, era tiempo de nublarles su luna llena pletórica. Mr. McLindt llamó a las masas a apoyar la pena capital, después de setenta años en el baúl de los recuerdos. El clamor no se hizo sino esperar. Esta vez sí. No existen excusas para romper la armonía. Una moral superior regía rígidamente la vida de los ciudadanos. Las libertades se aseguraban en la defensa y en su seguridad, y eran todas, las permisibles, dentro del respeto a la sociedad.

Smith estaba apoltronado en su despacho viendo en su tableta el mismo mitin. Se le escapó una reflexión en alto “La moralidad pública está bien, es lo mejor, toda la sociedad con las mismas normas. El problema es cuando surge la competencia. Cuando se ve que derechos sólo son resquicios en una malla, o unos barrotes, que apela a la fuerza bruta para defender el bien”.

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