La costumbre: su necesidad y miseria

La metafísica es una sustituta de la costumbre, como fuente y garantía de los más altos valores morales y sociales; una filosofía renovada y restaurada por la filosofía cristiana de la Europa medieval. – John Dewey

La costumbre definida por la Real Academia Española, Hábito, modo habitual de obrar o proceder establecido por tradición o por la repetición de los mismos actos y que puede llegar a adquirir fuerza de precepto, no deja lugar a la especulación sobre su significado común, sin embargo, cuando se trata de la filosofía o de la ética en concreto, incluso de la política como particular consumidora de costumbres, su trato dista de concitar consensos. Está la posición de quién considera que los hábitos de la población, aquellos que se transmiten de generación en generación, son asuntos menores y, para nada, nunca, deben tener consideración más allá de la vida cotidiana. Ahora bien, otros arguyen justo e polo opuesto de esta argumentación y es que si algo se ha hecho durante mucho tiempo será porque encierra alguna sabiduría, aunque siquiera la ciencia u otros saberes la hayan objetivado. Por último, y no menos relevante, me pregunto ¿podemos abandonar el homo habitus -como dijo algún sociólogo- y ser dueños, conscientes, de todo cuanto hagamos, mediante el raciocinio y la lógica?

Creo de inmediata necesidad responder a la última de las cuestiones planteadas. Para eso recurro a la misma fuente de la costumbre, esa que dicta el saber popular, y define al ser humano como un animal de costumbres, y cambiando de fuente, a Russel, que eludía el ser racional para definirlo como animal racionalizador. Lo cierto es que los psicólogos de todas las corrientes han encontrado que existen patrones, regularidades, esquemas o guiones de situación, que los humanos seguimos. Éstos nos explican qué hacer en las situaciones, qué esperar de los demás en los diferentes contextos, nos guían y nos quitan el peso de encima de tener que actuar reflexivamente en todo momento. Cuando acudimos a una institución cual sea, o por ejemplo, a un restaurante, caso descrito como sir Frederick Bartlett en los años 30, sabemos cómo actuar: cómo sentarnos, cuales son los procedimientos para pedir la comida, el orden de las mismas, respetamos a los demás con que compartimos el espacio, etc. Parece imposible, cuando no una horrible desnaturalización, separar al ser humano de estos esquemas que canalizan la conducta humana. Aún más extravagante sería ponerse a deconstruir estas costumbres y debatir en el plano metáfisico sobre el bien o el mal de las mismas. Incluso, como algunos sugieren, negar el concepto de libertad debido a estas abducciones de nuestra conducta por la coacción social de la costumbre, del hábito y de todas estas conducta no críticas, inerciales o simplemente desapercibidas ante la conciencia del sujeto. En definitiva, sí podemos dejar esclarecido el tema en que los humanos precisamos de las costumbres, de los hábitos y de los esquemas.

El siguiente paso es, pues, decantarse por las posiciones que dejan espacio a tomar como fuente a la costumbre sea en el derecho, en la ética o en la política -como en el resto de las actividades sociales, y lo que les afecte- o, por contra, disculparlas como defecto humano, o inevitabilidad de su comportamiento, pero apostar al ciento por cien por el criterio de la razón, fría y desnuda, para las soluciones de todos los interrogantes. De los pensadores creadores de los límites de la razón surgen los interrogantes que atacan la imprecisión de tales límites, por no ser, al final, si no, engendros derivados de un criterio tan subjetivo como íntimo en cada persona. Así, el racionalista solventa el desaire con el estilete de la lógica que, universal y ahistórica, carece virtualmente de pegas. A pesar de estas impresiones, nosotros nos decantaremos por la postura que expresa los límites de la razón, primero, porque está es, en su aceptación y creación, una creación social, o construcción más de cuya utilidad radical no osaré en poner en duda, por supuesto.  Empero, la fe ciega en la razón en la vida social inhabilita a vivir, como llamó Husserl, en el mundo de la vida, y recurre con tanta frecuencia a la reflexividad, que imposibilita el suave transcurrir de las cosas. Realza el frío cálculo hasta en la situación más nimia que ha, por mor de la coherencia absoluta, que exige el uso totalizante de la razón bajo sus criterios de validez, un cuestionamiento continuo. En otras palabras, no haríamos nada sin conocer sus costes y beneficios, no sólo propios, también, si así admite la ética racional acogida, los sociales. Como corolario aspira a una sociedad de robots donde la precisión sea tal que lo moral coincida con la extrema eficacia de unas convenciones de las que emane un sistema objetivo, como una maquinaria que reduce a todos los individuos a meras piezas del reloj. El destierro de la subjetividad, del error y el desprecio a todo lo irracional, en sus últimas consecuencias, no cosifica sólo, despedaza todo el sentido, significado simbólico, etc. que contiene, inserto, la vida.

No quiero cerrar el tema sin admitir las miserias de estos límites que supongo, en abstracción, de las convenciones y lógicas humanas, y que habitan en el corazón de la misma subjetividad. Aquella da margen a los comportamientos más que cuestionables, la arbitrariedad personal, la diferencia ahondando en sus connotaciones negativas y un sinfín de sucesos que ni la probabilidad puede hallar a situar en un espacio muestral. Al mismo tiempo, supone dejar a la sociedad uno márgenes de desarrollo autónomo, evolutivo, sin cordones que presionen sobre su exacto rumbo. Cabalmente, reconocemos que no puede ser la única fuente de la hemos de nutrirnos en la vida social por lo casos calamitosos a lo largo de la historia de sobra conocidos, o los de la más vigentes actualidad, que se prestan a horrorizar cuando se muestran. Todos conocemos las malas costumbres, tradiciones o hábitos. En este sentido, reitero lo anterior en evitar un totalitarismo absoluto de las lógicas cuyo marco de referencia anule toda escapatoria, pero sin dejar luz verde total a las consecuencias no intencionadas de la acción de miles de individuos en su quehacer diario. Este equilibrio, a mi juicio, somete a la ardua tarea de encontrar posiciones que traten de cuadrar ambos lados de la vida social humana, y de cómo gobernarla, aún más, como producir sus normas de manera que merezcan epítetos tan meritorios como lo justo, necesario, armonioso… Ahí es donde encuentro las incógnitas, pero como las de un vacío irresoluble de forma absoluta, sí, contextual, y ciñéndose a las constricciones, o huecos que reniegan a dejarnos explorar las realidades en las que vivimos.

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