El fin de la Historia o la eterna Tragedia

De la moral puritana se pasó al ‘ethos’ individualista y hedonista; del auge de los ídolos a su solo aparente crepúsculo; de la sucesión de estilos puros a su promiscuidad; de las utopías que buscaban la consumación del futuro al culto a la consumición del ahora; y de la reverencia a la Verdad una y mayúscula, en fin, a la coexistencia de verdades relativas, minúsculas y plurales*.

Las religiones son uno de los temas que a lo largo de la humanidad más han dado que hablar. Algunos dicen que han sido el azote de la humanidad hasta el reciente, relativamente, descubrimiento de la Razón, y su fuerza motora para construir los cimientos de la sociedad en la ciencia y la tecnología. Pero no sólo en el ámbito de la economía se ha movido este avance, también en la sustitución de la religión por las ideologías -entiéndase a éstas como las creencias y normas que justifican y normalizan las relaciones entre el Estado y la sociedad- . Sin embargo, lo que nadie puede negarles a las religiones es su papel crucial de cohesionar las sociedad cuando los medios técnicos y hasta el desarrollo de la razón ¡porque las lógicas, las matemáticas y la lengua también tuvieron que desarrollarse! hasta alcanzar un nivel suficiente sobre el cual romper, al estilo ‘revoluciones científicas’, el paradigma teocéntrico, sustituido por el antropocéntrico, luego por la modernidad y, finalmente, la llamada posmodernidad donde la banalización de las grandes Verdades de antaño llega a su extremo y se extiende el relativismo.

Ese poder de ordenación de las religiones, cada vez más compatibles, o desarrolladas para ello, con la razón, la ciencia y tecnología pudo permitir dar pasos de gigantes y relajar si cabe las faraónicas jerarquías de la antigüedad, sobre todo, férreas tal como murallas, pero de las aspiraciones sociales, o de la movilidad dicho más técnicamente. Aplacaban la incertidumbre con las creencias y jerarquías y los clásicos comités de los sabios, jueces de la paz, hombres prestigiosos, honrados, honorables y ejemplares, en plata, las élites naturales. La tradición generaba instituciones sociales, educativas, que rellenaban los huecos y vacíos sociales necesarios para proveer de la correcta educación para vivir en sociedad, de la moralidad, y del reconocimiento social.

Todo atisbo actual de las mismas es mera coincidencia. Cuando hay un problema ya no se consulta al cura, ni cuando hay un problema con los hijos apenas a los profesores, a los que se les exige aprobarles más que otra cosa, y hasta los consejos médicos ya se ven, y divulgan, en internet. Las figuras tradicionales de autoridad natural desaparecen. Evidentemente debían, en parte, ser superadas por la emancipación del campo de la población, la crisis de la familia tradicional, las nuevas formas de producción y el auge poblacional, así como su diversidad. Pero, por supuesto, las funciones sociales de estos históricos deben tener un sustituto…

La Ciencia se ha enlazado con el progresismo creando la Tercera Cultura, un híbrido que persigue, abolidos los motivos metafísicos, con la razón del método científico solucionar los problemas de la humanidad uniendo, en el mismo universo, a las humanidades. Es decir, las dos culturas, las ciencias y las letras, se unen, por fin -o por error-. La posmodernidad no se conforma con el virus inoculado en pretensiones como la educación emocional en los colegios como defienden muchos expertos en ciencias sociales actuales, sino que ha añadido una moralización cívica en sustitución de la decimonónica religión aun coleando en algunos países por por suelo patrio. Los vehículos de ideologización se han fragmentado, entronizado en distintos ámbitos de los cuales, posiblemente, no le eran legítimos antes con la división tradicional, dualista, del mundo de la objetividad (razón) y el de la fe (corazón). Las religiones modernas no son más que las ideologías, tanto en la política, como en los valores que se imparten, civiles y seculares, relativos a la educación y sus instituciones, el sistema político -democracia- y las nociones de la vida pública.

Los motivos sociales humanos, inmanentes a él, eternos o permanentes, no se combaten, sólo cambian sus objetivos o la cosa que sacia la inapelable saciedad. Es lo simbólico de la interacción humana la que conmina a necesitar satisfacer el sentimiento de pertenencia, confianza, potenciación personal, comprensión y control. En este sentido, encontramos al más frío de los monstruos fríos, como diría Nietzsche, en el estado que ha incorporado las instituciones educacionales, sociales -asunción como civiles el matrimonio, el registro civil y hasta, en ocasiones, se ven bautizos civiles-, y hasta primarias -funciones de la familia-, en su interior; y todo avalado por su propia difusión ideológica. En este sentido el monopolio institucional obedece al deje de la sociedad civil de sus responsabilidad consigo misma, es decir, de la cohesión social que ha de ser provista, en sus vacíos, por las instituciones del estado como instrumento de relleno. La sociedad como visualizó Tocqueville -en sus viajes por los Estados Unidos del s.XIX-, participativa, con valores y asociaciones y costumbres, instituciones en definitiva óptimas para auto-gestionarse, prescindían de los servicios del estado. No los necesitaban, y en absoluto se les pasaba por la cabeza delegarlos. Cumplían sus miembros, primero, sus aspiraciones materiales con instituciones económicas útiles y eficientes de mercado, luego el resto de motivos sociales, rubricaban una sociedad civil fuerte.

El problema de la actualidad es la ausencia de instituciones que regulen la conducta de los individuos. Son aquellas que dan motivos al por qué de todo esto, que basta con las leyes de la física, ni las lecturas de neurofisiología. Son aquellas las que razonan y difunden por qué algunos comportamientos son ideóneos -o más que otros- para vivir en sociedad, para ser aceptado, para tener futuro, etc. No que nos encontramos con la generalización de los vicios en la época de mayor esplendor económico al calor de en el futuro todos estaremos muertos de Keynes. La prodigalidad, las desviaciones sociales, los problemas psicológicos, las drogas y otros abusos, así como la informalidad o la pérdida de las nociones personales del honor, reputación y prestigio. El crepúsculo de los ídolos -de nuevo Nietzsche andando por aquí-, es la decadencia que subsume en la idolatría de ciertas personas, hasta las de ficción, que animan a ser de una forma que, quizás, ni es la acorde con los tiempos ni con lo adaptativo, pero generan fricciones. Sentimientos rotos, alienación, falta de guías reales, incluso realistas. No es un tema nuevo, sino en el que inmersos en su estudio están cientos de científicos sociales. Pero sus soluciones siempre han ido por el incremento de los papeles del estado, o la maquinaría burocrática…

Las conclusiones son evidentes al lector. Existen vacíos en la sociedad, o huecos mal cubiertos. Goteras por doquier y el barco más mal que bien, en la deriva, toma camino de irse a pique, en especial, en escenarios como el actual de pánico económico. El colectivismo surge como lógico y atávico motivo en la profundidad filogenética de los individuos, que buscan el nexo de unión, no de desunión, con la comunidad en momentos de dificultad. Sin embargo, yo siempre insisto en la necesidad de la cultura de libertad, de los motivos, de los valores precisos no reaccionarios con el mundo en el que vivimos, sino los de verdad adaptativos con éste. La “Gran Sociedad” o la “Sociedad Participativa”. La “Sociedad Libre”… Como buenos arquitectos necesitan de sus planos en todos sus sentidos y orientaciones, norte, sur, este y oeste, por cuánto la economía no es el final del pensamiento, ni el sistema democrático actual el de la historia: queda camino que recorrer en la inefable como inevitable eterna tragedia de la humanidad.

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* http://elpais.com/elpais/2012/02/07/opinion/1328616099_621222.html

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