Lo uno y lo múltiple

Desde que Parménides dijera que lo que es, es, y lo que no es, no es, ha llovido mucho y, sobre ese manido Problema de los Universales, se han vertido mil y una teorías, se ha llegado a esgrimir posiciones como la parmesiana hasta la del discípulo de Heráclito, Crátilo, sobre éste: “En algún lugar dice Heráclito que todo se mueve y nada permanece, y, comparando las cosas con la corriente de un río, dice que en el mismo río no nos bañamos dos veces”. Lo mismo podemos decir del yo como ese ínclito duende u homúnculo, como lo denominaron los filósofos, que habita en nuestra cabeza y al cual obedece la conciencia. Esa vocecilla que susurra qué hacer expresándose en la intencionalidad y la voluntad. Más adelante, se ha visto como, si delante del espejo somos como la estática de fluidos de Arquímedes; y un observador, en la vida, nos relataría en una novela como personajes de muchas caras, que actúan y se comportan de modo dispar según donde estén, con quién se encuentren y qué intenciones tenga en cada uno de los contextos. No es lo mismo el hombre que habla con su compañero de trabajo que con su jefe, incluso en el registro verbalizado, uno, de tú, el otro, de usted, como procede.

Somos lo uno y también lo múltiple.

Sin embargo no siempre el ser humano ha sido tan polifacético, nunca han habitado tantos yoes en el interior del mismo cuerpo como en nuestros tiempos. Allende pretéritos viajes por el medievo, el guerrero era el guerrero, el labriego, el labriego, y el rey, el rey. Sin más. El papel de cada uno de los actores estaba dado por la sangre, desde nacimiento, bajo un guión fundamental del cual todo movimiento era desde extraño hasta sospechoso. Vestíase la misma ropa hapienta el labriego como el rudo guerrero todo el año; rezaba todos los días antes de acostarse sobre las toscas faldas del heno o la fría piedra bien a cubierto por pieles. El desamparo material esculpía la mayor de las preocupaciones que rondaban la mente en cómo saciar el apetito más inmediato, tener abrigo y techo. Una escultura final que brillaba por su imperfección, su simpleza, su naturaleza bárbara, quizás, pero sobre todo, pese a la ausencia de mármoles ni arcillas nobles, estaba dotada de ingente expresividad.

En el mundo del siglo XXI ya todo ha cambiado. La instantánea de la vida humana ha tenido su giro copernicano y se acerca más a la imagen que nos intenta transmitir I. Berlin:

El mundo que nos encontramos en nuestra experiencia cotidiana se caracteriza por enfrentarnos con elecciones entre fines últimos y exigencias absolutas, en la que la realización de nuestras elecciones implica el sacrificio de las opciones descartadas. De hecho, tal es así que los hombres conceden un valor inmenso a la libertad de elección. Si tuvieran la seguridad de que existe un estado perfecto, realizable por los hombres en la Tierra, en el que no hubiera conflicto entre los fines que ellos persiguen, entonces desaparecería la urgencia y la angustia de la elección y con ellas la importancia crucial de la libertad de elegir.

Los psicólogos se creen, no escultores, sino descubridores o historiadores de las fases en que se ha construido todo nuestro tronco mental, ese cisma entre lo comprensible y lo irremediablemente inaprehensible, la personalidad, la intencionalidad y la voluntad. Ahora una persona puede ser el padre en una familia, el amigo de los compañeros de trabajo, y estudios, si prosigue formándose, el trabajador de la oficina que prepara los ordenadores para su perfecto funcionamiento, el que participa en una asociación benéfica en su barrio de vez en cuando con algún trabajo voluntario además de una cuota mensual, el que expresa al Gran Público de internet sus experiencias en su bitácora digital y un socio de la biblioteca y del club filosófico de allí donde exponen y comparten lecturas y reflexiones. Los roles son inmensos, las formas de comunicarse e interaccionar con el entorno igualmente plurales. Adopta formas sistemáticas, cuasi-robóticas en el trabajo, sumido en la puesta a punto de las máquinas, esgrima la vena más jovial en las salidas con los compañeros y amigos; ejercita los sentimientos y la empatía con su familia, el orgullo de ayudar a los demás en solidarias empresas y tonifica el yo más intelectual con pares igual de interesados por temas de agudeza mental.

La preguntas en singular sobre ¿quién soy yo? se han deslizado hasta caerse en el horizonte de lo anacrónico. Algunos pretender volver a la unidad con prácticas como la meditación o el yoga; o el deporte físico, pero, y con todo eso no dejan de ser facetas más en la pluriarquía de quiénes son los señores que aguardan en la mente de cada uno. Las reminiscencias o nostalgias de la simpleza que comparte el sentirse «yo mismo» son casi lastres en la vida, u objetos de retórica de la literatura romántica. La introspección como la reflexividad, aquella que nos conciencia sobre nuestra libertad de elección y sobre la globalidad, mantienen su probidad en la intimidad y fraccionan en una parte más la enjundia que nos constituye como un ser habitado por muchos de ellos, todos relacionados en la coherencia y consistencia unos con otros, un don que resuelve problemas más complejos que las matemáticas avanzadas con la sutileza de la naturalidad de, siquiera, haber pensando sobre ello.

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Una respuesta a Lo uno y lo múltiple

  1. joaquin dijo:

    http://www.miradesmenudes.com/aprender-a-mirar/nuestros-cortometrajes/uno-m%C3%BAltiple/

    Detrás del pronombre personal “yo” se esconde necesariamente el “nosotros”. Paradoja no solo gramatical que desde la infancia se nos hace patente. Para construir nuestra identidad, única e irrepetible, necesitamos a los otros. Cada individuo hereda los esfuerzos, ilusiones y fracasos de la humanidad entera.
    Somos uno y múltiple, somos lo que hacemos y lo que nos pasa, olvidarlo nos condena a la soledad. En los otros, con los demás y contra todos nos hacemos a nosotros mismos, distintos e irrepetibles. “Soy yo porque nosotros somos” y obligados a estar juntos viviremos, juntos viviremos, juntos viviremos…
    Ellos, los niños y niñas saben todavía lo que muchos ya habíamos olvidado y nos lo recuerdan. Nos sentimos una persona con identidad propia y, a la vez, varias, contradicción imposible como la convivencia a la que estamos obligados. Detrás de la bolsa de papel se esconde nuestra apariencia y al romperla nos descubrimos en los otros, que son uno y a la vez múltiple, porque no soy sin vosotros.
    · “No escuchándome a mí, sino a la razón, sabio es reconocer que todas las cosas son una”Heráclito

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