Ovillo de lana

Todos sus movimientos insinuaban una inconexa comunicación del tú con el yo. Una redada solucionada en el deshilachamiento del ovillo de lana, como el que se les da al gusto de algún compañero gatuno. Pero con el hilo enredado es como esperar una nevada que cuaje por encima de los ceros grados. Una ilusión que al llegar al suelo se desvanece en forma líquida, disuelta, se absorbe en la tierra y su paradero se pierde por siempre de vida. Este es el último estadio en el que uno desea estar, que supone la pérdida por la inacción, por la lejanía que enfría hasta cristalizar todo movimiento en una inútil patada hacia delante. Fuera de tiempo, mismo fenómeno cuando algún corredor sale antes del pistoletazo pero a la inversa.

El ronroneo acerca de la inseguridad, del miedo a la frustración, como si ésta fuera, qué sé yo, el fin del mundo. Un fracaso que inunde todo o como si éste causada una neblina vitalicia que jamás permita ver la luz de un día claro y despejado más. Los pensamientos automáticos negativos que intentan vaticinar bola de cristal en mano los malos augurios de todas las acciones que contengan siquiera un mínimo riesgo; los males sabores de boca de las pérdidas pasadas como si, en algún momento, se pudiera poner final a la ristra de disparos al póster que podemos hacer. En definitiva, la no aceptación de los riesgos que doblegan las predicciones ilusionantes, vivificantes y motivantes. Este es el mal que machaca con el complejo y que no permite forma simple de resolverse. Es un ovillo de lana con el que se enzarza la mente y casi gusta de ensimismarse abocando a la nada.

Se cruzaron las miradas casi de reojo, inocentes, y segundas intenciones entre medio, pero no vacuas. Ese era el momento que se perdió, nunca mejor dicho, en un abrir y cerrar de ojos. Astuto es quién resuelve el dilema con la suficiente valentía de enfrentarse al miedo en su origen, o sea, dentro de uno mismo. Se necesita de las mejores argucias, de la sagacidad y audacia para saber en qué rincón se esconde ese sarpullido que resuena como una alarma cada vez que se da la situación. ¿Dónde está el duende de la timidez? El que empuja a refugiarse como una tortuga al más mínimo atisbo de adversas condiciones, o incomodidad con el ambiente. ¿Dónde descansa el arrojo que define a la voluntad? ¿Dónde?

Ese es el ovillo de lana que despega sus hilos para volverse a enroscar en él. Es un balancín que viaja de lado a lado y nunca se decanta por ninguno de los dos. Representa la indecisión de cuando se pondera una decisión difícil con dos salidas posibles y cuando una de ellas apunta a convencer por fin emergen las dudas sobre la excelencia de la otra. Son mellizos que comparten una hermandad como gemelos pero cuya superficie dista tanto como la de cualquier otra persona. Y, así, el hilo sigue en sus metros y metros tomando forma de ovillo, redondo, de perfil cariñoso a la vista, mono, pero liado, muy liado. Un lío que nos entusiasma resolver pero disfrutamos con la tensión de verlo revuelto. Una paradoja interminable que despliega sus alas en la mirada, única, peculiar, del momento, cuando se juntan, la una frente a la otra y pasan incólumes y silentes; inertes de fuego vital.

Llegado este punto piensas en dimitir, abandonar y tomar el camino fácil que marca la zona de confort, pese a la iluminaria que conmina a moverse del sofá, y abrir paso entre las zarzas por el camino más complicado pero con gratificante. Ese punto, llámalo arrebato, que va a poner fin a la dictadura del ‘quiero y no puedo’, y que por irracional -o racional-, hará declinar la balanza hacia uno de los lados. Quitará la venda de la diosa justicia. Deshará el ovillo con tesón hasta dejarlo en un fino hilo de lana virgen. Cubrirá la bola de cristal con un mantel para dejar de elucubrar sobre el mal futuro y vivir el presente y terminará por sacudir el rincón donde anidaba en secreto el punto de timidez que debía extinguirse como la luz de una vela en un soplido a la salida del sol.

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